El caballero en el espejo III, No son más que asesinos por Alejandro Villaverde Viayra

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Imagen tomada de Pinteres

Arthur y el otro caballero emprendieron una carrera frenética para reunirse con el resto; si es que su energía daba para tanto, ya que estaban ignorando completamente los tiempos, solo intentaban avanzar tan rápido podían.

La última vez que había saltado al rescate de Astrid fue en una ocasión que habían molestado a algunos ladrones en la ciudad. Ella había insistido que era peligroso y él no la escuchó, involucrándose para frustrar los planes de los malechores porque era lo que debía de hacerse, metiendo a ambos en una situación que estaba por encima de sus capacidades. Cuando Astrid no fue a clases ese día, se preocupó. Tan culpable se sentía que cargó directo a la casa que usaban como guarida (ubicación que ella había descubierto) con la intención de rescatarla o de caer luchando.

Claro, aunque tuviera mejor manejo de la espada, un solo niño no era capaz de derrotar a más de cuatro hombres adultos en combate y, si salió vivo de esa, fue sólo gracias a que decidieron jugar con él; golpearlo y patearlo en lugar de acabar con su sufrimiento.

Entonces, cuando estaba por rendirse, Astrid salió de una de las cajas de mercancía robada y apuntó con su foco a un costal de semillas. El costal estalló en una maraña de raíces, tallos y hojas que arrojó a los ladrones contra las paredes y deformó los muros de la casa.

Sin embargo, el estallido únicamente incapacitó la incapacitó porque parecía haber ocupado toda su energía en ese único hechizo para salvarlo. Como último acto, le deslizó una pequeña bolsa con hierbas trituradas al interior.

—Mastícalas, te darán energía y te quitarán el dolor.

Las recogi. Los ladrones estaban terminando de cortar las raíces así que se echó la bolsa completa a la boca y la masticó. Eran terriblemente amargas, pero sintió como todo su cuerpo se llenaba de energía; tanto, que el resto es un recuerdo borroso, pero al final lograron salir vivos y derrotar a los ladrones. Fueron reprimidos por el alboroto y cuando cuestionaron por qué la guardia no había hecho nada para detenerlos, los regañaron con mayor dureza todavía.

***

En el camino se encontraron con más de una docena de huellas diferentes, todas iban en la misma dirección que ellos, sin duda de camino a emboscar al pelotón.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué no vieron nada nuestros rastreadores?

—Primero estaban ocultando su rastro perfectamente, pero ahora nos creen derrotados así que dejaron de lado la discreción —intuyó Arthur—. Piensan que nos rompieron.

—Me sorprende que corrieras por los demás y no por tu amiga.

—Si alguien tiene ventaja en este bosque, es ella —respondió, decretando la verdad con sus palabras—. Lo sabían, por eso necesitaban tomarla por sorpresa. ¿Tú no sabrás porqué traicionaron a la orden o a quién molestaron para que todo esto pasara?

Antes de que pudiera recibir respuesta, se encontraron con pisadas que venían en dirección opuesta y, luego, todas en la misma dirección para saliendo del camino; era donde se habían separado.

Ahora era una trampa muy obvia. Un rastro que no habían visto los rastreadores cuando buscaban a personas que se ocultaban tan bien como fantasmas. Habían subestimado al enemigo y pagado el precio.

—¿Quién pasó primero? —preguntó Arthur.

—¡Los rastreadores pasaron después, podremos emboscarlos!

—Si es que están de nuestro lado.

La primera explicación podía ser que el rastro que habían encontrado a medio camino fue plantado después de que ellos pasaran con el fin de separarlos. La otra explicación, una más mezquina y acorde con el frio norte, era que los mismos rastreadores lo habían plantado.

Sin decir nada, doblaron para seguir el rastro.

—¿Crees que solo en la retaguardia hubiera traidores?

Era poco probable. ¿Por qué un veterano ahora se apoyaba en él? ¿Tanto lo había sacudido?

—¿Por qué los caballeros de la rosa son un objetivo? —Arthur repitió la pregunta.

—¿Será que protegemos el orden?

Los interrumpió el sonido de la batalla, estaban por llegar a dónde se encontraban los demás; la cantidad de árboles también disminuía, se acercaban a un claro.

