En búsqueda del tiempo perdido (segunda edición) por Diego A. Moreno

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Imagen tomada de Pinterest

 

 

Recuerdo la memoria de Johnny, Johnny Lovato. Era un chico resplandeciente por su hostilidad ante la vida, pero muy perspicaz y elocuente.

Cuando lo conocí yo era un niño de doce o trece años, en mis tiempos de bachillerato, donde, desgraciadamente, murió mi papá en una guerra que se efectuó a miles de kilómetros de mi patria americana. Yo no sé qué lo mató, sin embargo, mi madre siempre lloraba al ver en los noticieros alguna nota de un accidente aéreo, lo cual, me hizo suponer varias teorías.

Pero, de eso no hablaré ahora; estamos conversando acerca de Johnny, Johnny Lovato.

Mi mamá y yo fuimos a vivir con dos de sus hermanas cotorras, mas no era buena idea llamarlas así de frente porque, literalmente, te despellejaban a rasguños. Gatos feroces mis tías. Bueno, para no hacer más larga la historia, tuve tiempos gloriosos como otros nefastos en mis primeras semanas viviendo en Montreal, pero mi suerte cambió cuando empecé a cursar el bachillerato en la St. Anne du Hamburgue donde mis compañeros tenían pinta de “Ódiame, si quieres”. Y vaya cómo sufrí los primeros tres días…, hasta que conocí a Johnny, Johnny Lovato, que, irónicamente, a pesar de su desprecio a mis zapatos mal lustrados, le tomé gran afecto por su humor agrío y lucidez mental. Bien recuerdo la conversación en que, en medio del almuerzo, me contaba maravillosas anécdotas y describía inteligentemente las personalidades de nuestros compañeros.

—John.

—Llámame Johnny.

—Bueno, John-ny.

—¿Sí, mi querido zapatos de zoquete?

—Yo no creo que le agrade a nadie aquí.

—No te preocupes, ni a mí me agradas; pero, al no agradarme, me agradas, ¿sabes? Los demás que ves aquí, alrededor de nosotros, me agradan, y por eso me desagradan. Me divierten como si se tratara de un comedor lleno de bufones y yo soy el obeso rey que se ríe de ellos o, en caso de su incompetencia, los manda a ejecutar ahí mismo o a encarcelarlos en el peor de los calabozos de Normandía.

—¿Normandía?

-Ah, disculpa, mis lecturas me condenan. Casi todos aquí venimos de colegios de alto nivel, así que con Historia y Geografía nos las arreglamos perfectamente bien… Hasta el más cabeza de alcornoque lo hace.

—Oh…

—Así es. Oye, escuché que tu padre murió en la guerra. Mi madre también murió en la guerra, pero mi padre no. Aunque hubiera preferido lo contrario… —hizo una pequeña pausa, parecía que sus ojos se empapaban de recuerdos— Mi padre es maestro de Inglés, es muy divertido, pero por eso mismo me cansa mucho su habladuría y no me deja solo con mis lecturas. ¿No crees que sería buena idea que tu madre y mi padre se conocieran? Sé que tu madre fue costurera y mi padre necesita a alguien que le arregle sus suéteres, como también sus viejos y ajados trapos necesitan de lo mismo… No me preguntes cómo lo sé, pero, lo sé.

Yo me sentía intimidado por sus extrañas palabras y modales. Todo un superdotado para ser un niño. Me entretenía, me gustaba que fuera así, aunque también me causaba cierta confusión porque nunca sabía si todo de lo que me hablaba era sarcasmo. Bueno, en aquellos tiempos poco sabía del sarcasmo. Decir lo que literalmente no es, esa era la especialidad de Johnny, Johnny Lovato.

El día en que coincidimos intencionalmente a las afueras de un cinema, Johnny, Johnny Lovato, me pareció rarísimo, como que su piel era más pálida de lo común; no obstante, su risa y sonrisa sardónicas eran las mismas. Yo visualizo perfectamente como se quedaba dubitativo varias veces al ver el cielo o la tierra.

Y recuerdo muy bien que, de pronto, desapareció como si se tratara de un espejismo, de una ilusión mágica que, al revelarla, se desvanecía en lo más etéreo que los ojos humanos no podían precisar.

