La maga de las flores, capítulo 7: El color del cielo por Ángel de León

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Imagen tomada de Pinterest

 

Cuando desperté, Dami se encontraba frente al ventanal de la sala oteando la ciudad. Las cortinas descorridas completamente, invitando el paso del sol a aquel espacio que tanto tiempo le negué.

Llevaba una holgada playera blanca de algodón que le llegaba hasta medio muslo, su cabello recogido en un simple moño. Sus brazos cargaban algo.

Me puse de puntas para mirar por encima de su hombro y encontrar que cargaba a Morganita, la acariciaba detrás de las orejas como a ella tanto le gustaba.

—Buenos días —dije.

—Buenos días, Martín. Puse a hervir chocolate, ya casi va a estar.

La abracé por la espalda y seguí con la mirada aquel punto en el cielo que observaba.

—La primavera en la ciudad de México es interesante —su voz acompañada por el fortísimo ronroneo de Morganita—. La combinación de colores me gusta mucho. Cerca del horizonte es blanco, y conforme el cielo se acerca a nosotros se vuelve azul, pero la conjunción de la imagen parece violeta.

—Es la contaminación —dije—, por eso se ve medio difuminado.

Aguardó en silencio por un momento, como si estuviera absorbiendo cada detalle del paisaje.

—Más bien lo decía porque esos colores combinan muy bien con las jacarandas —asintió para sí misma. Es como un espejo de la primavera aquí. En Corea el cielo sigue siendo azul y a veces amarillo por la contaminación que nos llega desde China, no importa los pasteles que sean sus colores entre los pálidos beotkkot y los hibiscos.

—Ya —dije tras reflexionar un poco—, y aquí el color del cielo parece ir en concordancia con las intenciones primaverales.

—O, mejor dicho, es la tierra la que responde. Sé que no tiene sentido porque las jacarandas llevan siglos aquí, más me gusta reflexionar si tienen voluntad alguna.

Para disgusto de Morganita, Dami dejó de acariciarla para señalar con su dedo hacia una violeta sucesión de jacarandas en la distancia.

—¿Acaso no parece un pedazo de cielo que se ha mezclado entre la tierra?

El aroma floral de su cabello me transportó a aquel lugar que señalaba.

—Tienes razón.

Una densa nube cubrió el sol revelando nuestro reflejo en el ventanal. Al vernos así a los tres, con los colores del cielo y los de la tierra confundiéndose entre sí, llenando aquello que éramos, me abracé a ellas con tanto cariño como me era posible conjurar. 

—A decir verdad —dijo quedito—, hay algo que quiero pedirte.

Preocupado, levanté una ceja y le pregunté qué era.

—Quiero mostrarte un lugar. No está muy lejos de aquí. Me sabe mal pedírtelo porque sé que no sales de casa.

Tragué saliva. —Vamos.

—Pero…

—No pasa nada, si tú te cuidas y has estado bien, yo también debería de estarlo. No es como que el virus se aparezca de manera espontánea tan pronto pones un pie en el exterior, mientras lleve el barbijo y no me toque la cara estaré bien. En serio.

Sonrió con todo el color de la primavera con el que la vida había envenenado su alma.

—Desayunamos primero, ya está el chocolate.

(…)

—¿Es aquí donde querías traerme? —pregunté. Estábamos en un pequeño parquecito a cuatro cuadras del apartamento. Era una suerte de explanada que unía muchos negocios que formaban un mercadito. No obstante, ahora casi todos esos locales estaban cerrados, sin lugar a duda los comerciantes fueron quienes más perdieron con la pandemia, sus formas de sustento amenazadas.

Asintió y me condujo a una banquita cerca de una jardinera. En el centro de esta jardinera se erigía una jacaranda

—De entre todos las que hay en la ciudad, esta me pareció la más importante.

—Está bastante cerca del apartamento.

Posó su mano sobre la mía, luego la miré con fijeza, preguntándome si mis ojos comunicaban tanto como los suyos, ya que llevábamos puestos los cubrebocas KN95.

