Ofrenda (segunda edición) II por Diego A. Moreno

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Imagen tomada de Pinterest

Cuando entré a la escena del crimen, Charles Brown seguía vivo y el asesino, pues, asesinado. ¿Sería ese el término correcto? Un asesino asesinado. Qué patético. Es como si a mí mismo me hubiera encontrado en flagrancia otro detective haciendo cosas de policía corrupto. Lo bueno es que ya no me ensucio más. La jubilación está pronta y necesito mantenerme limpio.

Charles Brown está llorando con un cuchillo en mano, cuchillo que sangra como si tuviera vida propia. Esto no tiene más de media hora de ocurrido. La alarma que nos llegó fue premeditada, pero no fue para evitar «algo», sino para presenciar el resultado de un asesinato de alguien que no era inocente.

Lejísimos de serlo. Un asesino profesional.

Bueno, es casi imposible que un niño de siete años se haya defendido contra un asesino profesional. Esto fue un suicidio, no un acto de defensa. Estoy seguro que todos pensamos igual. El pobre niño debería de estar muerto junto con su consciencia. Pero sigue vivo. Las cabezas de su padre y madre son sesos desparramados, un pintoresco panorama.

En qué mierda de mundo vivimos. Mejor sonrío con una mueca incómoda.

—Este niño dejó de ser niño —le comento a uno de los forenses con cuerpo sintético.

Me responde con un carraspeo artificial, el cual me da gracia.

—He visto casos en que infantes cometen asesinatos, pero casi todos son adictos a las sales o en defensa propia. Este caso es un poco diferente; no, muy diferente.

—Sí, lo es. Es un mensaje. Posiblemente político. Ya sería el cuarto en este mes. Ahora dos embajadores aniquilados frente a su hijo. Maldita sea, no es la primera vez que veo algo similar. Una consciencia infantil corrompida más. Bravo.

Supongo que el sintético está molesto conmigo, pero su malbaratada cara artificial a duras penas reflejaba las emociones más básicas.

—El niño todavía no reacciona, pero lo van arreglar de inmediato cuando se lo lleven a un hospital. Aunque te seré sincero, Charlie tendrá que ir con un psiquiatra por el resto de su vida.

—¿No le serviría que se metan en su cabeza? —ahora sí sonrío, con descaro—. A mí me sirvió para sacarme a mi ex esposa cogiendo con un ex compañero del departamento de policía. Ahora los siento como sólo una imagen ajena. Este niño se sentiría mejor con una buena lavada de coco…

—Me impresiona su insensibilidad.

—Nah, tal vez de tanto que uno ha visto, pues como que eso de ser sensible se elimina de nuestra psique. De seguro te pasa a ti, más ahora que…

Vestía un cuerpo sintético.

—Sí, suele pasar, pero no así. —apartó la vista como para dejar de mirar mi cara de idiota, rechazándola por su moralina; en cambio, yo pensaba en mi pensión y volverme a casar con una mujer que no haya vivido más de cien años—. Usted o alguien tendrá que hacer una llamada a la embajada; necesita del Estado, así hasta que tenga a alguien como su protector. Sus padres están irrecuperables. Quizá toda su vida se la pase estando bajo custodia del gobierno.

—Ah, olvidaba esas cosas «especiales» de la diplomacia. Supongo que un pariente tendrá que reclamarlo.

—Siquiera los tuviera. Si bien le va, tendrá que ser reubicado con otra familia.

Tuve condescendencia por ese niño. Hace tiempo que no sentía eso. Condescendencia. Empatía. Maldita sea, tendré que regañar a mi psicólogo.

Hoy en día los niños no tenían la infancia de antes. No eran felices. Yo lo fui a mi manera, tenía hermanos, mascotas, a mis papás, aunque terminaron divorciados ya de ancianos. Sé que estoy amargado, todavía lo estaba peor antes, pero siempre tuve un sentido mínimo de altruismo. Creo que por eso terminé siendo detective, quería jugar el papel del héroe que nunca fui.

Otro de los forenses, una mujer madura, de carne y hueso, orgánica, le quita el cuchillo con cuidado al niño y se lo da a un practicante para que lo guardara como evidencia en un dron que se dispara al departamento forense. Supongo que la mujer no pudo dejar aun lado el instinto maternal y lo abraza. Yo también quería abrazarlo. Extraño. No, eso me restaría puntos de policía duro.

—Ahora, la pregunta es: ¿quién demonios lo dejó entrar…? —me pregunté más a mí mismo. El forense sintético me escucha y usa un tono de burla al contestarme.

—¿Dejarlo entrar? ¿En serio? ¿No vio el desastre allá afuera? Este es un profesional, mató a casi todo el personal que estaban cuidando a la familia Brown. Incluso Jesús fue parte del listado de las víctimas.

