La caída de la falsa Casa Usher (Poe no ha muerto, 38) by Félix Molina

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La pareja de huidos andurreó por las dependencias semivacías, sin más propósito que un reconocimiento estéril del caos mental del ingeniero. Valdemar había apilado cerca del vestíbulo central unos petates con los enseres de ambos y las mínimas viandas para pasar el día, puesto que la noche siguiente –sin luna— ya los hallaría atravesando la campiña hasta encontrarse con el carromato del sirviente, listo para llevarlos a la orilla más cercana del Patapsco.

Algunas habitaciones tenían por todo mobiliario los restos diseminados de una mesa o las esquirlas de jarrones y estatuas. En una de las más septentrionales, quisieron fijarse en una ventana que daba al jardín inmenso, abandonado, casi estrangulado por su propia vegetación. Su esquina más sombreada la había dispuesto el cerebro desquiciado de London para la tumba de Lady Madeline, la mujer enfermiza del relato. Una alberca enorme, tan artificial como aparatosa, parecía simular el lago del cuento.

A Poe y Marie no ya otra noche, sino unas cuantas horas más en ese delirio de la muerte se les antojaban angustiosas. Paseaban sin ver, casi sin querer anotar en el recuerdo los arañazos que la locura había ido fijando en cada rincón de la casa. No pudieron abstraerse del olor agrio, que lo inflamaba todo, emanando insoslayable desde la habitación central. Allí, macabramente acunado por los restos de un sillón, el desdichado que hacía las veces de Roderick arrastraba el cadáver de su mano por el suelo, mientras lo que quedaba de la otra sujetaba sin tensión alguna un libro, que descansaba en el posabrazos abierto por una página cuya lectura había sido eternamente dilatada. Apenas tuvieron tiempo para seguir indagando en la monstruosidad del ingeniero. Fue una intuición, dorada como el rayo de sol último de la tarde que pendía sobre sus cabezas, atravesando las vidrieras borrosas. Poe rasgó la tela que ocultaba las patas del sillón. El artefacto contenía un líquido viscoso que –atrapado en conductos tan alambicados como los que servían el brebaje en el sótano– fluyó hasta alcanzar otro recipiente en ebullición. Minutos antes de lo irreparable, Marie y Poe se arrastraron mutuamente hacia la puerta de entrada, llevando consigo solo los bultos que Valdemar les había preparado.

Y corrieron, atravesando cuantas millas de musgo y de piedra lodosa se interponían entre el infierno que dejaban atrás y la salvación que parecía esperarles entre la umbría. Solo allí se dieron cuenta de la altura de las llamas, de la intensidad de su color azufrado, que acabó por esparcir la noche en todo el prado que les rodeaba. Solo entonces fueron plenamente conscientes de hasta dónde podía abarcar la demencia del ingeniero Alexander London.

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