El día que se creó a Dios (segunda deidificación) por Diego A. Moreno

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Imagen tomada de Pinterest

 

Diez días pasaron después del incidente de Malbania donde millones dejaron de respirar para tragar polvo y ser comidos por lombrices; aunque bastantes almas solamente se desintegraron en el aire.

La humanidad estaba desecha, ya ni los nihilistas tenían ganas de no creer, únicamente lo que querían hacer era nada, realmente nada.

Y también los existencialistas dejaron de existir.

Un filósofo y físico de la Universidad de Dale, maravilla intelectual del país de Libertaria, pensó en quitarse la pena de decidir algo grato, entonces optó en clavar dos sólidos tornillos en cada extremo de los libreros de su oficina, sacó un cobijón y con él armó una hamaca donde se acostó para, sí, hacer nada. Su asistente más querido, un joven treintañero, sin mucho sabor en su personalidad ni en su vida, que como oficio tenía el afán de molestar a su mentor de día y de noche, entró en la oficina, sin tocar antes la puerta y con paso ligero, pero un poco torpe.

—¡Gibson, Gibson! ¡Señor…!

Ahora, en tiempo presente, el joven mira bien a su padre académico que éste, con una eterna lentitud, acostado se balancea sobre su improvisado camastro. Gibson no parece ni prestarle atención a la pipa que hace tiempo se apagó, la cual sostiene flojamente con su boca.

—Apuesta a creer…  —el profesor murmura.

—¿Profesor…? ¿De dónde sacó esa hamaca? —Gibson no responde—, ¿no atendió a ninguna de las clases de hoy? Creo que lo llamaron a una junta especial para discutir sobre las anomalías que están surgiendo en Malbania…

—Huevos con bacon… —es su respuesta.

Gibson abre suficientemente la boca y la pipa cae resbalando por la barba para esconderse entre sus sucios pantalones cafés.

—Profesor, ¿hola? Soy David Weber, ¿me reconoce? Todos los días lo molesto con mis estúpidas ideas…, y ahora fíjese que…

Si es que Gibson está en ese cuarto parece ser que solamente su cuerpo se encuentra ahí, balbuceando palabras al azar, o fórmulas metafísicas extrañas, pero su conciencia ya no le es posible dar atención a los mortales.

—Bueno, la verdad es que se me ocurrió una de esas ideas —David, entusiasmado como un niño, toma una silla y se sienta para contarle un maravilloso descubrimiento a su padre—; no, de hecho, más que una idea es una maravillosa ecuación, la fórmula correcta que le comenté el verano de mi primer año aquí con usted…

—las moscas dejan huevecillos en la comida del profesor Gibson…

—… Y es, no sé, que creo que usted no me va a permitir finalizar este experimento porque, ya sabe, es muy riesgoso, pero sirve, funciona, es casi totalmente fiable; ¡y estoy seguro de que esto servirá para servirnos! —recalca las dos palabras.

El profesor Gibson suelta sus labios y hace una burbuja de saliva como divertimento. David siente que algo abrasa su corazón, su respiración se vuelve más rápida, tal fiebre virulenta que ya poseyó a toda la infinitud de su ser.

—Yo voy a crear a Dios.

Gibson lentamente gira su cabeza hacia David: su cara es la de un viejo preocupado.

—¿Mis perros? ¿Tienen comida?

Pasa un momento en que David vuelve en sí y se pregunta si su mentor está bien de salud. Pero luego lo desecha.

—Eh, sí, me encargué de eso temprano. Esta vez no tuve problemas con Manchitas, y en vez de morderme ahora lame mis manos para que le dé comida de lata, pero ya sé que me tiene prohibido…

—¿Agua?

—Sí, también les llené sus recipientes y los conecté junto al filtro añadiéndoles un sensor para reaprovisionarlos automáticamente porque sé que sus animalitos son muy sedientos.

—Magnífico —Gibson vuelve a su estado de trance.

—Como le decía… Voy a crear a Dios. Estos días más que nunca lo necesita la humanidad. No, espere, no nomás la humanidad, ¡sino el mundo entero! ¡Quizás hasta el Universo!

Gibson hace otra bombita con su boca.

—Y necesitaré su permiso; claro, ya le prometí no hacer algo tan riesgoso sin consultarlo a usted primero.

—El permiso es concedido a los oídos abiertos a la sabiduría.

David frunce el ceño, pero sus manos tiemblan de emoción.

—¿Cómo? Dice que…

—Mi permiso de ser es irrevocable… Hay que permitir que pase lo que tenga que pasar.

David se levanta de la silla con un brinco de alegría, grita algunas hurras y cierra sus puños hacia el cielo.

