El caballero en el espejo IV, Víctimas de las ideas por Alejandro Villaverde Viayra

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Imagen tomada de Pinterest

Silencio. Pasos que aceleran cada vez más. El tintinear de las armaduras.

Los caballeros de la rosa no avanzaban, esperaban en sus posiciones a que la ola de guerreros enemigos chocara con ellos, controlando el temblor de sus piernas, forzándose a respirar a través del nudo en su garganta.

Arthur preparó su espada, estaba más cerca que ninguno de la ola. Al impacto, rechazó el primer golpe y el siguiente, bailando entre las espadas mientras avanzaba contracorriente.

Si no detenía al brujo, muchos más morirían; solo debía confiar en que los caballeros pudieran contener a los otros guerreros. No, ni si quiera debían contenerlos. Le habían hecho tanto mal a esas tierras que probablemente ya tendrían un objetivo en la espalda.

Cuando los hombres temen a una muerte certera, luchan con el doble de fiereza, como animales acorralados. Muy útil en una batalla dónde te doblaban en número, pero no en una en la que había que luchar con táctica.

Al igual que los animales, incapaces de comprender las trampas que los humanos empleaban para cazarlos, los hombres envueltos en pánico eran incapaces de protegerse de la magia a pesar de ya haberla visto funcionar una y otra vez.

No podías sangrar, no podías hacer sangrar a tu oponente. La única esperanza era que unos cayeran fatigados antes que otros. Animales, humanos y brujos. Cada uno a leguas del siguiente en la cadena, un solo brujo podía dictar guerras enteras y era por eso que su armadura existía.

El arma de uno de los caballeros probó la sangre, el brujo alzó la mano y, aunque Arthur corrió a encontrarlo, el arma estalló en una gran cantidad de esquirlas de hielo que hirieron a aliados y a enemigos por igual.

Cuando se acortó la distancia entre ellos, el brujo desenfundó la daga que llevaba atada en el cinto y Arthur desplantó hacia un lado esperando una estocada. Sin embargo, llevó la daga a su propio brazo y en un movimiento limpio cortó una de sus venas a la par que salpicaba algo de su sangre sobre el peto de Arthur. La sangre se cristalizó y se expandió. La fuerza que hubiera atravesado cualquier otra armadura solo lo arrojó de espaldas, el delgado hielo que estaba a sus pies se cuarteó.

Cada vez que su estupidez lo conducía hacia a la muerte, la armadura se encargaba de mantenerlo vivo y avergonzado.

No, no pretendía morir ahí. Ahora sabía que no podía acercarse sin un plan, pero, ¿qué necesitaba hacer? En primer lugar, llevarlo a otro sitio dónde no pudiera matar a más gente.

Arthur se levantó, amagando que cargaría hacia el frente y rodeando. Con un movimiento practicado, el brujo arrojó otro poco de sangre en su dirección, pero falló.

No, incluso si fallaba las esquirlas de sangre eran peligrosas. Apenas pudo evadir las púas que se extendieron a su costado, protegió con su guantelete su cara y se alejó rodando.

¿Qué sabía de los brujos? ¿Tenían alguna debilidad?

—Serías un buen brujo —Astrid le confesó una de las muchas tardes que pasaron juntos—, probablemente serías mejor que yo.

 —¡No digas tonterías! —le respondió. Ella siempre estaba dudando de su propia capacidad ya que estaba rodeada por dos personas excepcionales, pero él sabía lo mucho que esas dudas pesaban a la larga.

—La magia se trata de ser uno mismo, ser libre y hacer lo que uno piensa que es correcto —explicó—, hacer que la realidad sea como tú quieras.

—Y tú encajas perfectamente con esa descripción, me sigues y me ayudas porque quieres —Arthur se cruzó de brazos—, todas las decisiones las tomas bajo tu propia lógica a diferencia de mí que solo actúo para que ser el elegido tenga algún sentido.

Se quedaron unos momentos en silencio, ninguno sabía qué decir.

—Y si me hiciera brujo, ¿podría obligar a la realidad a ser justa? —sabía que era imposible o de otra forma el mundo sería un mejor lugar.

—No, porque no eres el único que está pensando la realidad. Un brujo no puede afectar a otra consciencia. Y si así lo hiciera es porque ese otro ser se ha abandonado o ya no considera como suyo lo que sea que el brujo está manipulando.