Se detuvieron a unos metros. El combate seguía en su máxima expresión y los rastreadores de la vanguardia no se veían por ninguna parte.

El problema era saber distinguir amigo de enemigo cuando los caballeros que estaban enfrentados unos a otros portando el mismo blasón. También había muchos que llevaban pedazos de distintas armaduras si no es que solamente su ropa, bandidos probablemente, aquellos con los que los traidores se habían aliado.

No, sus movimientos eran torpes y mal coordinados. Si no fuera porque superaban ampliamente en número a los caballeros, ya los habrían masacrado.

Arthur los señaló e indicó al otro caballero que rodearían el conflicto principal y atacarían primero a los desconocidos.

Mientras rodeaban, un caballero amagó a su contrincante y avanzó propinando un espadazo letal en la espalda de otro. Aunque quería creer que ese tipo de tácticas solo las realizaría un traidor, era incierto, y solo hizo a cada uno más consciente de su propia retaguardia, empujándolos a luchar de forma más conservadora.

Sintió algo más duro que la nieve y la tierra bajo su bota, estaba sobre una especie de plaza parcialmente oculta. No había ninguna fortificación visible, pero la piedra estaba tallada; eran probablemente ruinas antiguas. ¿Por qué el combate había llegado hasta ahí?

El otro caballero lo miró fijamente cuando llegaron al otro lado, Arthur asintió y se internaron al combate para retirar presión a los otros caballeros que combatían. Realmente solo tenían los números a su favor. ¿A que grado de desesperación habían llegado como para usar hombres sin experiencia para atacar una orden? Un movimiento realmente tonto si lo que querían era someterlos.

Arthur desarmó a uno y éste retrocedió, primero sorprendido, pero luego se mostró confiado. Otro caballero se movió para rematarlo, sin embargo, apenas se acercó se escucho el sonido de un cahpuzón y fue tragado por la nieve.

Por si fuera poco también había un lago. Eso explicaba las armaduras ligeras.

Arthur amagó con ir también por el remate, pero giró sobre sus pies y tacleó agachado al otro atacante golpeándolo en el estómago antes levantarse; con su hombro impactó la nariz de su oponente dejándolo tan aturdido que la siguiente patada lo derribó.

Luego de eso se tiró de panza sobre el hielo confiando en que su armadura no sería tan pesada y cogió al otro caballero intentando sacarlo de abajo del agua con todas sus fuerzas. El agua quemaba como si fuera fuego, el otro hombre era mucho más pesado y la armadura se resbalaba de entre sus dedos. De pronto dejó de sentirla, maldijo y se giró.

El sargento estaba cubriéndole la espalda, había confiado que estar en la periferia del combate lo hiciera pasar desapercibido, pero la oportunidad de matar a un caballero había sido demasiado jugosa y en su lugar habían ido todos a por él.

—Tu armadura te protege, pero no te hace invencible, ahora tus manos son inútiles —regañó el sargento—. Si sales de esta, recuerda asegurarte de que puedes protegerte tú mismo antes de intentar hacerlo por otros.

—Mis manos están bien —respondió, empuñando de nuevo su espada para asistir al sargento. Al menos ahora había confirmado a otro leal.

¿Leal a qué?

Eventualmente terminaron con los externos, los duelos de los caballeros habían concluido también. Sea que hubiesen ganado los leales o que los traidores disimulaban al verse superados, ya no hubo ningún conflicto, mas nadie se atrevió a soltar su espada.

Todos escaneaban las caras de sus posibles oponentes buscando en sus rostros algún indicio de que no tendrían que pelear contra el otro. Arthur solo era un observador, el no conocerlos le permitía desconfiar de todos por igual sin que sus emociones se interpusieran, sin embargo, simpatizaba con la angustia de los demás.

Al no poder descubrir las intenciones de los vivos, pasaron a intentar ver si los muertos revelaban algo más en sus últimos momentos.

—¡Hermano! —un grito desgarrador rompió el silencio; uno de los caballeros avanzó caminando a otro que no se parecía en nada a él. No eran hermanos de sangre, sino por decisión y eso solo empeoraba las cosas.

¿Lloraría si perdiera a alguno de sus hermanos? No estaba tan seguro. En cambio, por Astrid…

No, ella estaba bien, tenía que creerlo y confiar, no era momento para derrumbarse.