—Cuando vuelvo de la florería paso por aquí a diario. A veces me compro una leche sabor durazno en esa tiendita y me siento aquí a observarla.

Al menos unos pocos locales se mantenían abiertos… lo cual no me pareció consolador, sino que me dio un poco de pena por quienes sí tenían que trabajar en estas condiciones sanitarias.

—Ya, por eso a veces llegas un poco tarde. No creas que es reproche —me sonrojé—, sólo digo que aquí es a dónde vienes.

Asintió con una sonrisa en sus ojos.

—Venir un rato aquí también impide que te distraiga. Sé que no se debe presionar a los escritores con estas cosas, tienen fama de ser sensibles, pero me gustaría que terminaras esa novela pronto.

—Suenas como mi agente.

—Es que a mí también me encantan tus historias.

Ese tipo de comentarios siempre eran emocionantes. El árbol de jacaranda frente a nosotros era imponente, su tronco era grueso y recio, los pétalos que colgaban de sus ramas eran enormes y se les notaba bastante hidratados para ser finales de mayo. Si bien era la jacaranda más impresionante que había visto, no conseguía dar con la importancia que Dami le confería.

—Verás… antes de que mi pared explotara de esa forma tan extraña, vine a buscarte en muchas ocasiones —dijo al cabo de un rato.

Busqué su mirada, pero sus ojos estaban bañados con el color de la jacaranda.

—Pero si siempre estuve en casa —repliqué—. A menos que estuviera tomando una siesta o escuchando algún audiolibro con audífonos.

Sacudió la cabeza.

—Venía hasta acá como si un extraño llamado reverberara mi nombre y su origen fuera tu apartamento, pero una vez que cubría la distancia me paralizaba frente a la puerta y no me atrevía a tocar. Aquello era cuerda y al mismo tiempo muro.

—Ya —dejé salir, no supe qué más decir.

—Aquello empezó en febrero, apenas llevaba una semana en la ciudad. Por eso me sorprendí mucho al descubrir esta jacaranda justo en el camino a tu casa… aún faltaba mucho para la primavera, sin embargo, ésta ya daba señales de que florecería pronto. Juraba que con cada día que venía en busca de ese llamado, los capullos crecían más y más, casi parecían frutos. Hasta que un día explotaron, su florecer fue fenomenal —pareció querer rascarse la barbilla, pero debido al cubrebocas terminó por rascarse la frente—. De hecho, como si la cosa no pudiera ser más mística, fue en el veintinueve de febrero que el florecimiento comenzó.

—Recuerdas bien la fecha…

Su rostro se puso tan rosa como una nube de azúcar y agachó la cabeza, quizá para conservar algo de dignidad. A mí me parecía tierno.

Carraspeó. —Ahora estamos a finales de mayo, Martín. La mayoría de las jacarandas han enviado sus pétalos a remolinarse con el calor de un incipiente verano. Esta sigue intacta.

—Es como si viviera a destiempo —dije tras reflexionar unos momentos.

—O como si no se hubiera enterado del paso del tiempo. Aunque si puedo aventurar mi hipótesis, creo que vive en otro ciclo, uno que es ajeno al paso de las estaciones. Se aferra a la primavera tanto que se adelanta, florece más hermoso y después se resiste a la muerte.

Me pregunté qué clase de voluntad impelía a aquel árbol, y como la necedad a veces toma matices heroicos.

—Martín, lo que hace especial a las jacarandas, como a cualquier otra flor de temporada, es que florecen por un periodo tan breve como marcado. El consuelo que les queda es saberse parte de un ciclo que siempre vuelve, por eso lo triste de lo efímero se vuelve soportable.

—Y éste se resiste.

—En el caso de las jacarandas como los beotkkot o los sakura japoneses, es que su florecer pinta todo el paisaje, irremediable; por eso su partida es tan dramática, los pétalos caen como lluvia, como si quisieran que todos se enterasen de su partida. En cambio, éste es como un necio, un rebelde de su especie.

Asentí en silencio, limitándome a la contemplación de la jacaranda.

