El clan Kinsora por Ángel de León

Dibujo de GUWEIZ tomado de su cuenta de Twitter

 

 

Cuando la luna terminara de ocultarse tras las nubes ni los dioses tendrían agencia en el silencio que devoraría la aldea de Hirano.

Akari Endo se recargó contra la chimenea del tejado, cuya sombra se mezclaba con el azul oscuro de sus ropajes, el humo de su pipa camuflándose con las exhalaciones de la herrería.

No podré contener la risa ante la ironía de que mueras de una deficiencia pulmonar por esas hierbas antes que asfixiada bajo las garras de un demonio —dijo Shirato mientras colgaba de su cintura. Su voz sonaba como el susurro de un tifón.

—¿Las katanas pueden reírse? —era difícil imaginar un artefacto tan solemne experimentando la comedia, mucho menos la ironía.

Observa: Ja. Ja. Ja.

Akari suspiró. Guardó la pipa en el interior de su haori, se amarró la negra cabellera en una coleta y subió la bandana desde su cuello hasta la nariz.

—Eso no suena como una risa, se parece más a los alaridos de alguien a punto de morir por sobredosis en la casa de alcohol.

¿Ese prospecto de muerte te parece más atractivo?

—De entre las opciones que me diste, supongo que en esta al menos estaré divirtiéndome.

Pensé que cazar demonios te parecía divertido.

Dejó el refugio en la sombra de la chimenea y se acuclilló en el borde del tejado.

—Lo era antes de que mi alma estuviera atada a ti.

Inspeccionó su brazo para corroborar que tenía lo necesario para la cacería: cuatro kunai, dos disparos de bala, su gancho con cuerda y una furia de dragón. Se mordió los labios y, tras ponderarlo un poco, sacó una bomba de bruma y la metió en el disparador del brazo. Era mejor estar preparada; si algo le había enseñado la ausencia de su antebrazo era que algo siempre podía salir mal.

Desde lo alto de la herrería la plaza central de Hirano se abría amplia, solo la iluminación de las lámparas de papel que colgaban de las casas se resistían a los deseos de la noche. Debido a las desapariciones recientes, nadie circulaba por las calles.

Pasará en cualquier momento —dijo Shirato, el viento que componía su voz acarreaba un imperante deseo por combatir. Esta era la única parte de su naturaleza como espada que tenía sentido.

Sacó una bolsa con incienso de sangre de carnero, deshizo un poco el nudo y prendió fuego. La ventaja de usar bandana era que el nauseabundo aroma no la alcanzaría. Aguardó sosteniendo el incienso lo más lejos de su rostro posible.

El silencio de la noche se rompió con un parsimonioso clac clac clac. Desde una oscura calle se acercaba una carreta negra, el hombre que la jalaba estaba cubierto por una capucha; el ritmo al que avanzaba acentuaba su aire ominoso.

—Podrás decir lo que quieras de la adaptabilidad de los demonios, pero debes admitir que el hiperdramatismo los delata.

Ah, pero Akari, no hay mejor forma de imitar a un humano que sucumbiendo a la manifestación de las emociones.

—¿Estás listo?

La katana vibró en su saya. Akari se incorporó, echó hacia atrás el cuerpo y lanzó la bolsa con incienso de sangre de carnero. El miasma que desprendió trazó un arco marrón en el velo de la noche hasta caer a unos cuantos metros del carretero.

Aguardaron en silencio.

Sin soltar la carreta, el hombre se acercó a la bolsa dejando la hiperdramática parsimonia de lado, aunque todavía no perdía la compostura. Se detuvo a un paso, el humo del incienso seguía elevándose copioso. Akari sujeto a Shirato presta para desenvainarlo y saltar sobre él.

—Cómelo —sonreía apretando los dientes.

La puerta frontal del carruaje explotó y un alarido reverberó en lo profundo de la noche.

Del interior salió una enorme cabeza “humana” coronada por cuernos, su blanca y larga cabellera, así como su bigote, parecían materializarse entre el húmedo sereno.

En lo que dura un parpadeo, la gigantesca cabeza engulló al hombre junto con el cebo, el pie de madera del supuesto carretero salió disparado.

