Ofrenda (segunda edición) I por Diego A. Moreno

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Imagen tomada de Pinterest

Veo las pancartas frente a mí, ondulando artificialmente una y otra vez, reclamando la atención de todos los ciudadanos para que voten por el candidato de su elección. Pudiendo usar pantallas holográficas, más baratas de por sí, preferían seguir contaminando con demagogias primitivas. No obstante, antes le veía una gracia particular a este tipo de campañas políticas, eran tragicomedias llenas de absurdos con infinita creatividad.

Dejo de ver la ventana y me paso a otro mundo de cristal, dentro del baño, herrumbroso por el descuido.

Me importa un bledo el devenir, sólo disfruto el absurdo presente. ¿Será que he perdido el gusto a la vida? Veo los guantes en mis manos, mi silenciadora Smiti y un par de ojos sin vida en el espejo. Puedo pasar por el asesino de una novela negra, nomás vean esa cara…

Y lo soy.

Mato, me pagan; aunque no siempre.

Pienso en dispararme con esta arma, extensión letal de mi cuerpo, y así acabar con todo. Si sigo vivo enviaré más almas a un destino sombrío, desconocido hasta hoy. No, mi doctrina no me deja salirme del carril. Camino demasiado fácil. Yo soy un ángel de la muerte, epíteto que recuerdo de un libro o película.

Si mato, es por alguna razón. Si dejo vivir, es porque me equivoqué en algo.

Me siento en la cama, me quito un guante y miro la desnuda palma de mi mano. Qué frágil. Tengo ciertos cortes que han quedado como marcas dolorosas del pasado…; estas manos matan, como las de cualquier hombre, estas son de carne y hueso, puede que un robótico apretón de manos las pulverice. Con la otra tomo la daga térmica, hago un corte diagonal y dejo que la droga adormezca mi cuerpo…, el frío de la sustancia está alterando mis nervios, hasta quedarme dormido. Dos o tres horas así no me atrasará…

Lo necesitaba.

(…)

Matar a un niño nunca fue fácil, mucho menos hoy que la sociedad se ha volcado en un progreso tecnológico que, joder, desquicia toda ética y moral. En esta incipiente segunda centuria, los niños mueren a montón. “Qué importa, luego los resucitamos”, lo pensamos a diario. Las empresas multinacionales no dejan de acosarnos con ese mantra. “Qué importa, luego lo resucitamos”. ¿Y por qué nadie detuvo esta carrera tan perversa? Quién sabe. Nos volvimos datos, software erráticos, mal planeados por un dios perverso, y nuestros cuerpos el hardware, desechable.

Pero qué importa.

La vida biológica es un eco del pasado, no sirve para nada si crees que es lo más valioso en tu capital. Si puedes revivir, en tu cuerpo o en otro, sea este de carne o sintético, ¿qué importa? La muerte es más estratégica que la vida; a veces tenemos que morir para vivir. ¿Suena incoherente? Los invito a verme tirado en la cama, mis ojos somnolientos, mis labios azules; o, mejor dicho, este cuerpo que no me pertenece está a punto de dormir, yo nomás soy un usurpador como otros tantos.

Y sí, estoy entre el mundo de los sueños y la lucidez. Muchas caras me visitan, algunas yo las maté; otras azarosas, pero todas me miraban requiriendo mi atención. Podrían ser buenos políticos, excelentes empresarios, exiguos luchadores de la paz… Algo atraviesa mis venas, tensa mis piernas y brazos; transfigura mi entorno hasta que llega a la médula: veo todo colorido, escucho voces, incluso mi cuerpo se volvió mantequilla y ya dejo de «desear».

He muerto por un momento; me aíslo en lo más profundo de mi alma… mi hipotálamo.

(…)

Estaba ahí, de niño, veía pelear a mis padres. Mi mamá estaba lista para el trabajo, mi papá no quería saber del suyo. Jugaba con la tableta que me regalaron a regañadientes. O eso creían mis padres mientras estaba atento a su dolor emocional. Todo lo que veía de reojo se volvía tan efímero, etéreo. Sólo los podía ver pelear.

