Un ejército se rebela en las sombras (‘Poe no ha muerto’, 36) by Félix Molina

Alexander London regresaba de una fiesta de disfraces en el barrio más al norte del viejo Baltimore cuando todos sus servidores buscaban, precisamente, disfrazar con sumisión sus ansias de verdadera libertad. Las mangas sedosas del dominó, a medio desvestir, le colgaban a la altura del cinturón estrellado. El maquillaje le dejaba sombras como de hollín en algunas vertientes del rostro afilado –sobre todo en el entorno de los ojos miopes– y playas de una blancura rota en la frente y la barbilla. Abrió la última resma recibida por Valdemar, con los garabatos de Poe. Se ajustó la graduación, girando la ruedecilla sobre el arco pesado de sus lentes (él mismo había diseñado aquel artilugio, en todo antiestético, que le cromaba la cara). Respiró, mientras empezaba a sincopar las sílabas que leía con su respiración, y sus brazos y sus piernas, ya libres del ridículo disfraz, se aferraban al papel. Podía llevarse horas enteras así, uno con su lectura, apenas interrumpiéndola para llevarse a la boca pedazos de cecina reseca que, la mayoría de las noches, salpicaba con un café más negro que sus entrañas. Solo en las horas del día y de la tarde en que se sentía cansado recurría a Marie.

Le gustaba, en la duermevela, imaginar el ejército en la sombra que su locura había diseñado: había hombres desastrados que en una buhardilla figuraban pautas del mesmerismo, fingiendo sobre un Valdemar extenuado de recados y servidumbres –otro viejo borracho como ellos—el mecanismo de la muerte. Gozaba con la visión de una cabaña, abandonada en el brazo más oculto de un río, donde Marie –reina años atrás de la absenta en todo Baltimore– se entregaba a la enésima recreación de su aborto y posterior asesinato, mientras se perdía hundida en una barca con otros compañeros de farsa, en un recodo del esqueleto lúgubre del Patapsco, a pocos metros de convertirse en bahía. Contaba también con grupos de dipsómanos de las plantas intermedias de su mansión —rescatados por él del vicio, como se encargaba de agradecerle un día sí y otro también la ciudad— que se trasladaban diariamente a una quinta a las afueras para encerrarse, viviendo la trágica comedia de unas horas a salvo de la peste de la muerte roja. 

Y se regocijaba al pensar que Edgar Allan estaba allí abajo, en su mismo sótano, otro oscuro bebedor arrebatado por él a la mismísima muerte, loco hidalgo ya tan solo fiel a sus sueños y sus pensamientos que se deslizaba entre las palabras y la silueta de la sinuosa ciudad para espiar el logro de sus animaciones, la verdad, labrada en carne y hueso libre de alcohol y de opio, desfilando ante sus ojos de ingeniero. Porque era cierto: no le bastaba con domeñar a las máquinas, al fierro incesante de sus corbetas insumergibles; quería también doblegar a las criaturas que había sacado del fango, restregarlas una y otra vez por unas vidas que no fueran las suyas.

Nada, por tanto, podía imaginarse de la discreta rebelión que se le agazapaba. Pero ¿hasta cuándo tanta servidumbre?

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