El bien avenido Valdemar (‘Poe no ha muerto’, 34) by Félix Molina

Cuando Poe y Valdemar salieron de la sombra que los envolvía, mientras la noche abandonaba Baltimore y una lengua de luz se sembraba en el suelo del sótano, todo estaba dispuesto: el lacayo de London sabía lo que tenía que hacer, porque Poe le había administrado las palabras necesarias, aquellas que le supo transmitir Marie. Un engranaje de dignidad se accionaba y quienes antes obedecían ciegamente ahora querían conducirse por sus propios pasos. Cada cual sacaba de la molicie de su voluntad lo necesario para enderezar lo que les quedaba de sus vidas.

El hombre que parecía ser Valdemar prescindió de sus suministros, con la discreción que le había recomendado Poe. Quedaron fijadas sus nuevas tareas, aunque solapadas por las antiguas, las encomendadas por London, de modo que una sospecha no echase a perder el plan que, sucesivamente, habían pergeñado la lectora, el escritor y el criado. Todo confluiría en una acción bella y libre, en un conjunto de hechos que les pertenecería a cada uno de ellos, sin otra iluminación que la de lo que se les antojara para el resto de sus días.

Era fundamental que Poe mantuviese un mínimo orden en el universo domeñado por London, y por ello, en cuanto se despidió de Valdemar, se dedicó a ordenar los papeles que ahora serían su salvoconducto hacia la tierra y el mar de los libres. Tenía que mantener, hasta cierta fecha –aquella en que el asistente y Marie lo conformasen todo–, el ritmo de la escritura y las entregas a London. Hizo acopio de todas las resmas garabateadas, revueltas aquí y allá por el frío terrazo que pisaba. Arrinconado bajo una pila que le abrevaba el menjunje ambarino, reparó en el contrato que decidía la rapiña del ingeniero:

Desde el mismo momento de su resurrección, el firmante deberá dedicarse a aquello a lo que la naturaleza le dispuso, para lo que contará con todo lo que necesite, tanto para su manutención como para la escritura, debiendo entregar el fruto de su esfuerzo a quien lo sostiene…

Con la media sonrisa de la desesperación –pero ya nunca más resignado–, Poe terminó de arrugar el papel, tras rasgarlo, y vació varias medidas del simulacro de whisky en la pila, soñando con el escurrirse del líquido en el sucio desagüe, como si fuera a medias una burla y un destino.

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