Jesús, un palurdo que se convirtió en uno de los mejores de los Corps de las Naciones Unidas. Esta trama está yéndose más allá de mi paciencia. Sin embargo, es no es lo que me deja intranquilo. Hasta el más profesional no podría haber entrado como un virus a través de la infranqueable seguridad que tienen las Naciones Unidas. Son los «mejores» mercenarios para sus «mejores» ciudadanos.

—Sabes que a un asesino profesional se le contrata, incluso en la red hay secciones legales, y otras no tan legales, todo está abierto para cometer actos ilícitos, si sabes bien cómo hacerlo; aunque se tiene el inconveniente de ser rastreable… a éste posiblemente se le solicitó por otro medio más rudimentario, pero efectivo contra toda pista para los judiciales. Hay cómplices muy importantes, muy posiblemente algún arribista que quiso eliminar a otro que le estorbaba. Ya ni me importa mencionarlo al aire —giro mi posición y miro muy bien al sintético—. Ya sabes, competencia. Lo mismo que en los otros casos de este mes. Lo de hoy es matar para que tu verdadero enemigo se atrase y no para eliminarlo permanentemente.

—Sé lo que dice, tratar con la muerte es mi trabajo y el tuyo es buscar quién la causó.

—Sí sí, aun cuando nos pagan para no hacerlo; irónico, ¿no? Por eso da igual saber la cruda verdad de las cosas. Somos meros peones y ya. O algo de menos valor jerárquico.

El forense se tensa. Es una verdad incómoda. La corruptibilidad es más verdadera que la justicia. Yo bien lo sé, hasta me jacto de mi condición abyecta.

—Bueno, veré los resultados del espectrograma. Dudo que nos dé una historia sólida de porqué el asesino tenía un blocker. Puta tecnología, nos ha hecho inútiles al depender de ella.

Irónico que sea un sintético. Tal vez él mismo quiere contar su triste historia reflejándose con la pena de otros. Pero bueno, ese condenado tiene razón. Un punto a su favor es que hace mejor trabajo un ser con cierta inteligencia artificial que un humano biológicamente alterado. Las cosas estaban peor en los Estados en desarrollo como los de aquí, por eso no cualquiera goza de un cuerpo nuevo, sin que este sea uno de carne sintética o, peor aún, un robot humano.

Sinceramente estoy cansado, había visto mucha muerte con el caso de la balacera que pasó justamente el día anterior dentro un bachillerato. Dos jóvenes pulverizados, irreconocibles, incluso genéticamente hablando. Me siento más viejo que nunca.

Me despido sin decir más. Los resultados me llegarán por la noche, aunque estoy seguro que querré revisarlos en la mañana siguiente.

El seguro no se ajusta para citas de los «curanderos de la psique» de un día para otro. Por eso mejor me drogo. Más fácil.

(…)

Al salir de donde a nadie le importa saber que estuve, me llegó un mensaje. Mateo quería tomarse una cerveza. Él sabe que no puedo resistirme a los productos que me sacan de mi tensa realidad. La cerveza era lo menos invasivo que consumía. Le respondí lo usual, “A moler nuestros hígados se ha dicho”.

Cuando llegué a nuestro “sanatorio”, el Emperador Azteca, bar con arquitectura que se asemejaba a las estructuras donde vivían nuestros antepasados, justamente aparecí en el Emperador cuando acababa de llegar una reliquia: un pedazo de las ruinas de Teotihuacán. Lucas y Mateo ya estaban dentro tomándose su segunda infusión.

—¡Miren, llegó otra reliquia del pasado! —dijo Mateo sin vergüenza de exponerse como borracho.

Algo que sufrí desde joven, una enfermedad extraña, no mortal, pero que me dejó poroso y arrugado; y es que siempre me vi viejo, la diferencia es que ahora sí lo estaba, ya era bastante lo que intenté mantenerme «eterno». Pronto, ya jubilado, cambiaría mi aspecto; ahorré toda mi vida para que me clonaran y pasar mi psique a un “yo” más joven. A esto le llamábamos un New Era Dream. Eso sí, toda una fortuna y el coste de perder todo contacto con la familia. Era como reiniciarse, comenzar de nuevo. Tener la edad de mi hijo mayor. Además… ya superé lo de mi esposa. Mucho mejores especímenes he saboreado.

Así las cosas.

—¿Y ese bloque que tienen ahí? —me senté en la barra junto a mis amigos de tragos.

—¿Eso? Es un contemporáneo tuyo, old man, lo sacaron de lo que quedó de Teotihuacán después de la guerra.

