La maga de las flores, epílogo por Ángel de León

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Imagen tomada de internet

La ventaja de que la estación Gwanghwamun esté tan cerca del arroyo Cheonggye es que apenas tomando la salida 2 se llega a la gran librería Kyobo.

Siempre que quedo de encontrarme con alguien para ir al arroyo o al palacio, me da por arribar antes de la hora pactada para dar unas vueltas en la librería. Es bastante grande y se pueden encontrar libros de todos los géneros e idiomas, aunque claro está que los que no están escritos en inglés o en alguna otra lengua del este de Asia son casi escasos. Con algo de suerte, encuentro algo en español de vez en cuando.

Salgo de la estación y la nieve cae perezosa sobre las calles, me da la impresión de que mientras iba en el subterráneo nevó con apremio, pues las calles están blancas a más no poder, algo que no coincide con la delgada nieve que cae ahora.

En las puertas de cristal de Kyobo me aseguro de que mi gorrito de estambre azul esté bien puesto, pues luego me despeino y no me entero. Ajusto la bufanda alrededor de mi rostro, mis mejillas están rojísimas por el frío. Exhalo una gran bocanada de aire que casi se solidifca frente a mí y me encamino al interior de la tienda.

Hay tantas secciones que me quedó unos segundos en el umbral tratando de ubicar la que busco. Es verdad que hay estaciones electrónicas donde una puede buscar el título del libro o del autor y esta te indica exactamente en qué pasillo, sección y estante se encuentran. No me gusta hacerlo así, me da un poco de miedo escribir el nombre de lo que busco y que no aparezca. Por alguna razón siento que si lo busco manualmente tengo más posibilidades de encontrarlo.

Quizá lo que quiero es prolongar la emoción por tanto tiempo como me sea posible, la búsqueda electrónica desilusiona muy rápido. De todos modos el libro que busco está en inglés, y la sección de Ciencia Ficción y Fantasía en ese idioma es muy fácil de encontrar, ahí compraba los libros que Martín me recomendaba.

Avanzo con pasos ligeros hacia el extremo opuesto. El lugar está abarrotado, creo que nunca lo había visto tan lleno, tal vez se deba a que ahora que hemos vencido al Covid-19 todo mundo quiere salir de casa, comprar regalos (libros en este caso) a sus seres queridos para invitarlos a cenar, después de todo solo falta una semana para navidad.

¿Qué le pediría a Santa? Implicando que creo en ello, probablemente pediría una colección de fertilizante premium, ya que una motoneta debe ser muy difícil de transportar en su trineo.

Llego a la sección de Ciencia Ficción y Fantasía en inglés conteniendo mi respiración, al poco exhalo una gran bocanada de aire e inspecciono lento, muy lento, libro por libro.

Muchos de estos títulos los conozco apenas verles el lomo, aún así los leo con detenimiento para asegurarme de que no estoy pasando por alto el libro que busco. Tal vez no sea esta la sección de bests sellers, como alguna vez le dije a Martín, pero considerando que la traducción al coreano de su libro no es algo que suceda con facilidad, esto debía de servir.

Mi dedo se detiene en un tomo con lomo color violeta. Trago saliva ante el nombre, la fuente que eligieron los editores es bastante bonita para un libro de Fantasía:

The Flowers Magician

Ya lo había leído en formato electrónico, pero esperaba comprar una copia física con mucho ahínco. Comprar libros físicos en línea, al menos para mí, es robarme de la magia de salir a buscar y encontrarlo.

Además, este no es cualquier libro.

Lo abro de par en par y paso las hojas en una moción tan rápida que su aroma sale disparado como si fuera un abanico. Huele a una primavera eterna. No, eso no es lo correcto, huele a una primavera imposiblemente larga, luego a la lluvia de otoño.

Vuelvo a pasar las hojas hasta que me saturo de ese aroma; lo tengo bastante presente en mi mente. ¿Cómo podría olvidar el olor de aquellos días?

