Amor sin pretenciones por Ana Laura Piera

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Foto por J Shim tomada de Unsplash

 

—Mira Mariano, hay luna llena. Su luz no pide permiso para entrar, me gusta su fría insolencia, ¿ves? 

—Prefiero mil veces mirarte a ti. 

Tita sonríe, pasa sus manos por la oscura cabeza que descansa en su vientre. Sus dedos huesudos y de uñas largas pintadas de rojo se enredan en el pelo negro y lacio. Mariano levanta la cara, de ella cuelga una sonrisa traviesa, parece un niño fraguando alguna fechoría. Poco ha cambiado él en los últimos quince años, sigue siendo el mismo hombre de aspecto anodino, de ojos pequeños y cuerpo de perro parado, sin atractivo aparente, eso sí, bien conservado, indultado por el tiempo y sus estragos. 

Hace exactamente la misma cantidad años, Tita Pacheco era la mejor con su físico de diosa y su dominio absoluto de las artes amatorias, entre sus clientes solo se encontraba gente de las más altas esferas del poder político y empresarial de México. ¿No se había suicidado el General Torres, enloquecido de amor por ella? Muchos hombres le habían ofrecido apoyo a cambio de exclusividad, pero Tita nunca sucumbió ante tales propuestas. Amaba la libertad por sobre todas las cosas y también disfrutaba el tiempo que le dedicaba a Mariano, al que no estaba dispuesta a renunciar por nada. 

Mariano, el insignificante, el oscuro “empleaducho” —como solía decir su madre—, que no tenía nada que ofrecerle excepto su compañía en las horas más negras; y su lealtad, su apoyo, su amor incondicional aún a sabiendas de la naturaleza de su trabajo. 

Tita ha cerrado los ojos, la lengua de Mariano se ha vuelto una mariposa que revolotea entre sus piernas y se posa en su sexo penetrándola dulcemente. Al menos el cáncer no le ha quitado eso, aún puede sentir. Su boca deja escapar los gemidos que nacen en su vientre y suben en tropel por su garganta. Sonríe. Pensándolo bien nunca ha sido libre, su cuerpo podía ser de todos y de nadie, pero su corazón solo de uno, y nunca conoció una cárcel más hermosa que ese amor sin pretensiones de su Mariano. 

Blog de Ana Piera: Píldoras para soñar.

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