—¡Quieres que me dé un tiro en la cabeza!

—Dátelo, por lo menos así te vas a quedar calladita un rato —chasqueó con la lengua—; luego el seguro te va a traer de vuelta 

—¿Pedro…? ¡¿Qué dices?!

Mi padre parecía un adolescente, todo le era indiferente. Su tercer trabajo desde que nací era el mismo: tedioso, incongruente a sus capacidades, y pronto lo iba a dejar. No, lo despedirán. Hizo un flojo ademán con su mano para que mi madre lo dejara en paz. Por favor, dentro de algún lúdico mundo virtual estaba matando alienígenas. Al menos en alguna parte, que no es nuestra realidad, estaba haciendo algo útil; heroico.

—Eres un niño malcriado… ¡Y mentiroso!

Miré fijamente la tableta, había muchas imágenes borrosas en ella. Tensión. Mi padre odiaba que le dijeran mentiroso; era lo peor que le podías decir. Podrías inventarle una cascada de acusaciones, tal vez decirle una que otra verdad incómoda, pero lo más estúpido que podías hacer es llamarlo mentiroso; algún trauma de su pasado lo descontrolaba, lo volvía loco.

—¿Qué? —gritó sin dejar el mando de la consola virtual.

Pierde la partida del videojuego y se comporta como un chiflado que no quiere sus pastillas.

—¡Me llamas mentiroso, Miriam, y aparte haces que sean inútiles mis dos horas de partida! ¡Maldita sea! ¡Mieeerda!

Tomó el elegante mando, lo dejó frente a él y lo hizo pedazos con su codo; yo estaba seguro que se lo fracturó, pero la furia fue su mejor analgésico en esos momentos. Estaba loco. Y vi a una madre que intentaba tomar valor.

—Eres un mal ejemplo para tu hijo.

Eso se notó que le importó un carajo porque nada lo haría enojar más que decirle mentiroso. Mentiroso. ¿Será que mi padre vivió deprimido toda su vida? ¿Será que siempre fue un pusilánime?

¿Por qué mi madre se enamoró de él?

—¿Para él? Si todo el puto día está frente a la tableta, ni hace los cursos básicos que le compramos.

—No es cierto; él es un niño, tú eres el que debe de guiarlo, pero no lo haces, le descargas videojuegos para que se vuelva un inútil como tú.

Error; decirle mentiroso y luego inútil era la ecuación del caos. Mientras, yo, un niño, seguía siendo el espectador, nada más, el viejo y fracasado hombre gritó como un animal e hizo lo que no creímos: apretó su puño y lo impactó en la mandíbula de mi madre; ella cayó inconsciente sobre el suelo, con una grave herida en una sien.

Algo dentro de mi padre se había roto por completo y ya no habría marcha atrás.

—¡Te crees la muy santa y productiva! ¿No ves que el puto mundo está hecho una cagada?

Eso… Mi padre… Yo siento lo mismo que mi padre… El mundo es una jodida cagada.

—Y tú, ¡tú! Siempre exigiéndome tanto y tanto… ¡Perra!

Quería llorar, pero la verdad es que nunca aprendí a hacerlo. Vi a mi madre y un charco pantanoso que empezó a formarse bajo ella. Mi vista periférica cambió, se hizo intranquila, varios rayos iban y venían, parecía que viajaría a la velocidad de la luz, tal como lo proyectaban los antiguos filmes de ciencia ficción.

—Estoy deprimido, ¿qué no ves…? Estoy deprimido por esta sociedad inmunda —mi padre tomó un poco de consciencia y vio a mi madre que se desangraba en el suelo—. Odio que esto pase, odio que tenga que salir perdiendo por una mujer arrogante como tú. No tienes empatía por nadie, sólo por ti y tu trabajo.

Se tiró al suelo, se puso al lado de ella como un extraño monje budista. Estaba loco. Siempre lo estuvo. ¿Por qué mi madre se juntó con él? Joder, estoy seguro que todo lo malo lo saqué de él. Todo.