Se me olvidó contar que yo era el mayor de nosotros, por diez años de diferencia, no nomás por apariencia.

—Eso cuesta una fortuna —dije sin mucho interés.

—No, en verdad fue una baratija.

Lucas habló sin dejar de mirar su cerveza.

—¿Platicaste con el dueño?

—Sí, ya sabes que por esa amistad tenemos bebidas gratis.

—¿Y cómo lo consiguió? ¿En subasta?

—Me contó que nadie quería un pedazo que estaba maldito después de la «tragedia», pero él no pudo dejar la oportunidad de añadirle valor verdaderamente histórico a su bar. La suma fue absurdamente baja, más económica que un fin de semana de embriagarse con ustedes. Crazy shit.

Indeed, bato —le contesté.

Sinceramente no me atraía mucho el tema. Dos de mis hermanos murieron en la «tragedia». Desde los tiempos de mi bisabuelo era tradición de nuestra familia ir cada equinoccio a Teotihuacán. Con mis hermanos terminó esa absurda tradición. También algo de todos nosotros se fue con esa «tragedia». Por eso nuestro país abdicó como tal y se unió al Gran Estado de las Naciones Unidas. No obstante, las cosas siguieron igual que antes, y peor en otros casos.

Ya había pedido mi primera infusión cuando entró Cara Larga al bar.

—¡Ahí está el son of a bitch hijo de la chingada!

Cara Larga era oficialmente un maltratador de menores, aunque en verdad sus delitos eran aun mayores. La vez que lo arresté era porque me sentía aburrido. Un error bastante banal que no debí haber cometido.

—¿Quién es ese? —preguntó Mateo.

—Otro en la lista de la gente que me odia.

—Tenemos que dejar de beber, ¿verdad? —Lucas parecía muerto en vida. Algo le había pasado, pero no tuvo tiempo para contarlo.

—Sí —le contesté.

Cara Larga venía con cuatro más, listos para molernos a golpes. Pensé en usar mi poder como judicial, quería llevarla tranqui. Relax. Por mi jubilación y futuro nuevo cuerpo. Pero era inútil, este hombre volvería salir pronto porque era ahijado de un personaje notable de la política del Estado, también su empleado y asesino. No quedó más que usar los puños como defensa hasta que nos hicieran pedazos.

Lucas fue el primero en reaccionar al tomar su tarro y tirárselo al primero que se nos acercó; éste explotó como una bomba de sangre y cayó exánime en la piedra azteca que acababa de llegar. La piedra se manchó de sangre. Otro sacrificio más para el pueblo mexica.

—¡A ese cabrón no lo dejen vivo!

No pensé que usarían armas. El primer disparo impactó en la garganta de Lucas. Él quiso seguir luchando como un idiota kamikaze lanzándose hacia el enemigo. Ni modo, fue de gran ayuda porque distrajo a los maleantes, mientras yo y Mateo nos tirabamoos tras la barra, como en las películas de acción. Yo no quería terminar como Lucas, mi cita para trasplante de cuerpo sería en un mes, pagado todo a crédito, y no debía morir.

—Lucas… ¡Mataron a Lucas! —Mateo estaba hecho un mazo de nervios. No supe qué responderle. Estaba muy nervioso. En esos momentos saqué mi Glock, pero no se activaba. Mateo se dio cuenta que algo no estaba saliendo bien de mi parte.

—¡Salgan de ahí, pussies!

El barman, como todos, tenía una escopeta, pero no tenía las agallas para utilizarla. Estaba muerto de miedo al lado de nosotros. Muy sabio, mejor no entrometerse con alguien como Cara Larga, sería malo para el negocio.

—¿Qué pasa? —Mateo ahora estaba aterrorizado.

—No se activa…

Recordé que esa Glock no era mía, la había tomado por equivocación. Era de un colega que estaba de vacaciones y él tenía la que me pertenecía. Qué putas casualidades. Me hubiera traído la vieja versión de la Simiti que tengo en mi departamento, un arma poco legal.

—Mierda —me exaspero.

Mateo abrió sus ojos como dos platos a punto de quebrarse. Quise aconsejarle que lo tomara con calma, que me entregaría; pero en vez de eso, le quitó la escopeta al barman, una reliquia del pasado, aunque bastante potente como para volar la cabeza de un ciudadano. Gritó como un berserker de los Corps, apuntó con torpeza, pero fue suficiente para poner a todos en el suelo. Disparó varias veces sin atinarle a ninguno de los Caras Largas, nomás le quitó la vida a una pareja inocente y  quebró la reliquia de nuestros ancestros.

Quise ayudarle. Sabía que no podía, así que, como buen superviviente, escapé por la puerta trasera. De Mateo ya no supe más.

Continuará…

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

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