Llevo el libro a la caja y me dispongo a pagar. El cajero me dice algo, pero no consigo escucharlo, así que le pido que por favor repita su pregunta.

—¿Se lo envuelvo para regalo?

—No, así está bien.

Pago y me agradece con una sonrisa. Sé que el servicio al cliente le impele a ser diligente, pero me gusta pensar que él también está contento de volver a ver a tantas personas ir y venir al mismo lugar, y aunque muchas aún usan cubrebocas porque nunca sabemos si hay un nuevo virus acechando, al menos todo se parece, aunque sea un poco, a la vida antes del año 2020.

Ha pasado un año ya.

Guardo el libro en el interior de mi bolso de mano y salgo de la tienda. Ahora nieva con un poco más de fuerza; el tiempo siempre vuela en el interior de una librería. Espero al semáforo peatonal y, después de unos tres minutos, cruzo la avenida entre una cortina de nieve. Entro a una cafetería 25 Horas y compro un latte macchiato para beberlo mientras termino mi caminata al cuerno del unicornio, el reclamo turístico más prominente del arroyo Cheonggye.

El café se siente bien, albergar algo de calor siempre es reconfortante, hace que el frío no parezca tan intimidante. Me pregunto si a las demás personas les estará yendo bien con el frío y si esperarán a la primavera como un anhelo. De ser así, deben sentirse tranquilos de que ya casi vuelve. El mes de febrero, sobre todo, siempre se pasa rápido. 

Me apeo en el barandal del andador superior del arroyo, las parejas van y vienen como si la nieve fuera el estado natural de las cosas; es que caminar bajo ella con tu pareja es probablemente una de las narrativas más bonitas en lugares donde el clima es tan extremo. Supongo que al final la cuestión radica en adaptarse, algo que tenemos por demás aprendido tras la pandemia.

Consulto en mi reloj que aún faltan unos diez minutos, saco el libro de mi bolso y vuelvo a hojear el final: la pequeña Evi Sui encontró la flor que tanto buscaba, solo para darse cuenta de que no crecía en las condiciones de esa estación, por lo que al pueblo no le quedó más remedio que aprender a vivir y a ser fuertes por sus propios medios. Cuando leí que la novela iba por esa dirección me preocupé bastante, porque pensé que todo habría sido en vano, que el arco de Evi Sui sería irrelevante para la trama. Pero no fue así; si bien todos aprendieron a vivir con el dichoso miasma, al final fue la ayuda de una profesional como Evi Sui la que terminó por salvar a la gente. Lo que valía la pena recalcar, era que sin la cooperación de la gente nuestra heroína jamás habría logrado salir victoriosa. A mí me parece fascinante como incluso en la fantasía existen las flores de temporada; eso fue lo que obligó a todos a ser más resilientes y, sobre todo, pacientes ante la adversidad.

Suspiro mientras la nieve comienza a arreciar, las luces led bajo el agua del arroyo Cheonggye parecen difuminarse ante tan fría imagen. Vuelvo a consultar mi reloj. Pasará en cualquier momento.

Reparo en la primera página del libro, aquella de las dedicatorias. La verdad nunca imaginé que estaría ahí.

“Para Song Dami, la verdadera maga de las flores.”

Aquello nunca fallaba en sonrojarme, aunque esta vez tenía a los vientos de invierno como excusa.

—¿Sabes qué se vería bien en esa página? —una voz familiar llama a mis espaldas. Me giro para encontrarlo y, como si hacerlo fuera un botón para activar una función, sonrío con tanto cariño como me es posible. No obstante, él sonríe más ancho aún, a lo mejor creyendo que era una competencia. ¡Qué bueno que al fin se cortó el cabello!

—¿Qué cosa?

Con una voz petulante, dice:

—Mi autógrafo. Con algo de suerte algún día valdrá algo.

Lo que Martín no sabe, es que para mí ya vale mucho más de lo que me atrevo a admitir.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

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