Espantapájaros por Alejandro Villaverde Viayra

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Imagen tomada de Unsplash

 

 

La historia estaba llena de huecos que las verdades podrían devorar como cuervos.

Una cosa era mantener una conversación genérica en la que podías sugerir más de lo que decías y la otra persona terminaba por imaginarse el resto, otra muy diferente era lo que estaban haciendo en ese momento.

Por fortuna él no sería el centro de atención, pero conforme se prendían las cámaras también despertaba una ansiedad inusual.

Ella se había arreglado como si en verdad fuera a estar presente, de forma física, en la fiesta; un llamativo vestido negro con una apertura lateral que no tenía importancia porque la cámara solo captaría su mitad superior. El maquillaje era sencillo y las joyas que había elejido resaltaban a la perfección su aspecto de muñeca, todo complementado perfectamente por sus ojos ocultos tras una máscara con forma de gato.

Últimamente el tiempo la preocupaba, intentaba vestir ropa mucho más sobria incluso cuando ese encanto juvenil no estaba ni cerca de abandonarla. La verdad era que, cuando tenía un día libre y utilizaba algo de ese estilo con la excusa de que era algo mucho más fresco, irradiaba su belleza tan bien como siempre.

—¿Estás listo? —le pregunta con emoción.

Él responde intentando aflojar el cuello de su corbata.

Los visitantes se iban revelando uno a uno, más llamativos que sus disfraces eran los escenarios en los que se presentaban: grandes ventanales o enormes jardines que gritaban a los cuatro vientos lo bien posicionados que estaban en la sociedad. La realidad era que el lugar donde se encontraban era humilde en comparación.

Con cada nueva cara crecía la anticipación.

Ella participaba tan poco en la sociedad que sin duda era la revelación más esperada de la noche. Si la alta sociedad fuera un juego de mesa, sería una de las piezas más codiciadas por todos los jugadores. Podía ver en los recuadros el brillo en los ojos cuando la anunciaron.

Se rumoraba desde hace unos meses que estaba jugando con un hombre, haciéndole promesas que jamás cumpliría. Muchos decían que era una enfermedad de poder, si no es que una perversión, pero por más que la criticaran querían ocupar el espacio que ella había creado específicamente para que ninguno otro de los presentes encajara.

—Sería mejor no detenerse mucho en mi, ¿podría presentar a mi acompañante? —pidió ante el torrente de saludos.

Con un suspiro se pone la máscara, un antifaz negro y sencillo, mira su reflejo en el monitor para asegurarse de que todavía sigue peinado luego de ponerse la diadema con el micrófono y los audífonos. En cuanto lo ve listo, ella dice su nombre y él enciende la cámara, desviando la mirada del cegador foco de notificación que apareció encima de la computadora.

—He oído hablar mucho de ti —comenta el organizador de la sesión—. Mucho ha cambiado en ella desde que trabajan juntos.

Era cierto, un trabajo, esa era la historia más común. Probablemente preferían entretener esa posibilidad para no caer en la desesperación.

¿Qué había cambiado en ella? Había dejado de desaparecer para empezar, también se había vuelto más proactiva, incluso hasta imprudente al saber que tenía su respaldo. Por eso muchos lo confundían con el actuar de una persona perdidamente enamorada, ¿de qué otra forma podías justificar su excentricidad y mantenerlo socialmente apropiado?

—Hola a todos, realmente no hay mucho que saber sobre mí —menciona para que todos dejen de mirarlo.

Aunque era la incógnita de la noche, no era nadie en ese mundo de alta sociedad. Todos pasaron de él y devolvieron su atención a ella que intentaba atender y balancear el tiempo que pasaba respondiendo a cada uno por igual.

Era verdad que no había mucho que contar respecto a él, a fin de cuentas su trabajo era esperar y observar. Incluso si el campo se hubiera secado y no quedara más que un terreno baldío, incluso luego de que las bestias le hubieran perdido el miedo, él seguiría ahí parado; o por lo menos ese era el destino que había visto antes de que se introdujera una variable más.

Tratos, promesas y cotilleo, una conversación que podían sostener de manera intercambiable con cualquier persona mientras que él solo miraba incómodo. Si la fiesta fuera presencial bien podría ser representada por su espera en las mesas de los extremos o, en el peor de los casos, con él parado detrás de ella como un guardaespaldas nada más.

—Lo siento, pero no nos quedaremos mucho tiempo —anuncia ella luego de echarle una mirada de reojo.

En su pantalla un mensaje parpadea. Era privado, venía del único que lo saludó.

—¿Eres cercano a ella? —pregunta con total indiscreción.

Aunque entendía a qué le estaba dando vueltas, era una respuesta que ni si quiera sabía todavía por lo que hace como siempre y decide no comprometerse.

—Sí.

La cara de póquer de su interlocutor se tambalea por un momento incluso debajo de la máscara, pero se recupera en segundos y escribe de vuelta.

—¿Qué clase de hombre sería mejor para ella?

