El pintor pintado (‘Poe no ha muerto’, 33) by Félix Molina

Que le dijera a la señora H. que yo no quería escuchar un lamento más del loco no la amilanó. Siguió insistiendo en que era un huésped más y que su dinero también pagaba sus molestias. El loco era el desalmado que ocupaba la habitación que enfrentaba la mía, con el solo cortafuegos de un patio diminuto. Apenas entrada la madrugada, el loco comenzaba a emitir toda suerte de ruidos y estridencias, simulando animales, tránsitos, máquinas incluso. El individuo terminaba con alaridos que estremecían todos los muros de la pensión. Se hacía difícil, hasta que llegaba su agotamiento con el alba, conciliar ya no el sueño, sino la vida misma.

Para salvar esta congoja, y aun contraviniendo las normas de la casa, escribí a C., que siempre se burlaba de mi pintura –como todo pintor se burla de la obra de un colega, por muy amigo que sea—y que me debía un retrato. Así al menos, durante su ejecución, estaría acompañado unos días, acaso meses (C. era un pintor lento, lentísimo), y las vigilias del loco se hicieran más livianas. Le aseguraba que no tenía que temer por la señora H. Y que todo corría de mi parte.

En la seguridad de su visita –nunca me negó nada—pasé unas madrugadas más tranquilas. Por supuesto que la intensidad del loco en su griterío no menguaba, pero la inminencia de C. apaciguaba el miedo, al punto que me permití durante la mañana incluso acercarme a las inmediaciones de su habitación. La falsa ventana de madera tenía abierta una de sus cuadrículas y por el cristalito dejaba ver una cama vacía, un armario y una mesa por completo despejada. Nada más. Quedaba solo la sospecha de que el loco durmiese –o lo que fuera—no sobre sino bajo el catre.

Se repitieron mis visitas mañaneras, en tanto llegaba C. con su algarabía y sus botes vacíos de óleo (que luego yo me encargaba de llenar), pero siempre me encontraba con el mismo escenario, que contenía invariablemente los tres muebles en su infinita desolación y la ausencia del loco. Extrañado, llegué incluso a abordar a la señora H.

–¿Y el loco, quiero decir, el huésped vecino? Solo lo oigo por las noches, con sus gritos de siempre. ¿Dónde para durante el día?

La buena mujer despachó mis preguntas con un mohín inquietante. Y siguió a lo suyo.

Ese mismo día llegó mi amigo –y también pintor—C. Se empeñó en que le celebrase su llegada con vinos y viandas de altura en la posada que también regentaba H., con tanta desgana como la fonda. Allí me entretuve en explicarle mi extraña historia, sin hacer demasiada mella en el miedo nocturno, que me desmerecía. Fue curioso en extremo que C. no apostillara cosa alguna.

Comenzamos así nuestra artística convivencia. Durante espacios de una o dos horas yo soportaba la jocosidad de C. y posaba para mi retrato, que, con coquetería de artista, me ocultaba en todo momento. Yo me entregaba a un bodegón que me sugería, por un inopinado artificio de la mente, la habitación vacía del loco por las mañanas. Entre celebraciones en la fonda y tragos en la habitación pasaba el día hasta que la noche llegaba con nuevas imprecaciones y casi aullidos. Si C. en ese momento no había terminado sus cometidos del día con mi retrato, apenas se refería al incidente nocturno. Seguía con su trabajo hasta avanzada la madrugada, cuando, entre tragos y tambaleos, acababa dormido. Así se sucedió todo durante poco más de un mes.

La mañana que me despertó sin C. en el catre que le había improvisado en mi habitación, no dejaba de preguntarme como mi retratista –y se supone que amigo– no me había advertido de ello. Pero en esas estaba cuando un empleado de la Oficina de Correos se dirigía hacia mí y me ponía en las manos el mismo sobre que yo había preparado para C., con mi ya antigua invitación a la fonda. El hombre –bastante apurado– se quejaba, casi bufando su fastidio.

–Qué manera de esconderse. Y sin nadie que pueda atenderme… ¡No he visto fonda más vacía!

Cuando me dejó, noté que en la parte trasera del sobre, con un garabato más que con letra, otro empleado de la Oficina había anotado: ‘Habiendo fallecido hace no menos de dos meses el señor C., destinatario de estas señas, le devolvemos su envío’.

Atrapado en el terror que me generaba aquello, emprendí una estampida a no se sabía dónde, y tropecé con un marco roñoso que se interponía entre la puerta de la habitación, encadenado a la mesa que me servía de comedor. En el centro, un bastidor que fijaba el lienzo emborronado, claramente sin concluir pero con todos los indicios posibles de mi efigie. Ese era yo, entretenido en todos mis miedos posibles, dejando atrás la fonda, los chillidos inextinguibles de la locura, la imagen sucesiva e imposible de C. en los días y las noches en que me retrataba, la de la señora H. y sus pasos también borrosos ahora, justo delante de mí. Yo, mientras escapaba de ese último horror.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s