Arthur se quedó pensativo y luego respondió:

—Muy bien, entonces si te has abandonado haré un hechizo y te pensaré como alguien capaz.

—Solo tú puedes decir algo tan ridículo con la cara tan seria —Astrid suspiró.

—Dijiste que yo hacía lo que era correcto con mi libertad, ¿mentías? Siempre que esté junto a ti, sabrás que estás bajo mi hechizo —concluyó.

—¿Y? Si me vuelvo bruja tendré que irme lejos, aunque me embrujaras no podrías estar siempre ahí.

—Pero entonces te habría cambiado, nunca volverías a ser la misma

Qué sencilla era la forma en que veía el mundo cuando era joven. Ahora se arrepentía de tomárselo todo con tanta simpleza y no aprender más de los brujos.

¿Por qué una y otra vez sus pensamientos volvían a ella? Necesitaba concentrarse en el combate.

Debía haber un límite en la sangre que podía emplear, solo debía presionar un poco más. El brujo comenzó a atacar con mayor lentitud.

Dio un paso al frente, deslizándose por debajo de las esquirlas; había logrado acercarse lo suficiente como para pasar a la ofensiva. No estaba bien equilibrado, pero no podía permitir que el brujo se repusiera, todo dependía del tajo horizontal que iba a dar.

El brujo desenfundó de su herida una espada y desvió el ataque haciéndolo tropezar hacia un lado.

—¿Creíste que no sabría ni lo más básico de combate? Hasta un novato podría haber evitado eso —se burló, extendiendo su sangre por el suelo. Levantó los cristales y de un golpe en el estomago elevó a Arthur.

La armadura lo protegió de nuevo, pero el golpe le sacó el aire e hizo que su vista se nublara. Su caída rompió el hielo y tuvo que sostenerse con todas sus fuerzas para no hundirse por completo en el agua helada.

—Pensé que sería un buen combate, pero resultó ser una masacre.

Arthur manoteó intentando subir, pero el hielo era resbaloso, no tenía dónde apoyarse y el brujo se acercaba cada vez más sosteniendo su espada como el hacha de un verdugo.

No, no podía morir ahí. No debía morir ahí.

De pronto, sintió que sus pies encontraban apoyo como si las plantas que aún vivían bajo el agua estuvieran empujándolo para que saliera.

—Para ser un brujo, te falta imaginación — lo provocó— ¿violencia con violencia?

—Ninguna palabra te salvará del golpe de gracia.

—La mayoría de las personas por las que luchas están muertas, tú mismo los enviaste a su muerte; si matas también a los caballeros, ¿quién responderá por todas esas vidas?

Dejó de sujetarse con una de sus manos y buscó su espada en la profundidad del agua. Una calidez como la de la primavera lo envolvió, o al menos así sintió el frío abrazo del líquido. La armadura estaba conteniendo los peores efectos del hielo, pero incluso eso tenía un límite.

No, no era el calor de la hipotermia, era algo distinto. Era la persona detrás de las plantas, esa que estuvo llamándolo desde detrás del telón todo el tiempo.

—Una vez que me haga con el poder, todo mejorará para todos.

—Entonces no me contendré.

Arthur se sumergió evitando así el ataque del brujo, el impacto cuarteó todavía más el hielo. Fue muy interesante ver que la sangre que había tocado el agua se había disuelto de nuevo.

Mientras estaba sumergido recogió su espada.

—¡La bruja está allá! —gritó uno de los soldados.

Era ella, no había tiempo que perder. Se dejó impulsar por las algas saliendo de vuelta por el hueco en el hielo. Alzando la espada por encima de sus hombros, golpeó al primer soldado que parecía estar rompiendo filas para buscar a Astrid.

El soldado muerto creció en una gran masa de picos helados, pero Arthur no se dejó intimidar; pegó su cuerpo al suelo y golpeó el hielo con su espada para que el cadáver se hundiera también.

El brujo dirigió su mirada hacia la derecha, Arthur hizo lo mismo. A lo lejos estaba Astrid sosteniendo su costado ensangrentado con una mano y su foco con otro.

—¡Cuidado! ¡Controla la sangre! —gritó Arthur corriendo hacia el brujo, atacándolo a destajo—. ¡Tú estás peleando conmigo!