—¿Te crees que eres mejor que yo…? ¡Lo eres! ¿Feliz…? ¿Contenta…? Vaya, vaya, pues te digo que yo debería de estar en tu lugar; ¡sí, muerto! Pudriéndome… Yo soy el parásito, tú no.

Parecía que mi madre veía al lunático que tenía enseguida, pero en verdad sus ojos abiertos no veían nada de este mundo, sino de uno más introspectivo, indolente a la cruda realidad.

—Vale, recuerdo aquella noche que me confesaste que querías volarte los sesos…

Yo quería ayudar. Quería. Ahora sentía una curiosidad por lo que pasaría; era un acontecimiento aterrador, pero diferente, algo diferente e intenso. Para mi padre era como si yo no estuviera ahí, sólo mamá y él. Se levantó y fue al cajón de seguridad que solamente mi madre y él podían abrir con sus huellas digitales. Lo abrió y de él sacó un arma con su trémula mano.

—Si en verdad hubieras deseado volarte los sesos, es así de fácil: tomas el arma; la diriges hacia aquí; pones tu dedo acá; apunta directamente a tu cabeza y…

Sangre y pedazos de cerebro salieron disparados por el aire, y se estrellaron entre mí, el suelo y la pared. Mi papá había partido de esta vida. El juego terminó para él, un juego desesperante y aburrido. Vi a mi madre morir en el suelo. Parecía que ahora me está mirando a mí. Que quería decirme algo. El niño, quedo, no se queda inmóvil. Me acerco; sus labios tiemblan; sus ojos incesantes…

Déjalos… Vive.

Creo escuchar.

Dé-déjalos… Vive.

Antes de despertarme quise besarla, llorar su muerte. Pero no lo hice. Nunca lloré.

Y el brazo moreno de un niño me agasaja.

(…)

Cuando despierto él ya estaba ahí.

—Ese cuchillo sirve para matar o torturar, no para que te tumbes en la cama desperdiciando el tiempo como un yonqui.

“Otro fantasma del pasado”, pienso.

—¿Sigues soñando?

Moví la cabeza queriendo decir un «sí».

—Hay medicamentos muy eficientes contra los «malos» sueños. Los asesinos necesitamos tranquilidad, orden y paciencia porque la vida no tiene nada de eso. Nosotros somos enemigos de ella. Si no te compones, te volverás frenético. Matarás sin propósito. O te terminarás matando… Está en tus genes.

Esos consejos… tan vulgares y arteros. Quiero ahorcar a ese fantasma. Quiero matarlo otra vez. Sus palabras me tienen asqueado, pero al menos me sacaron de mi somnolencia.

—Vamos, hay millones matándose entre sí y no eres mejor que ellos. Tu patética infancia es otra más para la sociedad. Das pena, no lástima.

—No busco dar lástima…

—Sabes que sí quieres, nunca fuiste feliz. De tal palo tal astilla, ¿verdad?

Resoplo. Miro al techo y espero que se abran las puertas del paraíso. Quiero sentirme bueno, un héroe, alguien que valga la pena y dé bienestar a la humanidad. No obstante soy un asesino y ya he cometido bastantes atrocidades por mucho dinero que no he utilizado apropiadamente.

Quiero llorar, pero nunca lo hago. Nunca lo haré. Soy un llorón que nunca lloró.

—No esperes salvación. Vives o te mueres. Es lo mismo. Sigues o te vas.

Alzo mi espalda; sé que eso ahuyentará a cualquier espectro imaginario. Lo hace. Siempre lo hace. Me quedo solo. ¿Qué he hecho para estar acompañado? Nada. Al contrario. Maté a gente por la que sentía afecto. O los dejé morir.

Matar a un niño no es sano. No. La adicción de quitarle la vida a alguien puede omitir a los niños. Pero no. Los niños son parte del jugoso negocio. Matar a un niño… no es sano. Pero si no lo hago…

Algo, algo cercano me relaja. No es la droga. No sé qué es. O sí sé. Es…

Ese brazo moreno…

Pero no…

O sí… sí…

Tengo que hacerlo. Tengo que matar a Charles Brown.

Continuará…

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

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