Otro grito, uno de dolor. Del cadáver al que se había acercado el caballero salieron púas de sangre congelada que lo atravesaron letalmente. No había sido una muerte instantánea, pero no tardaría en desangrarse si no recibía atención.

—¡Brujo! —gritó el sargento y la mayoría intentó alejarse lo más posible de los cadáveres.

Los que mantuvieron su terreno era porque sabían que no serían atacados; eran los traidores, algo obvio para cualquiera.

—¿Por qué? —preguntó el sargento—. La orden se los dio todo, es imposible que encontraran un mejor trato.

—Si son hombres que están dispuestos a recolectar cuota de protección, de quedarse con lo mejor de un pueblo que sufre, son hombres que solo ven por su propio pellejo, ¿no cree?

Sin hacer ruido, el brujo se acercó desde el lado opuesto de la plaza. Una armadura ligera lo cubría completamente, la forma en que había sido fabricada recordaba más bien al exosqueleto de un insecto; incluso el casco parecía tener tres pares de ojos.

Iba escoltado por militares mejor armados; en la forma en que marchaban se distinguía que serían rivales mucho más complicados, si es que el brujo no los aniquilaba a todos con un movimiento de su muñeca. Caminaban con paso tan ligero que sus pies no se hundían en la nieve, por eso no había huellas.

—Entonces los pobladores nunca desaparecieron y son las personas que acabamos de asesinar, ¿sí? Dominaban con mano de hierro el pueblo y un día los abusos fueron demasiados —Arthur se giró, tenía su espada preparada, pero no quería parecer agresivo todavía—. La orden de la rosa está pagando sus propios errores, ¿no es así?

—Un rostro desconocido. ¿Acaso estás negociando tu propia salvación como esos traidores?

Arthur negó con la cabeza.

—Solo intento comprender.

—¿Y eres tan indolente con tus compañeros?

—Lo mismo digo. Si tenías hombres, ¿por qué enviar gente sin entrenamiento a morir?

Un pueblerino interrumpió la discusión, llegó jadeando, tropezándose con sus propios pies. Corrió en dirección al brujo.

—¿Dónde está la bruja? —le preguntó el brujo.

—La perdimos, pero logramos herirla; morirá congelada.

—También te hirió.

La sangre que manaba del brazo del pueblerino se endureció. Fue reventando la piel conforme avanzaba la congelación y el dolor lo hizo doblarse, mientras sujetaba su brazo, pero al hacerlo solo se cubrió más de sangre y cedió más control al brujo.

La magia no debía afectar a humanos directamente, había algo raro en la que ese brujo usaba, ¿su armadura lo protegería también de eso?

—Criminales y traidores también, no muy diferentes que los de tu orden; me hicieron un favor al acabar con ellos.

—¿Les prometiste salvación y los enviaste a su muerte? —el control sobre sus emociones estaba llegando a su límite; empuñó su espada y se preparó.

—¿No es lo mismo que prometió la orden? Protección, cuando en realidad conformaron una mafia que vivió del pueblo como parásitos —criticó el brujo.

—¿Y cómo llevas eso a organizar una masacre del propio pueblo que pretendes defender?  Me parece absurdo pensar que solo es un retorcido sentido de justicia —Arthur avanzó, todos los militares del lado del brujo se prepararon para combatir.

—Eran irredimibles, al igual que ustedes —sentenció.

—¿Quién eres tú para decidirlo?

El sargento avanzó hacia Arthur y le susurró:

—Ni admitiendo de vuelta a los traidores podremos con ellos, tenemos que reagruparnos, no hagas tonterías.

—¡¿Crees que nos dejará ir?! Le damos la espalda y estamos muertos, deberías entenderlo bien ya que fue la forma en la que te condujiste la que nos dejó en esta situación —le gritó Arthur de vuelta, le daba igual si el enemigo lo escuchaba, era algo evidente.

—A menos que hayas sido un tonto que se unió creyendo que los caballeros eran como en los cuentos de hadas. No entiendo porqué te frustra tanto —cuestionó el brujo—. No son más que asesinos que deben ser purgados. Al elegir servir a la espada, elegiste la muerte.

Blog de Alejandro Villaverde: Querido fantasma.

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