Reino Luna por Keren T. Biebeda

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Imagen tomada de Pinterest

 

 

Estrella había sido una princesa despiadada que tiempo atrás, después de que la ira invadiera su corazón, no sentía pena por nadie, pero todo cambió cuando el príncipe Arnold, tras cortejarla durante nueve largos meses, pidió su mano en matrimonio. El magnetismo de la luna había conseguido que se atrajeran y ella gustosa había aceptado su propuesta; así era como se enamoraban las parejas en el reino Luna, sin embargo, a ellos los había unido algo más: los dos eran habilidosos guerreros. En esos meses de cortejo, Arnold mostró su valor enfrentándose a los mejores combatientes del reino, librando batallas cuerpo a cuerpo de las que siempre salía victorioso. A su vez, ella también hizo gala de sus dotes en el arte de las armas y así fue que además se ganó el respeto del príncipe. Esa fue su manera de coquetear, su forma de llamar la atención del otro. Unas semanas antes de que realizara la boda, el padre de Estrella había fallecido y ahora, ella, al casarse, ascendería al trono; el saber que Arnold sería su esposo y rey llenaba su corazón de una alegría incomparable ya que compartir el reino con su amado sería un sueño hecho realidad. 

El reino gozó años de prosperidad y paz hasta el día en que una guerra estalló más allá de la frontera sur. El rey reunió a sus ejércitos y a los de sus aliados y se puso a su mando. Estrella quería luchar, estar en primera línea como cualquier guerrera que defendía su patria, sin embargo, debía permanecer atrás y cuidar del reino. 

Pasaron meses y el rey Arnold no volvía y ella tomaba el control de la situación, pero a escondidas lloraba y escribía misivas para que las llevaran allá donde quiera que se encontrase su caballero. Poco a poco su corazón comenzó a convencerse de que su amado nunca volvería. Pero su lucha interna no fue lo único que tuvo que afrontar, porque traidores surgieron de cada rincón, traidores que abiertamente decían que el reino Luna, bajo el mando de una mujer, ya no era el mismo. Querían quitarle el trono, pero Estrella no estaba dispuesta a permitirlo.

—Mi señora, pretenden atacar a media noche, debemos estar preparados. Uno de nuestros hombres me ha comunicado que cada vez son más numerosos. Será una gran revuelta.

—Si es necesario daré mi vida por el legado que dejó mi padre y por … 

—¿Mi señora…?

—Es igual, eso ya no importa. Les sorprenderemos esta tarde mientras no se lo esperan. ¿Dónde me ha dicho que se encuentran?

—Al otro lado de las colinas. 

—Pues que se preparen los hombres y las mujeres más fuertes y valerosas y pónganse en marcha. El reino seguirá en pie mañana por la mañana. 

Lucharon con astucia y bravura, lucharon y lo dieron todo por su reina; y aunque combatieron hasta la madrugada del día siguiente, las bajas fueron pocas. Cuando regresaban al castillo los pueblerinos los recibieron llenos de dicha. Aquello la llenó de orgullo y decidió que harían una gran fiesta. Sus valientes guerreros merecían una buena recompensa a su esfuerzo. 

Menos de un mes después el reino fue sorprendido por otro grupo de rebeldes que se oponían al reinado de Estrella; esta vez las bajas fueron demasiadas, incluyendo tanto a gente del pueblo como a soldados. Las calles se tiñeron de rojo; los guerrilleros habían sido en exceso crueles, así querían demostrar que no iban a ser derrotados tan fácilmente. 

La reina estaba colérica, quería desatar toda su irá contra los culpables de la masacre. Quería acabar con todos y cada uno de los que sabía eran los culpables, pero sus consejeros la instaron a que no lo hiciera de esa manera, no otra vez porque el tomar represalias así solo causaría más derramamiento de sangre innecesario. Tras considerarlo decidió que convocaría a todos los regentes de los reinos vasallos para obligarlos a firmar un acuerdo de paz.

Tres largas semanas después se reunía con los pequeños reyes.

—Majestad, algunos de los demás reyes opinan que no está en posición de tomar el mando del reino —le dijo su consejero.

—¿Acaso piensan que no estoy en mis cabales? o ¿Es porque soy mujer?

—No, mi señora, otros piensan que usted es lo mejor que le pudo haber ocurrido al reino, incluso pensamos que es mejor gobernante que su falleció padre o su abuelo.