¡Un maldito carruaje! Ja. Ja. Ja —Shirato reía mientras ella caía como un gorrión contra el demonio.

Antes de que Shirato cortara la cabeza de la carreta, esta rodó en reversa. Akari se incorporó aprisa y aprestó un par de kunais, pero igual que su katana sólo mordieron el viento.

Ex humano ahora carreta demoniaca —dijo Shirato—, estoy deslumbrado de que su transformación le haya conferido una apariencia tan conveniente. Debe ser menos cansado tener llantas que mover las piernas… aunque no podría asegurarlo, ya que nunca he tenido piernas y mucho menos ruedas.

Akari se cubrió la frente ante la vergüenza. 

El demonio lanzó un alarido tan potente que el aire alrededor pareció distorsionarse. Tentáculos negros salieron de la parte trasera de la carreta, cada uno de ellos sosteniendo un arma diferente, incluso dos arcabuces… bueno, en realidad eran tres, aunque el demonio echó un disparo al aire, quizá para intimidar, y era posible que no pudiera recargarlo ya que todos sus tentáculos estaban ocupados.

Te digo, Akari, es puro dramatismo.

Los tentáculos arremetieron con estocadas y cortes que ella desvió con pericia. Era posible que el tamaño de los apéndices hiciera de los ataques del demonio algo peligroso a la distancia, pero eran tan lentos que no era muy difícil leerlos, y aunque el demonio fuese más fuerte que ella, la misma maldición que hacía de Shirato una katana parlanchina también la hacía más fuerte. Pero eso no quería decir que sus brazos también lo fueran.

Liberándose de la maraña de embates, retrocedió.

Nos está siguiendo, Akari, creo que viene por tu cabeza.

Siguiendo la voz de la espada, rodó hacia la derecha sintiendo el frío viento de un hacha que pasó muy cerca de su cuello. Incorporándose, lanzó los dos kunai restantes hacia un par de tentáculos, cortándolos.

—No olvides recogerlos antes de irnos, será útil estudiar de qué están hechos.

Apoyándose en sus cuatro extremidades restantes, la carreta derrapó hasta dar la media vuelta, sus ojos enrojecidos de cólera.

Apuntó a los ojos rojos con la pistola de su brazo prostético.

Bang; la carreta apenas esquivó el impacto, pero fue suficiente para que la bala acertara en uno de los tentáculos dejándolo inerte.

—¿Eso cuenta?

Bang; con un escudo de acero entre su arsenal, la carreta protegió su rostro. Y eso era justo lo que ella esperaba.

Akari lanzó la bomba de niebla contra el suelo y quedó envuelta en una nube más oscura que la noche, retrocedió hasta que la niebla quedó a una zancada de distancia y aprestó la furia de dragón en su prostético.

No me gusta cuando usas fuego, raras veces me queda algo vivo qué cortar.

—Oh, te prometo que acabarás entre los ojos de ese maldito

Shirato vibró con emoción dentro de su saya.

Una silueta se formó en la niebla, Akari extendió su prostético hacia la nube y, con un sordo clic que encendió en un rugido del viento, disparó una cortina de fuego.

¡Arde! —gritaba Shirato.

El proyectil salió de la niebla y pasó de largo de ella, sus movimientos tan erráticos como sus gritos de agonía.

Akari sonrió, el trabajo estaba hecho.

Oye, ¿qué no en esa dirección está la casa del Señor de Hirano? Sería una pena que no pudieras recibir el pago porque, bueno, tu cliente ha sufrido ciertos inconvenientes como un incendio, ni que decir de su vida o la de su familia. Ja. Ja. Ja.

Se mordió los labios, no quedaba mucho tiempo.

El escudo con el que la carreta había detenido el impacto de bala yacía en el suelo.

¿Por qué lo soltó? —preguntó Shirato mientras ella lo recogía.

—Quizá por el efecto dramático de tirarlo antes de asestar un golpe certero.

Se paró sobre el escudo, apuntó con el prostético hacia su enemigo y disparó.

Ah, esto será divertido e interesante… si se le permitiera a una katana inventar palabras, diría divertinteresante.

