Ben y En (segunda sesamificación) por Diego A. Moreno

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Imagen tomada de Pinterest

 

 

Murmullos, murmullos. Una nota mal escrita, una docena de trabajadores nerviosos por la tardanza de la producción. Pero ya van. Listos.

Cámara, luces:

Acción.

—¡Hey, Beto! ¿Qué haces?

—No me chingues, Enrique…

—Pero si te veo muy caidito, muy taciturno.

—Enrique… no me chingues.

Dos estudiantes, uno bajo, otro alto, caminan por un extenso boulevard de la metrópolis más concurrida de su reino. Mientras sus acolchonados pies pisan el asfalto, admiran una estatua dorada que figura una cínica alegoría de la paz y hermandad colonial; ironía, porque un invasor la instaló, pero el nuevo, o viejo, régimen de aquellos tiempos no la quiso tumbar, sea por pereza o falta de ocio.

O quién sabe.

—Es que no me chingues, Enrique… Las cosas siempre se van a la mierda y luego a la recagada o viceversa. Todo apesta, ya todo me tiene cansado…

—No te pongas así, Beto, ya sabes que esos arrogantes siempre ganan, pero habrá un momento para ti–

—¡Eso mismo es lo que me encorva la cordura…! ¿Crees que mis testículos siempre van a mantenerse bien parados para que un ojete los patee y pisotee a como le dé su chingada gana? Estos los hijos de la tiznada siempre se salen con la suya. Siempre–

¡TRAS! Beto se tropieza al patear erróneamente un bote de basura y cae sobre el sucio pavimento, lleno de colillas de cigarros y líquidos de anónima procedencia. Una lata Campbells rueda y se esparce sobre el coladero próximo.

—¡¿Estás bien, Beto?!

—Ya, ya… ¡Ya! —Enrique grita con suma desesperación.

—Ay, Beto… Si te dijera. Con toda la verdad de mi alma, aunque me duela decírtelo, estas cosas de la farándula tal vez no sean para ti.

—¡No es cosa de pertenecer a una bola de hipócritas, Enrique! Es mi ufano deseo de tener voz, no quedarme estático en mi buró con una ociosidad terrible en ver cómo se desarrollan mis múltiples dramas imaginarios; o ver esas series anglosajonas, masturbarme una que otra vez para matar el tiempo, tú bien sabes, procrastinación pura; ah, y coleccionar estampas de jugadores de Rugby.

—¿Rugby?… Bueno, ¿en serio? Pos si te dijera, Beto, yo coleccionaba de Dragon B– —lo para Beto con un dedo en la boca de su amigo.

—No, no me digas nada, Enrique.

Da la vuelta y mira aquel monumento de un rey anónimo que monta un majestuoso caballo. Sí, ése, ese otro que es dorado, muy dorado, mas no de oro.

—Puta mentira ácida, Enrique. Ojalá mi padre fuera danés y mi madre inglesa o francesa, para así dármela de la alta alcurnia.

—Beto, tú sabes que eso no es necesario. La vida sigue su curso, aunque en el transcurso pos la pasemos un tantito de malas… —no termina porque Beto ve a Enrique con una cara cada vez peor.

—Bonito proverbio, Enrique, muy bonito, justo lo que necesitaba —le responde con sarcasmo.

—No tienes que ser sarcástico, Beto. Pero, pos, ya ves que aquel René Zapata no tiene nada de blanco, nada güerito ni nada bonito, y escribe perfectito.

Esto lo pone con los pelos de punta, que ya tiene pocos el ser amarillento de Beto.

—Que ya me sé ese detalle, pero ese güey si no es de la metrópoli, es un pinche extranjero, o de otro país hispano, así que me chingo porque soy de provincia y muy de provincia. Luego feo. Veme la frente, y cejijunto, parezco una banana arrugada.