—¡Si Dios no existe, el hombre tendrá que crear a Dios!

Los lentes de seguridad de David brillan un azul etéreo. Su boca se abre. Un destello blanco borra todo.

Se escuchan unos rápidos pasos por los pasillos del departamento de Física y Disciplinas Esotéricas de Dale, aun cuando casi todos sus inquilinos guardan luto. Ciertamente, nomás el conserje Oswald voltea hacia un lado para ver qué alboroto se estaba desarrollando en su momento de más tranquilidad dentro de su fastidio laboral.

—¡DeusDeus autem nobiscum!

—¿Qué…? —Oswald dice en voz baja.

David Weber pasa como rayo al lado de Oswald.

Eureka! —traga saliva— ¡Deus autem nobiscum! ¡O como se diga! ¡Latín fue mi peor calificación el primer año…!

Owsald se queda obnubilado por el lenguaje extraño que el joven utiliza.

—¿Qué pasa?

David se devuelve, su sonrisa de maníaco sólo hace que el viejo Oswald se preocupe más. Se acerca y aprieta sus manos contra los brazos del conserje.

—¡He dicho que Dios está con nosotros!

Ahora va de nuevo hacia la oficina de su mentor. Oswald, que prefiere no tener mucho contacto con los académicos ni con sus colegas, tiende a hablar a solas.

Murmura algo.

—La última vez que vi algo así fue cuando el profesor de Literatura Apócrifa corría desnudo por los pasillos diciendo que conoció a un antiguo Dios en el baño… —Oswald prosigue con su trabajo.

El portonazo necesario se escucha después de David abre la puerta de la oficina. Su mirada triunfante lo dice todo; él había ganado esta batalla contra la ciencia, contra toda expectativa. Había creado a Dios. Sonríe y piensa que así será para siempre.

—¡Deus at home, papá! ¡Deus at home! —grita de júbilo— Interesante frase, ¿verdad? ¡Aaah…! —suspira, plenamente satisfecho.

Gibson sigue en su misma posición, recostado sobre la hamaca. Hace de nuevo una bombita de saliva.

—¡Creamos lo imposible como los grandes! Pero usted y yo no somos como cualquiera, ¡somos los científicos más grandes del mundo! ¡De la existencia! —levanta un dedo hacia arriba, ajusticiando a su porte triunfal— ¡Hemos creado a Dios!

Ahora trota hacia el escritorio, brinca sobre él y baila torpemente; extasiado tumba objetos en el proceso, canta locuciones latinas con referencias al antiguo y nuevo testamento. Está feliz y se lo merece. Gibson gira su cabeza lentamente y lo mira.

—¿Huevos con bacon?

—¡¿Quiere comer huevos con bacon?!

—Que el bacon no esté muy frito, tierno…

—¡Claro que sí, lo tendrá pronto! ¡Deliciosos y nutritivos huevos con bacon! ¡Sí, señor! O digo, ¡sí señor mi Dios!

Cuando parece haber desahogado lo suficiente de sí, se baja y le entra la pena por su exceso de alegría. No es de estoicos derrochar tanta emoción.

—Vaya, perdón… —piensa en algo, lo busca, y levanta del suelo el ordenador que tiró minutos antes—. Mire, le enseñaré que nuestro logro es verdadero —teclea frenéticamente sobre la pantalla, como si estuviera aniquilando con sus dedos a un ejército de moscas—. Sé que fui muy impulsivo, lo dejé ir, tuve que hacerlo; algo en mí me decía que lo hiciera, pero ahora está afuera, ahí, arreglando todo, haciendo milagros… —sus ojos giran de aquí para allá en la pantalla—. Está en todas partes… Pero este vídeo en vivo es el mejor.

David toma el ordenador con sus manos, pero piensa que sería mejor ponerlo sobre un mueble que lo sostenga para así verlo con comodidad junto a su padre académico. Con los ojos busca lo que necesita; lo encuentra: es una mesa de centro atiborrada de libros viejos. David los tumba con un brazo sin remordimientos. De seguro algunos de ellos eran reliquias invaluables de la escena esotérica cientificista.

—Esto servirá formidablemente…

Se acerca al profesor tomando el ordenador con un brazo y la mesa con el otro, sacando titánicas fuerzas de quién sabe dónde. Pone un objeto sobre el otro, se agacha y reproduce el vídeo.

—Mire, mire… ¡Ahí está! Los está reviviendo a todos en Malbania —David mira al profesor con algo de vergüenza—. Perdón, profesor, yo mismo le dije que fuera primero hacia allá, aunque él no dio señal alguna de entenderme, sólo se fue, lo dejé ir… De nuevo perdón por no haberlo consultado con usted… ¡Pero mire, los muertos reviven! Hasta parecen sonreír por volver a la vida… Es magnífico, sin precedentes; viviremos en un mundo nuevo…

David detiene sus entusiasmadas y azarosas palabras porque ciertas cosas de su pasado vuelven a su memoria, lo invaden, pero con placer y esperanza.