Así fue como, el que pudo haber sido mi mejor amigo de la adolescencia, o incluso de toda la vida, se fue y nunca volvió. Se lo tragó el aire.

Bueno, bueno, el lado amable de esta extraordinaria desavenencia, de la que yo nomas me acuerdo y por la cual casi me metían a un hospital de locos por mi renuencia a olvidar a Jonny, Johnny Lovato, alguien que supuestamente nunca existió, es que mi madre y su padre se dieron tanto apoyo que ni al año de la desaparición de Johnny, Johnny Lovato, tuve un nuevo hermanito y, al poco tiempo, mi madre Svenska y ese tal George se casaron. Eso sí, se olvidaron un poco de mí.

Aunque de algún extraño modo fuimos felices con el ausente recuerdo de Johnny. Jonny Lovato.

***

¿Qué?, ¿qué pasó?, ¿que qué pasó? No tengo ni puta idea. Fue como si hubiera pasado ayer y a la vez hace milenios. Todo en un mismo ciclo, remolino o… ¿Qué? Supongo que ninguna de esas mediciones son suficientemente certeras.

Me acuerdo muy bien que cuando estaba con Andreas y su madre afuera del cinema más horrendo que pudo escoger él, mi padre nos acompañaba; también que en el camino de la que era mi casa hacia el cine, él me dio una cátedra sobre En busca del tiempo perdido y algunas intratables novelas de James Joyce; así de nefasto y largo estuvo el camino, ya que, como mi padre era maestro de literatura inglesa, tenía poco dinero para comprarse un automóvil, por eso comíamos lo que alcanzaba y, de alguna manera, conseguíamos los mejores libros con las mejores ediciones de los clásicos y contemporáneos. Además, ya había leído todo lo de Proust y Joyce, nada inglés me interesaba por aquellos entonces, aun cuando en su momento me encantaron.

¿Que qué? Yo no sabía que me iba a pasar lo que me pasó, tampoco creo que nadie en mi caso lo habría entendido completamente. No, de haberlo sabido, me hubiera llevado conmigo algunos tomos sobre crítica literaria, otros de existencialismo y, por supuesto, de literatura sobre Diógenes de Sinope y Diógenes de Laercio, Aristóteles, y un romano, mi favorito, antes de Cayo Julio César, Cicerón. Ah, Maquiavelo, sí, Maquiavelo también. Y a mi gato que era tan huraño como yo, por eso me desagradaba y, por lo tanto, me agrada como nadie más.

Maldita sea.

Y con lo que iba, es que ese día fue igual de nefasto que un funeral en la Luna. No, no odio a mi padre; si no fuera por él, no odiaría tanto la sabiduría humana. Y sí, ese día me levanté con una fiebre atroz, pero, como dice un infame proverbio: “Al mal tiempo, buena cara”, así que, ¡demonios, quería que mi papá dejara su soledad!; me hostigaba con sus interminables cátedras, su insufrible memoria para los salmos… pero también lo amaba a mi modo y quería que fuera feliz. Sin embargo, desde un principio, Andreas y yo tuvimos exito con la concordada cita a ciegas.

Solamente que… Tenía hartas ganas de morirme, de desaparecer. Algo en mí me daba agruras y hacía que mis dedos temblaran más que los de una anciana con Parkinson. Pero todavía no había comenzado lo peor: cuando dimos unas cuantas vueltas por un parque cercano, antes de que abrieran el mierda cine al que se suponía que íbamos a entrar, mientras nuestros padres se enamoraban como bobos adolescentes, yo me moría por dentro y alucinaba que era un embrión, un ciervo, un cuervo, un padre, un padre de familia y un anciano decrépito en su última exhalación rectal.

—Imagina, Svenska, ¿te puedo llamar así? Bien, bien, Svenska… Imagina que algún día el humano ponga un pie en un planeta exterior… ¿Cuál sería el primero, o, el que tú preferirías?

Yo a eso contesté de manera inmediata con un diálogo que me salió del alma, literalmente.

—A la Luna, naturalmente.

Todos me vieron como si fuera un loco entrometido, de esos que rondan en los kioscos pidiendo limosna o refunfuñando una idea ininteligible. No era la primera vez en mi vida que me pasaba eso, en el colegio era de lo más común, más en la clase de Filosofía o Historia, o incluso, Literatura; mi favorita.

