Perdimos by Jorge Aldegunde

Es un día de invierno radiante; frío, con apenas nubes. En el coche suena música, un mezclado entre Coldplay y la Velvet que algún algoritmo se ha empeñado en juntar. Mientras remonto el puerto, resbalan algunas lágrimas. Dicen que alivian y son saladas, pero no es mi caso: solo me ponen más triste, queman las mejillas y saben a nada. Las manos agarran el volante, y yo me aferro a recuerdos de fiestas de cumpleaños.

(con piñatas y divertidas carreras de sacos, que él contemplaba con un habano entre los labios y ella con su eterna sonrisa)

Él se marchó, hace ya la friolera de dos lustros y medio. Aunque no me cuesta volver a las xuntanzas familiares –flanqueado por no pocos manjares–; capaz como fue de ilustrar mapamundis con deliciosas recetas, historias en las que paisaje y paisanaje cobraban vida alrededor de rellenos de pollo de corral, caldo gallego, salpicones de marisco y vieiras al horno. Que él preparaba con una mezcla de cariño y profesionalidad por cuenta propia y para solaz de muchos – fuese alrededor de la mesa familiar o en el comedor del Churruca–. Nadie (con perdón de los presentes) ha vuelto a presidir el cónclave de los Aldegunde con igual talento, y rompernos la cintura tirando de socarronería y astucia. Y ahora bien sé que me llamaba Caruso porque me quería mucho, y porque yo andaba justo de ópera.

(y pienso que no escuché lo suficiente, que bien podía haber estirado aquellas sobremesas para saber algo más de la vida buena)

Y en estas termina el viaje –ya con nocturnidad y alevosía–. Y aunque he tenido todo el tiempo del mundo, no estoy preparado para despedidas. Contemplo caras tristes, toneladas de cansancio. Quiero mirarla y no puedo. Está ahí – justo delante–, pero ya no está. Me lo recuerdan conspicuas coronas de flores, trasunto de la alegría que llevaba y transmitía.

(se me ocurre la solemne bobada de contarlas para pasar el trago: rosas, crisantemos, claveles, lirios… Pierdo la cuenta: debe de haber más de mil)

La sigo mientras trabajaba la huerta; le daba de comer a los perros, a las gallinas. Ella no era de hablar mucho, y sin embargo decía tanto. La veo con sus amigas: la más guapa del café, pizpireta como la niña que nunca conocí; cariñosa cuando me acercaba. Con un no sé qué de elegancia que nunca heredé, pura calma mientras presumía de un nieto que no veía el momento de volver a ignotos lugares montado en su bici.

(y así transcurrían días de verano azules y grises, mientras dilapidaba el tiempo a espuertas, convencido de que la vida era un contador infinito de días)

Pasa el momento –me visto de traje negro; negra corbata–. A juego gemelos y zapatos. Salimos otra vez. La lluvia y el viento me recuerdan que vivimos otro día, aunque quisiera que fuese ayer. Arropados por los nuestros, nos deslumbran –otra vez– luces que fueron. Partimos de nuevo, tan despacio que parece una broma. Ya alcanzamos nuestro destino: entramos en la iglesia. Reconforta ver rostros de conocidos y amigos.

(a los que me gustaría ver en mejores circunstancias, y pienso que soy un necio por no encontrarlas)

Nuestro párroco es un profesional del duelo, además de un sacerdote con mucho flow. Dice mucho y bien, y además es un maestro gestionando los tiempos, a años luz de quien suscribe, o casi. Siguen bellas palabras, que llevaré conmigo.

Una vez fuera iniciamos la subida, que barruntamos última. Tememos la lluvia, que no llega –sí un viento racheado y desagradable, que no quiere hacer amigos–. Todo ocurre con mucha calma y orden. Hay una extraña belleza en el ritmo del sepulturero, como una especie de mensaje velado a navegantes. No faltan últimos abrazos y escuetos hasta siempre. Yo sigo helado, hoy remeda imposible caldearse por fuera, por dentro no hay rayos de sol ni se les espera.

Pero tenemos un plan: nos volveremos a juntar. Tortilla de patata, pimientos del piquillo, un lomo espectacular y sabroso queso consiguen obrar el milagro. Lira me mira, y no es cosa baladí –así que esta noche no dejaré de acariciarla–. Hay vino, postre, copas y conversación. También planes para conjurarse: el imperio contrataca. Y así abrimos un paréntesis en esta guerra, una suerte de partida malencarada con final incierto.

(o eso queremos creer)

Porque, en realidad, la lucha no cesa. Podemos mirar hacia otro lado, ocultarnos tras la sombra; pensar que no va con nosotros. Error. Da igual que nos enojemos, gritemos y pataleemos, que nos empeñemos en capturar lo mejor de lo que fuimos y somos.

(tal vez por eso escribo estas líneas: para hacerle un corte de mangas al paso del tiempo)

Sin embargo se ríe, ufano. Bien sabe que apuesta por caballo ganador; que no tenemos opción. Nos observa, desde su atalaya. Consciente de las guerras que libramos, de las que ganamos.

(de las que perdimos)

3 comentarios sobre “Perdimos by Jorge Aldegunde

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