Desde el otro lado por Keren T. Biebeda

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Imagen tomada de Unsplash

Todo a su alrededor se cubrió de una tenue luz que no lograba descifrar. Sintió la necesidad de tocar su vientre y la invadió un estado de pesadez para el que no estaba preparada, solo sus pensamientos la acompañaban. Ya no importaba lo que sintiera dentro de ella.

El pueblo ahora era un lugar lúgubre y seco donde se había arraigado una gran pena. Si hubiera tenido que describir los lugares por los que deambulaba los describiría en una sola palabra: Tristes. Los edificios desgastados por el paso del tiempo lucían ahora destartalados, viejos, habían perdido sus vividos colores. Los viandantes caminaban ajenos a su desolación. Su pueblo, al que llamaba hogar, había perdido lo más valioso, todo lo que en su día la había llenado de alegría.

Decidió no darlo todo por perdido, no creer que el mundo se acababa ahí; se dirigió a la casa de Loreto, quizás él podría darle el consuelo que tanto necesitaba. Unas calles más allá unos niños jugaban, pero había algo extraño en ellos; sus brazos no se movían con naturalidad, sus movimientos eran torpes y sus rostros carecían de jovialidad; en la acera de enfrente jóvenes fumaban cigarrillos en un solar con sus rostros pálidos y ausencia de picardía. Dobló la esquina temerosa de lo siguiente que se encontraría. 

El cielo sepia se tornó gris y la llovizna comenzó a caer, por un momento quiso quedarse ahí y empaparse, diluirse, pero simplemente echó a correr y no se detuvo. Corrió y corrió. 

Encontró la casa de Loreto justo como lo había temido: vacía; los gatos ya no estaban, las puertas y las ventanas rotas, el jardín descuidado. “¿Qué diantres ha pasado aquí?”, se preguntó. Se acercó a la puerta y la costumbre la llevó a tocar tres veces; era la señal secreta que compartían, pero ahí no había nadie. Comenzó a pensar lo peor, él no se iría así nada más. Quizás le había pasado algo, pero… no, no; debía estar en el bar tomando su café de media mañana o jugando al billar. 

Volvió al camino sin rumbo, la lluvia azotando con más fuerza. Las calles estaban vacías, sin gente, sin tráfico; tan vacías como ella. Voces ininteligibles llenaban su cabeza, voces que la confundían. Sobrecogida se llevó una mano al corazón. Es como si se encontrara en una película de la que solo podría escapar hasta el final. Hasta su final.

Con las voces resonando en su cabeza continuó su andar, ausente de todo a su alrededor. A lo lejos un coche, el único en las desoladas calles, se aproximaba a toda velocidad. Lo miró y comenzó a reírse a carcajadas. El carro estaba cada vez más cerca, la luz de sus faros iluminando su rostro; pensó que tal vez ese era el momento para no sentir más esa soledad. Se quedó parada en medio del paso de peatones mirándolo desafiante. El conductor dio un volantazo y Sandra se sumió en un profundo sueño. 

Cuando despertó estaba postrada en una cama de hospital conectada a una infinidad de aparatos: tubos que drenaban la sangre, tubos que daban oxígeno, cables que contaban su ritmo cardiaco, y un zumbido que no cesaba… Oscuridad.

*

En el pueblo de Martorell un conductor atropelló a una joven; este, pese a tratar de evitarlo, no pudo hacer nada. La familia de la fallecida asegura que llevaba meses deprimida tras haber sufrido la muerte de su única hija a manos de su maltratador.

Blog de Keren Biebeda: Historias con «K».

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    Muy buen relato, saludos.

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    1. Muchas gracias Ana.

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  2. La descripciòn de la situaciòn emotiva es genial.

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    1. Me alegro que te haya gustado Oswaldo

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