El brujo desviaba cada golpe con su espada, pero iba retrocediendo. No había causado congelación en Astrid y eso ya era una victoria en sí misma, además de cada golpe sacaba astillas de la espada de sangre; pronto se rompería.

Siguió presionando con ataques predecibles, pero frenéticos. Se había olvidado de toda su disciplina castrense; usaba su espada como si fuera una maza.

Cuando la espada por fin se rompió, todos los fragmentos quedaron suspendidos en el aire como flechas esperando a ser lanzadas. El brujo estaba por hacer el movimiento, entonces las algas surgieron del piso y amarraron sus piernas.

Ante la sorpresa, el brujo las dirigió hacia un costado extendiendo su brazo derecho y las algas cedieron.

—¡No! —Arthur reaccionó cortando el brazo extendido con un tajo vertical.

Grave error, extendió la sangre a lo largo de todo el miembro cercenado.

En fracción de segundos cambió su espada a la mano derecha y saltó hacia el frente. Podía sentir la congelación, sería demasiada para la armadura, pero no importaba, solo necesitaba eliminar al brujo y por lo menos algunos se salvarían.

La sangre no estaba distribuida en su centro de masa, el empujón del hielo al formarse arrojó como un pistón su brazo hacia atrás, sus huesos crujieron, pero él perseveró.

Incluso cuando su hombro tronó. Incluso cuando el cristal comenzó a clavársele a lo largo de su brazo penetrando la armadura.

Su estocada encontró la cabeza de su oponente y concluyó el combate.

La plaza de piedra sobre la que combatían tronó con violencia y un alarido que helaba la sangre más que cualquier frío ensordeció los oídos de todos los presentes.

Arthur perdió el equilibrio y se fue de frente. La sensación de victoria había causado que las heridas y el cansancio lo alcanzaran antes de tiempo, sentía que la nieve lo ahogaría y le costaba mantenerse despierto. No podía usar su brazo izquierdo, así que intentó arrastrarse con el derecho en dirección a Astrid; quería asegurarse de que todavía vivía, pero perdió el conocimiento antes de lograrlo.

Estuvo varios días inconsciente.

Lo que pasó después, solo lo supo por pláticas posteriores. Aparentemente Astrid se había adelantado al grupo de brujas que apoyarían los hechos, Milicent había presentido que algo estaba muy mal y había decidido traer refuerzos. Las brujas los rescataron, curaron y mantuvieron el orden en el pueblo mientras ellos se recuperaban.

—¿Astrid está bien? —preguntó preocupado.

La bruja que lo estaba tratando asintió.

—Es un milagro que estés vivo. Soy Mili, por cierto.

—Otra vez me protegió la armadura —admitió avergonzado.

—Yo no estaría tan segura —lavó sus manos en un cuenco y comenzó a vendar el brazo de Arthur—, la armadura no habría sido suficiente ahí.

 —Y Astrid, definitivamente es gracias a ella que las cosas acabaron bien, pero ¿qué sucedió exactamente? —Apretó los labios para no gritar, vaya que le dolía.

—La convicción del brujo lo deshumanizó dándole poder sobre sus víctimas, gracias a que tu identidad está tan vinculada a tu niñez con Astrid es que lograste hacer que ella también pudiera influenciar la burbuja de realidad en la que los metió —explicó Mili.

Sintió  que se sonrojaba, escuchar a otra persona ponerlo de esa manera era algo incómodo. Aunque Astrid era una persona muy importante para él, prefería que eso se quedara adentro de su cabeza.

—Es muy fácil perderse en los giros que da la vida, por eso es tan importante no hallarse sólo, porque solo en el espejo de los ojos de otros es que podemos encontrar nuestro camino de vuelta a ser nosotros mismos —soltó mientras terminaba de ajustar la venda—. No es motivo de vergüenza ser el símbolo de caballerosidad, aunque me pregunto que podrás hacer para restaurar ese honor mancillado por las acciones de otros.

Arthur sintió como su corazón daba un vuelco.

—Lo primero sería investigar lo que les quitaron y devolverlo, pero jamás podré pagar las vidas que se perdieron.