—Pero no debe ser el único, ¿no? Sería muy extraño, casi sobrenatural.

Dami se encogió de hombros. —Creo que debe haber muchos así en todos los países donde haya flores de temporada, estoy casi segura de ello. Pero éste es el que apareció en mi vida.

—Viéndolo bien se ve un poco cansado. Es como si el resto de la ciudad poco a poco le fuera negando sus colores —dije—. Me pregunto si es consciente de su acto de rebeldía ante lo efímero; acaso tendrá voluntad.

Puso su mano sobre mi pierna. Pude imaginar sus labios dibujando palabras detrás del cubrebocas.

—La certeza del verano se le escurre entre las ramas, deslizándose por sus pétalos cual agua de lluvia.

—La certeza del verano… —musité—, las jacarandas siempre me han parecido un fenómeno bastante ajeno a nuestra cultura. Diego me dijo que los cerezos representan la aceptación de lo efímero, la afirmación de la belleza de algo por la sola gracia de saber que morirá pronto. Que somos dichosos de poder contemplarlo. Triste y bello.

—Ese es un pensamiento japonés, sí. A los coreanos nos parece un poco extraño, pero eso es por nuestro complicado pasado con Japón. En Corea se considera más como el anuncio de algo bueno, de los efluvios primaverales donando vida en el corazón de la gente.

Imaginé aquellas partículas rosadas viajando a lo largo del arroyo Cheonggye.

—Esa versión también es menos fatalista.

—¿Verdad?

—Lo que trataba de decir es que en México no estamos acostumbrados a ello, preferimos pensar que algo tiene la capacidad de durar por cuanto sea posible, considerando esa posibilidad como algo a largo plazo o bien eterno —apreté su mano con cariño y ella entrelazó sus dedos con los míos—. Al mirar este árbol, que camina entre ambas interpretaciones, una por su naturaleza, otra por su asumida voluntad, un extraño sentimiento me invade. ¿Preferir la certeza de una finalidad con retorno?

—O apostar a que durará por siempre y quizá no sea así —completó Dami.

Aguardamos en silencio por un largo rato, era un planteamiento bastante complicado.

Un señor con un carrito de elotes pasó por el parquecito. Pude ver cómo le brillaron los ojos y me pidió que compráramos unos.

—Me sabe mal quitarme el cubrebocas para comer aquí —dije.

Hizo un puchero y contestó: —Pero si no hay nadie más, sólo estamos tú y yo. ¿Quién podría contagiarnos?

Me rasqué la barbilla, el señor de los elotes nos inspeccionaba en la distancia, probablemente deseando que Dami ganara la discusión.

—¿Y si el elote está contaminado? —dije en voz baja.

—Es comida caliente, sólo la comida fría es riesgosa.

Suspiré hondo. —De acuerdo, además es probable que él no venda mucho ahora.

—Se pondría muy contento.

Pedimos un par de elotes con todo. El de ella con chile “del que pica” y el mío con “el que no”.

Esperamos hasta que el elotero se fuera y, a regañadientes, me quité el cubrebocas. Di una mordida a mi elote y Dami me sonrió con mucha calidez.

—Qué bonito bigote —dijo y, acto seguido, lamió mi mostacho de mayonesa sin dejar rastro.

Me sonrojé por el asunto de las muestras de afecto en público en su cultura. Pero estábamos en México.

—Te quiero, Dami.

Supuse iba a reciprocar mi cariño, pero un pétalo de jacaranda aterrizó entre sus labios cuando iba a empezar a hablar empujando sus palabras hacia el interior de su pecho.

Arqueó una ceja y se sacó el pétalo de la boca; lo puso frente a su rostro, era un pétalo tan grande que por un momento no vi su ojo derecho.

—Vino de él —dijo con un hilo de voz y señaló a la jacaranda rebelde.

—Has servido bien tu tiempo, querido amigo —dije exagerando un poco la solemnidad que de por sí sentía.

Dami esbozó una sonrisa… pero esta vez no llegó hasta sus ojos.

—No te preocupes —dije—, la primavera siempre vuelve.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

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