La verdad oculta por Ana Laura Piera

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Foto por Artem Kovalev tomada de Unsplash

 

 

Cuando desperté, “él” estaba sentado en mi cama. Sus enormes ojos negros, sin expresión y sin fondo, parecían engullirme entero. Sentí sus dedos fríos y delgados como lápices acariciándome la cabeza. De los ojos y de los extraños orificios nasales, apenas eran dos agujeros negros sobre la piel cetrina, comenzó a salir un fluido amarillento. Parecía estar llorando. 

No me dio miedo; en alguna parte de mi ADN palpitaba una verdad inquietante… 

Una cegadora luz asomó por la ventana y parpadeó tres veces. Ante esta señal se levantó lentamente, como si le pesara alejarse, y se situó de tal modo que el destello lo envolvió y desapareció en él. Brinqué de la cama y me asomé a tiempo para ver una extraña nave en forma de cigarro alejándose, primero lentamente y luego a una velocidad tan demencial que desapareció en un instante. 

Me incorporé; miré mis manos, examiné mis brazos y sentí mi rostro. No me parecía en nada a “él”, sin embargo, del fondo de mi ser fue subiendo incontrolable una palabra que pronuncié sin permiso de mis labios y que dejó una herida abierta a su paso: ¡Padre! ¡Padre!… 

Blog de Ana Piera: Píldoras para soñar.

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