Otra pregunta con trampa, un intento de razonar para que él mismo se apartara si es que realmente era un obstáculo. Incluso si lo que asumía era incorrecto, había algo de verdad detrás de la implicación.

—Le gustan mayores —responde—, y monstruosos.

Ella vio lo que escribe y sonríe con audacia; él intenta devolverle la sonrisa lo mejor posible e hicieron que todos se preguntaran cuál era la clase de vínculo que los conectaba.

Incluso si estuviera dispuesto a alejarse, en ese momento era imposible.

Cuando se desconectaron de la fiesta todavía se estaban preguntando, unos a otros, las implicaciones de lo que él había dicho, y se habían resignado por confirmar que al menos de momento ella estaba fuera del alcance de ellos o de sus hijos. Los tiempos nunca cambiaban y algunos seguían intentando arreglar matrimonios en pleno siglo XXI.

—Eso los dejará pensando un rato —celebrando se impulsa con sus piernas del escritorio y relaja su postura—. Había olvidado lo molesto que era todo eso.

—¿Por qué no la rechazaste como todas las demás?

—Son como una hidra, es más fácil dejar que su imaginación complete la historia; aunque algunas veces me he preguntado, ¿no sería más interesante confesarlo todo? Apuesto a que nadie se lo tomaría en serio.

—Sería probable que no, pero podría atraer más la atención sobre ti.

—Tienes razón —ella se puso a dar vueltas en su silla—, pensaste rápido con los mensajes privados.

—Bueno, haber sido un espantapájaros durante siglos es buena práctica —responde con humor.

Ella deja ir un suspiro y se orienta hacia él.

—¿Y qué me dices de estos tiempos? ¿Algo ha cambiado? —pregunta con súbita seriedad—. Tanto tiempo y es la primera vez que se me ocurre preguntártelo.

Sorprendido por la seriedad se toma su tiempo para responder.

—Opulencia y ambición, matrimonios arreglados y un enorme desinterés por el estado del mundo en general —responde después de un minuto—. El mundo sigue pareciendo la máscara de la muerte roja.

Desde hace mucho había perdido la fe de que algo pudiera cambiar. Mientras vigilaba los cultivos de humanidad había visto terribles actos repetidos innumerables veces que cada vez lo hacían replantearse una y otra vez el motivo por el que debía de vigilar.

Era la verdad lo que más intentaba asustar para lograr mantener todo en orden, pero el mundo daba muchas vueltas y una terrible pandemia azotó lo azotó derribando completamente los muros de lo normal.

Muchos no estaban tan conformes con sus vidas, la mayoría eran indolentes al sufrimiento de otros por no decir que mortalmente irresponsables de su propio destino y, entre todas esas personas, estaba una joven que no tenía nada de especial más allá de su locura. Todas esas realidades salieron caminando de debajo de las piedras en cuanto el mundo exterior quedó casi completamente eliminado del día a día por un tiempo indefinido.

Ella había conseguido saber de su existencia y lo había encontrado, incluso lo había reclutado para un proyecto que solo ella sabía que significaba. Las entrevistas de las épocas eran constantes; cuadernos y cuadernos de notas llenaban los cajones del departamento donde vivía y ocasionalmente, al menos antes del encierro, había trabajo de campo.

—Te quedaste pensando mucho, tan quieto como un espantapájaros —bromea para sacarlo de sus cavilaciones, pero detrás de la broma hay incertidumbre.

No solo habían mentido a todas las personas que se propusieron sino también se habían mentido a ellos mismos y eso hacía que su empresa fuera más peligrosa que cualquier otra.

Él sabía que el tiempo de ella era limitado y poco a poco se iba agotando; ella era consciente de eso y su preocupación se expresaba en su vestir y en su actuar. Seguía siendo principalmente un observador, pero la idea de ser observado le parecía intrigante desde un nivel intelectual y encantadora desde una perspectiva emocional. Ella eventualmente tendría que reanudar su vida y dejar de perseguir monstruos que pudieran no existir. Hacer como hacían todos los demás y entonces él se quedaría atrás.

—Deberías intentarlo alguna vez —responde para amenizar la situación—, quedarse quieto no es tan malo.

—¡Lo dices porque tienes todo el tiempo del mundo! ¡No quiero llegar a vieja sin conseguir lo que quiero y aquí, encerrada, no estoy haciendo más que perder el tiempo! —exagera la intensidad de su emoción. Desde hace mucho podían reconocer en uno y otro hasta el más mínimo cambio de expresión, pero lo hacía de todas maneras, quizá para parecer más interesante.

Ella temía que él se fuera a aburrir. ¿Qué era una humana si tenías toda la eternidad y la humanidad por delante? Sabía que era egoísta, pero al menos quería saber que podría contar con él por lo menos en lo efímero de su vida.

El silencio perduró entre los dos. Sus miradas preocupadas se encontraron y luego rieron de ello; más verdades que el espantapájaros alejaba del cultivo de mentiras.

Y el tiempo seguía corriendo, y el mundo seguía en pausa.

Blog de Alejandro Villaverde: Querido fantasma.

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