Luna sobre un parque (‘Poe no ha muerto’, 35) by Félix Molina

Poe aprovechó el papel más sucio de una resma y, doblándolo a modo de carpeta, escribió en su cara frontal: Últimos relatos para London. Y allí quedó encartado Luna sobre un parque:

Hay varios parques en la ciudad, y en tres –ya cuatro con el de la semana pasada— se han sucedido crímenes que acaban con un hombre o una mujer con los ojos abiertos, vueltos hacia la luna. El sargento T. y el inspector G. se han repartido el caso y encauzan sus investigaciones con criterios más impulsivos –el sargento— o más racionales —el inspector—. Rodeados de sus agentes y auxiliares recogen, cada cual a su modo, las muestras pertinentes tras cada asesinato. El sargento lo atribuye todo a los humores y la necesidad del asesino; el inspector a un intento de seguir sobre el tablero figurado de los parques una partida de ajedrez, de damas o de backgammon.

Cada claro de luna —que es la circunstancia que decide una nueva muerte— el asesino actúa en un parque distinto. Y cada parque es testigo de las dos figuras melancólicas de los investigadores, apostadas tras sus datos y sus pesquisas. Saben que es la luz de la luna, su claridad sobre las copas de los árboles, lo que convoca a quien mata. Han dispuesto que cada agente vele durante la luna llena cada rincón de cada parque, pero el asesino siempre encuentra espacio para lo que quiere y un nuevo muerto aparece cubierto por los rayos de la luna y las ramas de un árbol. Con los ojos abiertos.

Ambos policías han cercado al perpetrador de los crímenes con sus investigaciones. Ya saben de la imprescindible presencia de la luz lunar, y de la cercanía siempre de un árbol. Sus pasos se van limitando. T. ha supuesto que el criminal se vale del disfraz de las ramas y sus oscuridades y de aquellos parajes donde los rayos lunares no llegan, lo que vuelve aún más recóndita la escena; G. ha llegado a clasificar los árboles más próximos a cada asesinado según su edad y concluye que el asesino sigue una línea ascendente, desde el árbol más joven del Riverside Park hasta este del Carroll Park donde ahora mismo se encuentra, sentado junto al tronco del ejemplar más viejo de la ciudad. Esperando.

También espera, al otro lado del árbol, agazapado en la brecha más oscura, a salvo de la luz de la luna, T.. Se vigilan discretamente, evitando el cruce de sus miradas, aguardando el incidente, el suceso fatal, la fechoría que tiña de sangre la hierba. Se saben acompañados, el uno por el otro. Seguros. Envueltos cada cual en sus certidumbres, prácticas o racionalistas. Pasan las horas, la claridad del día ya empieza a vencer a la del satélite. Queda una hora de sombra lunar. Menos acaso de una hora.

G., disperso entre la vigilancia del árbol vetusto y una posible jugada maestra del asesino, no advierte un movimiento en lo oscuro, solo percibe el alarido estridente, que enmascara una voz reconocida. Desciende el leve montículo que lo separa de T.. Baja la vista y lo encuentra a sus pies, abatido. La sangre, en pequeños ríos, se le acerca a las suelas, junto al colega recién asesinado. Solo tiene un instante, apenas un segundo, para distinguir claramente las facciones del hombre que viene a ejecutar un viejo rito: matar bañado por los rayos de la luna, compartir con los árboles –sus únicos compañeros en la vida– cada progreso, ennoblecerse con cada sacrificio humano hasta llegar, precisamente, al trono final, el árbol más viejo del lugar. 

Y todo alcanza a verlo con ojos muy abiertos.

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