—Si hubieras entregado tu vida como querían, no habría nadie para derrotar al brujo, ¿no crees? Es verdad que cargarás con lo que hiciste hasta el día de tu muerte como consecuencia de que no pudiste encontrar otra respuesta, pero queda en ti elegir si pasas toda tu vida expiando esa deuda que sabes que no cumplirás o si vives para el futuro, intentando crear un mundo en el que no debas tomar ese tipo de decisiones.

—En realidad estaba pensando en abandonar a los caballeros de la rosa una vez acabase todo —admitió con tristeza—. No siento que esta clase de vida sea para mí, aunque es lo único que sé hacer.

Mili se encogió de hombros.

—Uno no sabe nada más que ser uno mismo.

Entonces terminó de curarlo y se fue. Pasaron unos días más antes de poder levantarse de la cama. Cuando lo logró, Astrid ya no estaba.

Preguntó por ella y le dijeron que acababa de marcharse. Entonces, a pesar del dolor, salió corriendo del hospital; fue preguntando de casa en casa en una búsqueda frenética.

Sin la armadura ni nada que lo identificara como caballero de la rosa, la gente lo trataba con amabilidad, le indicaba la ruta que el grupo de brujas había seguido e incluso la ruta por dónde podría alcanzarlas. Desgraciadamente, tampoco la encontró ahí.

Todas estaban alistándose para salir en carretas. Buscó a Mili con la mirada, estaba acariciando a los caballos mientras sostenía una muñeca de porcelana en una mano, le hablaba como si fuera humana.

—No puedes juzgarla tan duro, después de lo ocurrido cualquiera querría estar sola un tiempo —le dijo a la muñeca.

Arthur suspiró y dio media vuelta.

Llegó cubierto de sudor a las escaleras que salían del pueblo en dirección su; tuvo que detenerse a tomar aire antes de bajarlas, pero descubrió que no era necesario.

Astrid estaba a la mitad de las escaleras, llevaba sus cosas en una gran mochila que cargaba en su espalda. No parecía herida, o por lo menos no tanto como él.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

No sabía si había imaginado diferente la reunión, pero su voz sonaba desinteresada y apática. Sonaba como casi siempre en realidad, ¿por qué ahora lo hacía dudar? Bajó algunos escalones para acercarse.

—Buscándote. ¿Por qué no estás con las demás?

—No soy buena con las multitudes, lo sabes. ¿Te pidieron que me buscaras?

—No, te estaba buscando antes de encontrarlas, hay algo que quiero decirte.

—¿Vienes a renovar tu embrujo?

—No, al contrario.

Astrid no pudo disimular su sorpresa.

—Creo que no tengo lo que se necesita para ser un caballero. Resolveré esto y luego me retiraré. ¿No necesitas un guardaespaldas?

—¡¿De qué estás hablando?! —subió las escaleras hasta quedar justo frente a él— ¡Mírame a los ojos, Arthur Aubade!. ¿Qué no entendiste nada de todo lo que pasó?

La miró confundido.

—Cuando pienso en el ideal de caballerosidad, pienso en ti. Si, los caballeros resultaron no ser más que unos abusivos, pero eso significa que la forma en que lo hacían está mal. Necesitamos más locos como tú en el mundo, gente que no solo ve las cosas como son, sino también como lo que pueden llegar a ser.

—¿Gente como tú? —respondió—. Si estoy vivo es por tu intervención. No, incluso cuando éramos niños fuiste la que vio en mi algo que yo no podía ver y me cuidaste, me protegiste y me inspiraste. Creo que es por eso que no pude decirte adiós en ese entonces. Incluso ahora, no quiero despedirme de ti.

—Está bien, no nos despediremos entonces —dio media vuelta—. Nos vemos luego, cuando vuelvas a pasar por Kreuskatz.

—¿A Kreuskatz?

—Estarás de acuerdo conmigo de que siempre fui la más cuerda de los dos, por eso mismo es que no soy capaz de perseverar. Si actué como lo hice fue porque no estaba dispuesta a perderte, así como no estoy dispuesta a ser una constante víctima de la realidad, porque ese es el precio de ser como tú: encontrarte a cada vuelta que tus ideales no son más que ideas, enfrentarte con un mundo que jamás será como tú quieres.

—Pero…

Arthur intentó argumentar algo, pero Astrid alzó la mano para despedirse una última vez y comenzó a bajar las escaleras.

Ella había renunciado.

Blog de Alejando Villaverde: Querido fantasma.

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