A la mesa del castillo por Alejandro Rabelo García

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El día de hoy tenemos el honor de recibir a Alejandro Rabelo García, un gran escritor de Villahermosa, Tabasco. Alejandro es un profesional de las letras con una obra ya publicada: Grimorio de los amores imposibles, y el tenerlo aquí, compartiendo un excelente cuento con nosotros, me llena de alegría. Espero, sinceramente, que la relación de MasticadoresMéxico con él sea larga y fructifera. Gracias por la confianza, Alejandro.

Británica puntualidad. Nunca desperdicio la oportunidad de presumirla como una de mis escasas virtudes. Mis amigos me critican por llegar puntual incluso a las fiestas. No les falta razón si me mantengo consecuente con mi buen hábito: Tras sentarme a la mesa antes que nadie, observo el arribo de los contertulios y me sitúo al alcance del paté de hígado de ganso, las galletas circulares de trigo y el untador limpio. El mesero, gentil y útil, rellena de sidra mi flauta de champán y me abandona a la escucha exquisita de Club verde, cuyas notas se pierden en el firmamento del Anáhuac.

La gélida brisa alborota mi cabellera. Suspirando placidez, me desabotono la gabardina. Reviso mi reloj escondido en el chaleco exactamente a las 9:16 de la noche. La terraza luce espléndida de ornatos florales y gonfalones relucientes mientras el valle duerme a la luz de la luna. Anolo en mi boca otro poco de sidra. Casi escupo el siguiente sorbo al sentir en el hombro una palmada y las palabras Guten nacht: Fernando Maximiliano vestido de civil, negros el calzado, el pantalón y el saco largo, inverosímiles el pequeño sombrero de charro y el pañuelo blanco, ocupa su asiento contemplando los monogramas en la vajilla. El mozo despacha la sidra pero un desganado Danke lo despide.

A punto de responderle, resuena el “buenas noches” de Agustín, desprovisto de botas de charol, florete, bandolera trigarante, casaca de dragón y bicornio. Más desenvuelto aunque ataviado nada más que en camisa y pantalón de manta blanca y rudas alpargatas, ordena con ademanes protocolarios su bebida y más viandas.

“¿Espera a alguien, caballero?”.

“A mi prometida”, extiendo mi mueca de dicha, “Bueno, en realidad se lo pediré esta noche”.

“Le deseo el mayor de los éxitos en su acometida, señor…”.

Pero antes de nombrarme, Vicente y Nicolás, joven el uno, el otro muy anciano, casi marchando se aproximan a las sillas que dejaron vacías el primer par. Jala el respaldo Nicolás: “Después de usted, general”, lo jala Vicente: “No, no, después de usted, general”. Estira la mano Nicolás hacia el fieltro carmín de la sentadera: “Será un honor para mí”, estira la suya Vicente: “Por favor, el honor será mío”. Continúan por un rato obsequiosos e indispuestos a ceder en rebuscadas cortesías ni siquiera por elemental agotamiento.

Me descubro riendo, extrañado, pero ya no retomo el diálogo: Agustín y Maximiliano se han levantado a bailar, cada uno por su cuenta, desplegando elegancia sobre la pista ajedrezada del alcázar, si bien abrazando el aire. Hasta ellos y su moda común de las patillas rubias a la mitad del cachete, se extiende mi extrañeza. Por un momento interminable, los contemplo en su vaivén entre sublime y ridículo, y se antoja así -infinita- la ocasión de integrarme por fin al espectáculo de la frivolidad. Verifico mi reloj. 9:16 de la noche. “Rarísimo”.

Sobre todo porque ya departen junto a mí Venustiano, fumando un habano cuya exhalación, como el narguile de un adicto empedernido, sale por los 5 agujeros distribuidos entre la pierna, el pecho y el dorso de la mano reposando junto al tenedor; Francisco Ignacio, indeciso ante el bocado, abre los labios pero no introduce nada (¿A qué horas sirvieron la crema de elote, las codornices en salsa de pétalos de rosa, las quesadillas de flor de calabaza y el agua de Jamaica?); y Álvaro, tumbado sobre la cena a pesar de los lentes, sosteniendo en la mano izquierda que le queda su retrato a lápiz.

“Espero que su amada sólo se haya retrasado”, me comenta Miguel en el extremo opuesto al mío, “Prefiero pensar eso a la posibilidad de que lo hayan plantado. Disculpe”, inclina ligeramente su busto condecorado, “quizá no debí ser invitado a esta velada”, sonríe, “Resulta que veo en usted una tribulación común: Mal de amores”.

“¿De veras?”.

“Sin átimo de duda, camarada”, y sus dedos enguantados le afilan los bigotes puntiagudos. “¿Sabía que fui el primero en vivir este palacio como residencia oficial? ¿No? Jajajaja. ¡Salud de todos modos!”, alza su copa y lo imito, saboreando la espuma residual del instante.

El aroma de los platillos estimula mi apetito, pero la impaciencia por ella me refrena y se vuelve notorio.

“A mí también me molestaba aguardarla en el palco de honor y todo para jamás danzar una pieza…”.

“¿Jamás?”.

“Lo tenía prohibido. Ojalá usted no”.

“Para nada: Si no la saco al bailongo, me mata”.

“Jajajaja. ¡Me mata! Jajajajaja”, ambos reímos, ríen Iturbide y Maximiliano desde sus piruetas acompasadas y vacías, tirando cenizas por los huecos de sus espaldas; Guerrero y Bravo ríen, abrazados del hombro y sangrando por los ojos; Obregón se ríe con la boca cerrada y Carranza y Madero con la pus escurriendo de sus orejas velludas; mi interlocutor, Miramón, se ríe enseñando su sonrisa desdentada; la risa colectiva de la orquesta y los cadetes surge de pronto al borde del castillo y sube la del pueblo desde el fondo de los volcanes; y dejo de reírme al percatarme que mi novia no vendrá, que los ecos de fastos imperiales y voces republicanas se quedaron en los muros prendados de alfileres de oprobio y desconsuelo y mi futuro recuerdo se pregunta si ha cumplido la etiqueta rigurosa que exigía la invitación.

Blog de Alejandro Rabelo: ContradicciónES.

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    Bienvenido a Masticadores, sin duda va a ser un deleite seguir leyéndote por acá. Muy buen relato, me gusta cómo nos vas narrando la escena, poco a poco develándonos el horror. Un montón de palabras que no conocía, me hiciste sacar el diccionario. Tengo un par de dudas: es naguille o narguille. No encontré átimo… Te dejo un abrazo y bienvenido nuevamente.

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  2. Hol, Ana. Gracias siempre por tus comentarios y opiniones. Fíjate que del mismo compendio de arcaísmos donde encontré átimo (Pequeño, mínimo, pedazo minúsculo de algo sin denotar sobra -como lo serían migajas, esquirlas o astillas- y más bien connotando algo intangible, como la luz o las emociones), encontré naguile, así, sin la “r” intermedia. No sé si es el desuso o la “corrección del reuso” -una palabra que vuelve a utilizarse o a popularizarse, pero como no se tienen fuentes suficientes de su auténtica moda, no hay forma de verificar si posee algún error-, pero admito que se se pueda corregir así: “Narguile” (la doble ele sería inapropiado galicismo), así que lo reenviaré a Edgardo. Abrazo para él y para ti.

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  3. Reblogueó esto en ContradicciónESy comentado:
    Mi estreno en esta maravillosa red de blog, con un relato inédito:

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