London, su mundo en llamas (‘Poe no ha muerto’, 39) by Félix Molina

Una mañana que London creía igual que las otras, el ingeniero se deslizó –contaba con una silla para ello, aunque solo se debía a su afán mecanicista: nada le incapacitaba– hasta la bandeja donde Valdemar, desde el dispositivo del sótano, le iba haciendo llegar las resmas escritas por Poe. Pronto se deshizo de la silla mecánica y empezó a dar vueltas por su buhardilla de lecturas. Todos los cuentos del escritor esclavo que había recibido en el último lote permanecían inconclusos… o eran el final de un relato cuyo principio no podía descifrar a la luz de las palabras que iba leyendo. Poe, determinado ya a su huída, se había encargado de dispensarle esta venganza que Valdemar remató metiendo en el discreto equipaje de Edgar Allan las partes conclusivas o los inicios de cada narración, justo las que le faltaban a London. Por lo que el descenso al sótano, que halló vacío, fue también inútil para continuar con sus lecturas.

Enrabietado, quiso encontrarse con Valdemar en el pequeño alojamiento con despacho que le había habilitado en la entreplanta del edificio, pero el criado –hasta entonces leal– tampoco permanecía allí. Y tampoco encontró a nadie en las dos plantas que alojaban al resto de su beneficiados, ocupados en esta o aquella simulación de alguno de los cuentos editados de Edgar Allan Poe, pero siempre a una hora más tardía, con el tiempo justo de poder estar preparados y en su sitio para la ronda obsesiva del ingeniero. La extrañeza le inquietó hasta el punto de recorrer en mangas de camisa toda la manzana que circundaba su mansión. Cerca de ella había dispuesto London el remedo o simulacro de El gato negro, pero en la desastrada vivienda de paredes negruzcas (el ingeniero no dudaba en reproducir cuantas veces fuera necesario el incendio ruinoso del cuento) no estaba el malhadado matrimonio, formado por dos borrachos habituales que no querían alojarse en la Casa London. Inquieto y desanimado, el ingeniero se sentó en una banqueta cochambrosa de ese escenario, mientras el gato protagonista, único personaje presente de la farsa, se colaba por un ventanal roñoso.

Volvió con gran desazón a su edificio, dispuesto a preparar el coche que lo llevase por todo Baltimore y sus alrededores, a la busca de sus vasallos, desertores de ese mundo de letras y delirios que el ingeniero quería volver de carne y hueso, criaturas anegadas en el fango de su locura. Abrió la portezuela del pescante y, junto a las bridas, halló dos figuras yacentes que dormían una propicia borrachera y hacían imposible tomar las riendas. Miró por la ventanilla la trasera de la carroza, donde yacían hasta media docena de cuerpos más, que el sueño había apilado. Así que London quedó varado justo en la puerta misma de la fachada que desafiaba la avenida central del puerto de Baltimore, allá donde había hecho de su loco afán y su pretendida filantropía el timón de la ciudad biempensante.

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