—John, ¿cómo sabes eso? Me parece poco creativo ir a lo equivalente de una mancha en el espacio —preguntó la mamá de Andreas.

—Fácil, es el astro más cercano y práctico para descender, y la NASA piensa lo mismo.

—¿NAS– qué?

—NASA, padre. Es obvio que aterrizaron en la Luna, pero también es evidente que el vídeo que presentaron es un fraude porque, ¿cómo puede haber una Luna a lo lejos de la Luna? Ya con una es suficiente aquí en la Tierra y, pues, en efecto nomas hay una. Luego no entiendo cómo demonios la bandera estadounidense que incrustaron en la superficie de la Luna ondeaba, siendo que, obvio también, no es la misma gravedad allá que en la Tierra, y mucho menos hay aire. O tal vez me he equivoca…

Nadie respondió, nadie siguió hablando. Yo tampoco quise seguir haciéndolo, pero mi mente era lo más ruidoso que podía experimentar, era como si un perico no parara de parlar, revoloteando sus alas, desplumándose, ensanchando sus carnes de pollo rancio, contaminando todo con su polvo y chirridos.

Oh, ya me acordé, el humano todavía no había pisado en la Luna en aquellos momentos.

***

Desperté y me encontraba solo. Pestañeaba y pestañeaba esperando volverme a despertar. Por un momento volví a sentirme ese mocoso de doce años que todavía quería la teta putrefacta de su madre. Estaba en el parque llorando y no llorando, viendo hacia el este y al oeste, al norte y sur, y demás orientaciones que de solamente imaginarlas me mareaban

Sí, sí, todo pasó al mismo tiempo, aunque no me lo crean. O sí, puede que sí me crean, hasta incluso me entiendan. Fue extraordinario, mas no sublime. Maldición. Era como si me dividiera en miles. “Yo”, John F. Lovato; millares de Lovatos para el mundo entero, un mundo excepcionalmente genial que también lo conviete automáticamente en despiadado y asqueroso. Uno o dos son suficientes. Sentí que un vómito, al parecer mío, flotaba en el aire, y que en el suelo un remolino del mismo color vomitivo se tragaba todo lo que encontraba a su alrededor.

Ahí fue cuando cerré mis ojos.

Y gracias a la Gran Puta todo terminó; al menos por un momento.

¿Qué es un momento? Un momento… Maldición, no me lo vuelvo a preguntar.

Me mantengo así, quedito, según mi pensar. Lo tengo eternamente presente. Abro los ojos y lo que veo es un John degradado, viejo, en una mecedora, como si se tratara de la cuna de su muerte; dirijo mi mirada hacia atrás, o lo que puedo denominar mi parte trasera en ese momento, y estoy en los brazos de una hermosa mujer, pero no recuerdo si mi mamá es en realidad así como la miro. Luego veo a dos Johns, uno casándose y otro suicidándose.

Yo nomas grito desde mis adentros hacia afuera:

—¡Qué putas parábolas estoy viviendo!

Y me fusiono con mi dolor, un dolor que nunca creí dejar salir y agasajarme tan terriblemente fuerte; y que caigo inválido, sólo veo espacio y estrellas y otras mierdas cósmicas que tanto odié que escribieran ciertos literatos sumidos en las drogas o en el mero ocio de no haber estudiado matemáticas.

***

Una voz me despertó, sí, me volví a despertar; era una voz suave, pausada y con un leve acento extranjero.

—Despierta, muchacho, despierta.

La voz me dijo.

No hubo tiempo —¿tiempo?— para responderle “vete a comer mierda asada, zoquete”.

—Ah, ya habías despertado. Es difícil acostumbrarse a la religión de estos lares.

Ahí fue cuando lo vi por primera vez: alto, menudo, bigote feliz y un peinado que en mi vida me haría ni por más grasa que tuviera. Aunque, para ser sincero, me parecía muy amigable, y es que, como ya algo en mi había cambiado, no podía expresarme como aquel superdotado John misántropo, sino yo, ya era, pues, ah, otro.

