Valdemar no ha muerto (‘Poe no ha muerto’, 32) by Félix Molina

Mientras, compulsivamente, Poe intentaba poner orden en su sótano –si aquel espacio que habitaba había podido ser alguna vez suyo–, el hombre al que bautizara como Valdemar volvía en sí. Poe no ensayó disculpa alguna, porque, agrio y furioso tras la visita de Marie, buscaba algo sin saber qué buscaba en torno del desmayado. Solo cuando reparó en la botella con la que lo había tumbado, al pie del diván, halló fuerzas para dirigirse a él:

–¿Cómo se encuentra? –dijo regresando a su enfado consistente, sin dar tregua al servidor–. Le iba a preguntar si había vuelto en sí, pero eso es absurdo: ¿estuvo usted alguna vez en sí todo este tiempo?

Valdemar, áspero, aceptó este otro golpe, verbal y, sin embargo, más contundente. Pero se defendió:

–Sabrá ya que cumplo órdenes. Que las cumplo como usted. Como todos. Aunque supongo que ir pegando botellazos sí ha sido iniciativa propia…

Poe sintió la culpa como una medusa que le circulase por el pecho. Comprendió en ese hombre su esclavitud, lo absurdo de su compromiso, de ese encierro donde seguía siendo pero no era, cada día. Se sentó junto a Valdemar, haciéndose un hueco entre sus manuscritos.

–Discúlpeme. ¿Quiere un trago? –Poe se vio a sí mismo ofreciendo el menjunje al hombre, y advirtió que la chaqueta que llevaba no era una librea. En su sobriedad, la ropa era más bien la de un pastor o una suerte de filósofo. Eso le tranquilizó, sin saber la causa–. Uno se acostumbra a lo que sea esto que me dan a beber. Usted sí sabe lo que es, ¿verdad? –siguió azuzándole, repuesto de la culpa.

–Yo nunca lo he sabido. –Valdemar apartó la redoma del líquido ambarino como si Poe le ofreciera algo descompuesto. –Solo sé que le hace mal –apostilló reponiéndose del asco.

Los dos quedaron como envueltos en una misma burbuja de silencio. Podrían haber hablado tanto de aquella mano que movía las suyas, de aquel brazo muerto de mar por el que fluían como vástagos desprendidos de un mismo árbol sombrío. Pero callaron. Y cada uno halló una respuesta en el remanso de la mirada del otro, en el fondo del agua turbia de los ojos, sucia como de un ramaje resignado.

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