El gancho se afianzó con éxito en la parte trasera de la carreta. Agradeció al joven herrero que le hizo el prostético por haber puesto tanto empeño en el sistema amortiguador del codo, de otra forma el tirón de la cuerda le habría arrancado lo que le quedaba de brazo.

Las calles de Hirano nunca se habían movido tan aprisa, las luces de las lámparas de papel pasaban tan rápido que asemejaban luciérnagas que sólo encendían una vez antes de morir, hasta que no hubo más; ahora atravesaban el oscuro camino hacia la finca Hirano.

Bueno, ¿y ahora qué?

Presionó su brazo prostético para que la cuerda empezara a recorrerse, sus ojos ardían en la medida que se acercaba a la carreta. No le quedó más remedio que cubrirse los ojos.

¡Akari, cuidado!

Levantó la vista y un tentáculo en llamas le apuntaba con un arcabuz.

—¿Qué tan bueno eres bloqueando balas? —dijo desenvainando a Shirato.

Supongo que bastante, fui diseñado para matar demonios y entre ellos hay unos muy veloces.

Bang; desvió una bala con Shirato.

En efecto, soy bastante bueno.

—Pero si el movimiento lo hice yo. Tú solamente te limítate a ser resistente.

A ser genial, diría yo.

Akari concedió y desvió otra bala. Cuando creyó que se había librado de los proyectiles, un hacha volaba directo a ella; estaba a menos de un par de metros. Ni Shirato podría desviar un objeto tan grande.

Tragó saliva y saltó por encima del arma que se aproximaba. Suspendida en el aire tiró con tanta fuerza de la cuerda que por un momento temió que el amortiguador del brazo prostético no resistiría, que su hombro se dislocaría; apretó los dientes mientras soportaba el dolor. Aterrizó sobre la carreta en llamas, debía actuar deprisa o el fuego la alcanzaría.

Deberían pagarte extra por hacerlo con estilo.

—Te prometí que sería entre los ojos, ¿correcto? —dijo mientras mantenía el equilibrio.

La katana se arremolinó dentro de la saya, era hora de alimentarla.

Akari desenvainó y la carreta apenas sí tuvo tiempo de levantar la vista.

¡Síííí! —gritó Shirato mientras se clavaba justo en medio de los ojos del demoníaco vehículo.

La empuñadura vibraba con excitación, una cálida sensación al tacto invadió las manos de Akari desde el corazón de la espada.

¡Sííííííííííííí!

Sacó la espada de entra la carne del demonio y, por un momento, pudo sentir la misma revitalización que Shirato.

Pese a que estaba muerta, la carreta siguió corriendo debido a la inercia, sacudiéndose con violencia; el fuego empezaba a alcanzar a Akari.

Esto se ve mal —dijo Shirato, su voz un hilo, perdido aún en éxtasis.

Akari lo envainó y apuntó con el gancho hacia una de las torres de vigilancia de la finca de Hirano. Disparó y se elevó hacia la torre columpiándose en lo que disminuía su velocidad. Mañana sería un día especialmente terrible para su hombro.

El vehículo en llamas golpeó la puerta con apenas la suficiente fuerza como para alertar al interior, varios guardias salieron con agua para intentar apagarlo.

Aún columpiándose de su gancho, Akari cortó la cuerda dejando que el momento la enviara a aterrizar junto a la carreta. De aquel gran incendio sólo quedaban sus bigotes en ascuas.

—¿Qué significa esto? —el Señor de Hirano salió del interior de la finca acompañado por una decena de samuráis. Incluso a mitad de la noche, el Señor de Hirano estaba ataviado de manera elegante—. ¿Quién eres tú y cómo osas atacarme a mitad de la noche?

La cazadora sacó una pipa y procedió a encenderla con las ascuas del bigote de la carreta, luego se sentó en una postura que demostraba respeto al interlocutor. Tampoco podía extender tanto los límites de la paciencia de una autoridad.

Dio una calada tan placentera que de momento resultaba imposible que la ironía de Shirato no se volviera una realidad.

Sonrió de oreja a oreja.

—Hirano-sama —dijo—, no sé si ya lo sabe, pero el clan de cazadores de demonios Kinsora ahora ofrece servicio a domicilio.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

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