En su mente, Beto imagina que escupe aquel monumento y orina la cara de aquel inmutable y formidable cuerpo escultural. Pensó que si hubo un modelo para la escultura, éste nunca imaginó que lo inmortalizarían para llegar a una época en que lo que representaba sería más detestado que las cartas de amor con mala ortografía.

—¿Pos qué más de provincia puede ser uno?

Ya exasperado, Beto se arranca unos pelos de su ligera mata, gruñendo el nombre de su interlocutor.

—¿Enrique…! Me cae que estás pendejo, aunque pa’ libar ni hablar, te pones hasta la madre… Te quedas calladito, como si el mundo no importara…

Enrique realmente se siente ofendido, hasta una lágrima se le sale por el comentario de su amigo. Hablar de su hábito de la bebida, entre otras orgías, no le agradaba tanto, ya que llevaba un mes en alcohólicos anónimos, dando un primer paso en no tomar un solo trago por días. Un gran avance para su antes incontrolable afección al alipús.

—¡Ahí sí no, Beto! Hasta tú eres buen bebedor, pero te pones muy hablador, yo en cambio… Ps, ya sabes, me botaba. Pero ya no, Beto, eso es historia del pasado.

—Nel, Enrique, eso me pasaba por accidente. No le eches tanta crema a los tacos. Sabes que cuando te pones así me rompes los huevos… Te aguanto nomas porque eres mi hermano del alma.

—Ya, Beto, eso ya no va a pasar. Déjalo en paz. Soy un hombre nuevo porque he buscado paz interior, justa la que necesitas, Beto.

Le paran un rato a su discusión. Parece que pronto va a llover. El ruido de los coches no es tan violento, a diferencia de una pareja de ancianos de apariencia gruñona, les lanzan improperios porque caminan por la calle y no por la acera.

—Además, Beto, esos premios no ameritan nada, el verdadero premio de la vida es haber–

—¡Chingados y rechingados! ¡La tuviste salar! Me encanija que siempre un pinche metropolitano o un súper criollo las tenga por ganar, me vale que luego me cuestiones que si soy racista o nacionalista, o ya de plano que soy un pinche pesimista… ¡Ni madres! Siempre uno se friega y se friega en el mismito fracaso… ¿Qué? ¿Qué si se trata  de conectes? ¿Palancas? No, no, muy de vez en cuando de manera honorable uno puede ganar un empleo, concurso o cualquier medio para obtener fama, dinero, y asimismo levantar el ego con mucho trabajo y esfuerzo… Ah, ¿no crees, verdad? Sí, como la veas, Enrique, yo tendría que venir de familia rica, noble o de abolengo; tendría que servir como lamebolas a un incuestionable hijo de puta; tendría que moler maíz con mis dientes para tamalear mis textos y hacerlos lo más interesantes posibles, y… ¡De todos modos me salen chilaquiles perdidos en versos…! Tendría que desgarrarme el alma y tirarme del monte para TAL VEZ los amarillistas me publiquen un libro y digan con sus patéticas voces “Esto lo escribió un muchachito después de leer a Demian”.

Hiperventilación. Cerca de ellos un alto policía intenta controlar el tráfico porque uno de los semáforos había dejado de funcionar. Parecía una enorme ave torpe que poco sirve para su función.

— Hey… ¿estás bien, Beto?

—Uf…

—¿Beto…?

—Ya… Ya, ya nada, Enrique.

La larga y amarillenta frente de Beto se posa entre sus ambarinas manos y reposa sus posaderas sobre la banqueta. Llora. La cabeza naranja de su hermanastro de la vida, horizontalmente desproporcionada, se asoma desde la penumbra.

Lo que no sabe ninguno, es que este es otro frustrante día más en el que se acerca a la victoria el impaciente personaje de Beto.

De paso, un vaguito con los dientes muy largos, ríe con mucho brío contando números y números, hasta que se desaparece en la lejanía, en la bruma del destino, gris y desconocido, al cual todos llegaremos algún día.

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

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