—¿Cómo te llamas…? Oh, perdón, John, ¿Lovato? Sí, sí, no sé por qué me falla la memoria en estos momentos. La memoria, aparato de lo más voluble, ¿verdad? Y el más selectivo; pero he llegado a dominarla, y vaya que muy bien. En realidad es muy fácil, solamente no hay que distraerse con otras nimiedades.

—¿Tú quién eres?

—Vaya, vaya, qué poca cortesía… No importa, me gusta la cortesía aunque ésta no es necesaria.

No digo nada.

—Sé que usted, muchachito, se encuentra confundido, tal vez mareado, pero yo responderé a sus preguntas más básicas sobre este, ehm, lugar, aunque no es preciso llamarlo como tal. Por cierto, llámame Niko. Puedes llamarme Niko. Mucho gusto.

—Gusto.

So, dígame, ¿tiene alguna pregunta? Claro que ha de tener una infinidad; un muchacho como usted las tendría, más por su brillo y curiosidad naturales; y no crea que la curiosidad mató al gato, lo que mató al gato fue el veneno de una condenada vecina amargada o las llantas de un automóvil; pero prosigamos, ¿alguna pregunta?

—Yo…

Pensé en libros. Sentí vacío. Y sentí plenitud.

—Yo… ¿Dónde estamos?

—Pregunta de lo más… compleja, pero aun así muy importante para un primerizo, pero sigue siendo la más complicada de responder, más que la de “¿Por qué existimos?”, que es muy trillada y aquí esa se contesta más que darnos los buenos días. Dónde estamos. Estamos en un tiempo-espacio de lo más relativo, si es que me puedes entender de esta manera; o digamos, ahora existimos… en una, válgame las redundancias que cometo, existencia más laxa, estamos en alguna zona muy parecida a un limbo, a un ni por aquí ni por allá, a un tanto aquí como tanto acá. Eso sí, puede ser, en ocaciones, de suma importancia el decidir. Tú decides qué y ahí está ese qué. Aunque a veces ese qué no resulta como se desea. Pero, vaya, vaya, para qué te aturdo más, es cosa que se aprende poco a poco, con suficiente práctica y experiencia. ¡Aúlla! ¡Escarba! ¡Descubre el fuego!, como si volviéramos a nuestros orígenes primitivos.

Me quedé atónito. Entendía lo que no entendía.

—Usted me dice que estamos fuera del mundo en el que solíamos vivir y a la vez muy dentro de él…

—¡Oh! Muy posiblemente, un planteamiento muy interesante, mi ya querido retoño. Y yo seré tu mentor, ¿qué tal? Es mi segunda vez; la primera con aquel pelos parados fue interesante, aunque discutimos por… ¿años? ¿Décadas? Qué va, de todas maneras fue espléndido. Recuerdo que en alguna oacación tiró los dados y de ahí surgió un destino. Maravillosa criatura cuántica.

—Y… ¿Cómo le puedo llamara a…? ¿Cómo le llamo a este lugar?

—Buena pregunta. Puedes llamarle… a ver. Dada su confusa relatividad la verdad es que le llamamos como queramos. No obstante, como aquí se encuentran coludida una incógnita que finalmente es infinita dentro de una infinitud de universos, a este territorio, zona, lugar, parte, área, espacio, sector, planeta, tierra, tiempo, suelo, continente, era, época, ¡lo que tus deseos dicten!, pues puedes llamarle sin duda alguna como metauniverso.

—¿Metauniverso?

—Sí, algo fuera de los universos que rondan en la existencia, para que me explique, terrenal, tridimensional, incluso la cuatridimensional.

Niko de seguro vio mi cara de estúpido en esos momentos y por eso rió con delicadeza, como siempre lo hace. Me dio unas delicadas palmadas en el hombro, o eso parecía, después me dijo que todo estaría bien; que, de hecho, todo siempre estará bien o mal, que dependía esencialmente de mí, y mientras volvía a repetir esta frase, “para siempre”.

Y qué más da. Aquí estoy más a gusto, conforme. Nada me parece desagradable ya. Soy tan divergente que soy unilateral de vez en cuando. Soy un espejismo de carne y hueso. Soy… Ah, para qué digo más. Con esto digo, atentamente, que mi ausente memoria es lo más plácido que he sentido en mi infinita puta vida.

Eso sí, mañana pisaré el suelo de la Luna.

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

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