Poe, Marie, un parque (‘Poe no ha muerto’, 37) by Félix Molina

Poe llegó con algún retraso a la cita, ligero de equipaje –de hecho tan solo llevaba su levita astrosa y un bastón, como cuando practicaba sus evasivos paseos–. Marie permanecía a la espera, nocturna y silente, al pie del cerezo que coronaba la loma del Patterson Park. Aterida de frío, apenas recibió a Poe con unas palabras, que eran más bien un sonido, como el de las ramas de los árboles recortadas contra el humo del cielo. Los dos habían acordado citarse allí, tras recorrer las calles más céntricas de Baltimore –Marie se había encargado antes de retirar a todos los centinelas de London–, mientras Valdemar solucionaba los últimos detalles de la huida. Luego se trasladarían con él a una quinta al norte de la ciudad que hacía las veces para el ingeniero de un simulacro de la infausta Casa Usher. Allí estarían relativamente tranquilos mientras se decidía un embarque, y, sobre todo, a salvo de la curiosidad de London, quien, desengañado del cuento que propició aquella ubicación, no inquietaba demasiado la Casa, uno más de sus rotos juguetes.

Entretanto, Valdemar, experto en portes y poco sospechoso de cargar lo que fuese, iba haciendo acopio de los efectos personales de Marie y Poe, que llevaban lo puesto para su cita del parque. A su llegada al lugar les haría una señal luminosa para que se le unieran y recorrieran juntos, ocultos por la noche, la milla que les separaba de su cobijo. No se abandonaban, por parte del experto servidor, las tareas diarias que el ingeniero esperaba con rigor: la recopilación de los cuentos, el suministro de lo necesario para el brebaje y la manutención de todo su universo, los recados a Marie y los centinelas callejeros… El reloj seguiría funcionando, aunque sus manecillas marcasen otra hora.

A Poe, oteando por encima de la masa arbórea del parque, el horizonte se le revelaba lúgubre y las siluetas de farolas y cercas se le antojaban un cementerio, recuerdo de aquel de donde lo rescatara London. Si es que él estuvo alguna vez en aquel cementerio. A Marie, más soñadora, le apetecía pensar en la carta a la que se lo estaba jugando todo, sin dar más pábulo a los pensamientos negativos.

Se miraron. Y en ese instante la luz de un candil brilló por encima de sus miradas, en un punto aún más alto. Hubieran deseado el resplandor de un astro, algo sobre lo que jurar un destino, pero era solo Valdemar, agitándose como una luciérnaga al otro lado del parque. Juntos lo atravesaron, empapados por la conciencia —como si fuera el licor más exquisito que hubiesen tomado— de avanzar con pasos libres, completamente suyos. Poe, en lo más arduo de sus pasos, se aproximó a la lectora, que había dulcificado su rostro en la penumbra de un bosquecillo. Más por saberse dueña de esa libertad –que tantas veces había trasegado en sus pensamientos–, más por investir con la hermosura de un gesto aquella primicia de su albedrío que por un auténtico deseo, Marie acercó su barbilla a la de Poe, hizo suya la sombra de sus ojos, lo besó.

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