—Profesor, tengo que disculparme con usted, pero tengo que irme…, pienso, no, creo que él podrá también hacer que vuelvan mis padres, que ya no sean sólo polvo, así como mi hermanita, o el pequeño Rocky… O también a todas las víctimas de la guerra… Tengo que irme, pero le dejaré el vídeo para que vea lo que pasa minuto a minuto.

David se para, firme, con sus dos piernas atléticas de trotador.

—Necesitaré una chaqueta, sí, porque en Malbania de seguro hace mucho frío —ve que hay una chaqueta vieja colgando de un gancho improvisado. De seguro el profesor mismo lo clavó—. Profesor, si no es mucha molestia, tomaré prestada su chaqueta. Tengo
que irme.

Intenta ponerse la chaqueta: los dos primeros intentos fallan con posiciones absurdas hasta que tiene éxito y se la pone. Le queda un poco holgada, pero le sirve.

—Le prometo que volveré en cuanto pueda. Hablaré con Dios, le pediré algunas cosas antes, y sin falta haré una bitácora detallada; luego lo traeré con usted, le haremos preguntas, tal vez tomemos té juntos; si es que Dios toma té… Bueno, ¡chao!

Y se va.

El día parece estar adelantado; todos los días hasta ahorita parcen los mismos, como si se quedaran estancados en un mediodía eterno donde Dios está allá afuera arreglando el caos que el humano ha creado: haciendo milagros, reviviendo muertos, curando a enfermos… Pero algo hostil se siente en el aire.

La universidad está desolada, ningún alma ronda en ella, ni siquiera Oswald que es casi parte del inmueble de la academia. No hay electricidad y el frío es horrible. Lo único que se escucha son los pasos de David ahora más agresivos, como si tratara de huir. Jadea. Jadea. Hasta que llega a la oficina.

Entra, pero ahora no la deja abierta y sin pensar mucho la cierra precipitadamente y se recarga sobre la puerta, tratando de tomar aire.

—No…

Quiere articular alguna idea o frase, pero nada le viene en concreto porque piensa mucho, siente mucho.

—No… No… No puede ser…

Su cuerpo tiembla, intenta contenerse. Solloza. Mira hacia enfrente: el profesor sigue viendo a la pantalla oscura del ordenador que lleva quién sabe cuánto apagado por falta de batería. Se dirige al ventanal, sin embargo, se detiene un momento para ver lo que hay afuera. Traga saliva. Traga de saliva nuevo, pero ya no puede hacerlo, así que toce. Se calma la reacción tociferina y logra su cometido en cerrar las cortinas. Ahora intenta mover los muebles para tapar las ventanas y la puerta; no obstante, le es imposible empujarlos, son demasiado pesados, con o sin los libros y antigüedades que contienen.

—Es imposible… —se tira al suelo, pone sus manos sobre la cara y llora—. Algo salió mal… Muy mal…

Gibson se saca un moco.

—Algo hice mal… ¿Será alguna ecuación errónea? ¿Las coordenadas equivocadas? Tuve que haberlo cuestionado… Tuve que ser más precavido… ¿Qué he hecho?

David se hinca e intenta tranquilizarse. Se arrastra hacia el profesor.

—¡Perdón, profesor! He cometido un error que es irreparable…; es… fastuosamente horrible… No es lo que creímos… Es… Ojalá que no llegue a despertar a mis padres, a mi familia…, que sus almas descansen…

—¿Los perros?

David, con los ojos rojos y llorosos, mira con compasión a su padre académico.

—Los perros… están bien… Ellos están bien…

—¿Los perros tienen comida?

—Sí… No, pero mucha agua, mucha… Ah, es que… Esto no podrá perdonarmelo, no tiene que, pero sus perros ya no importarán… Nada importará ya…

—Oh…

El profesor se pone triste y puerilmente baja su cabeza para mirar al suelo.

—Es que… ellos… Ellos se están comiendo a todos; nadie es igual, él los mira nomás, los deja y él sigue… No hace nada para pararlos, ni él para con lo que hace… —intenta resistir el llanto, pero de nuevo pierde la lucha—. Estamos condenados… Y ya no sé qué hacer…

De pronto el profesor mueve un brazo y con su mano frota la cabeza de David.

Las sombras de ellos desaparecen. El ambiente se torna sombrío. Niebla. Una oscuridad parece reinar. Todo se pone negro.

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

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