En la gran mesa del consejo se encontraban los ocho reyes, muchos de ellos la miraban acusadoramente. Estrella sabía que no se lo pondrían nada fácil así que, a pesar de la rabia que sentía, optó por la diplomacia. Pero nunca actuaría con debilidad, eso no, no les daría el gusto, además les dejaría claro que no dudaría en luchar hasta las últimas consecuencias. 

—Todos sabemos porque estamos aquí —dijo uno de los reyezuelos—. Estamos aquí porque la reina Estrella no está calificada para gobernar. Pensamos que debería relegar su mandato —un murmullo recorrió la mesa. Al parecer, Ray el monarca del reino del oeste tenía a todos amedrentados—. Es por eso que creo que deberíamos debatir sobre el trono del reino Luna.

El rey Gok volteó a ver al rey Denmer y tomó la palabra. 

—Nosotros creemos que hay que… —los dos se miraron en una complicidad que era evidente. Estrella aguardó en silencio, tenía que ser precavida—, … creemos que habría que unificar todos los reinos bajo el mando de su majestad, le reina Estrella —el barullo se hizo en la sala. 

—¡Basta! ¿Qué semejante barbaridad estáis diciendo? —sentenció Ray. 

—Parece ser que no todos estamos de acuerdo en deponer a su majestad. Mi pueblo ha sido testigo de su generosidad y de su equidad. Además de que siempre hemos contado con su apoyo militar y económico —prosiguió Denmer—. Nada nos honraría más que nuestros reinos se unan, mi señora. 

—Olvidan su orgullo de reyes, señores. ¿Acaso están dispuestos a que sus propios dominios vivan bajo la sombra del reino Luna. Esta mujer no es digna ni esta capacitada para gobernar. La desaparición de us marido, el rey Arnold, nos llevará a todos a la ruina.

Estrella cogió aire, sentía que el corsé estaba más apretado que de costumbre. Esta vez hablaría y sabrían quién era ella realmente.

—Mi señor, sabe bien que, como dicen sus majestades Gok y Denmer, mi voluntad es cuidar de los míos. Nada me importa más que el bienestar de nuestros reinos que desde los tiempos de nuestros antepasados han sido aliados y hermanos. Sus palabras son insulto hacia mi abuelo, mi padre y mi marido, pero sobretodo para mí y para el reino. Sus palabras son traición. Soy una gobernante capaz, más capaz que usted, mi señor. Exijo que retire sus diatribas o se someta a un castigo apropiado.

—Cuide muy bien lo que dice, su majestad —sentenció Ray—, después de todo ya no tiene al rey Arnold para que la respalde. Creo que debería de dejar esas necedades de gobernar y dejar que nosotros nos encarguemos. 

En ese momento las puertas de la sala se abrieron y un hombre entró. El hombre estaba sucio y magullado, se le veía mal nutrido y cansado. Varias de sus heridas eran visibles ahí donde sus ajadas ropas no lo cubrían. Estrella no podía creer lo que veían sus ojos: el que acababa de irrumpir en la sala era su marido. 

—Ha llegado a mis oídos que acusan a mi señora de no poder gobernar, de ser una reina débil e incompetente. Han de saber todos los aquí presentes que fue Ray quien me retuvo preso en los confines de reino Luna. Él fue quien desató esa guerra a la que me vi obligado a ir a combatir.

Estrella se levantó presa de la ira arremetiendo con su espada; antes de que alguien la pudiera detener, cortó la cabeza del traidor.

—¿Pero cómo fue que escapaste de las garras de ese bastardo —preguntó entre lágrimas.

—Todo se lo debo a los leales Gok y Denmer. Ellos me liberaron. Cuando se enteraron del plan de Ray decidieron actuar sin que él lo supiera.

El cuerpo de Ray fue retirado de la sala y después de prometer una alianza y rendir respetos a los dos monarcas, los demás reyes se retiraron.  

Estrella y Arnold se abrazaron y se besaron por un largo rato como si no quisieran volver a separarse nunca más. Esa noche hicieron al amor apasionadamente.

—¿Me has echado de menos? —preguntó Arnold.

—Claro, pero tampoco creas que eres el centro del mundo —bromeó estrella mientras se acomodaba en su fuerte pecho y él le acariciaba su hermoso cabello rizado.  

Blog de Keren Biebeda: Historias con “K”.

2 comentarios sobre “Reino Luna por Keren T. Biebeda

  1. La histórica me ha mantenido enganchado desde el principio al fin,, y en términos generales me ha gustado, una lectura clara, agradable, y concisa. Apunta maneras.

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