Glyfada por Ángel de León

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Imagen tomada de Unsplash

 

 

Cuando pienso en Athina lo primero que aparece es un horizonte negro.

El mar mediterráneo y el cielo helénico se unieron para envolver la playa de Glyfada en una profunda oscuridad. La única luz que se resistía a esa sombra era su blanco vestido veraniego que ondeaba como una llama a merced del viento. Suave viento.

Decidimos caminar un largo rato en vez de tomar el tren en la estación cercana. Queríamos elongar la noche, dejar nuestras marcas en la arena y que ésta hundiera nuestros pies dificultando el paso, como si nuestro avance fuera proporcional al devenir del tiempo.

Su perfil se dibujaba sobre el negro. Athina caminaba junto a la orilla del mar, la mitad de su rostro oculto en las sombras, la otra mitad radiando con la luz de la luna.

—¿Recuerdas haber nacido? —podía hacer las preguntas más difíciles de contestar.

Negué con la cabeza.

—Pues yo sí. Tengo algunas imágenes en mi mente. Si me esfuerzo mucho por evocarlo, recuerdo salir entre sangre y placenta —hizo una pausa para asentir con la cabeza, como si se confirmara a sí misma sus propias palabras—. Puedo escuchar mi propio llanto. También hay una oscuridad cegadora. Es posible que sea que aún no abro los ojos, pero cuando pienso en esa oscuridad siento como si quisiera absorberme.

—¿Absorberte?

—En esa oscuridad no hay nada, al menos no por un momento. Entonces aparece el rostro de una mujer y pienso «esta es mi madre». Con tan sólo saberlo sentí una tremenda paz. Conocía cada detalle de ese rostro, como si fuera un conocimiento que traía al nacer. Aunque no puedo recordar lo que pasó después, mis memorias desde ese punto hasta los tres años son un bloque negro. ¿No es curioso?

Pensé muy detenidamente lo que iba a decir.

—No es que no lo crea. Es decir, es posible que recuerdes lo que se siente nacer. De alguna forma. Pero el rostro de tu madre, tal vez eso sea un poco más difícil de guardar en la memoria de un recién nacido.

Agachó la mirada y se mordió el labio, advirtiéndome de la posibilidad de que, pese a mis esfuerzos, la había decepcionado. ¿Por qué me costaba tanto validarla?

—Sé que es casi seguro que esté equivocada, pero decido creer que lo recuerdo. Hay algo sobre verme a mí misma de bebé, sofocándome en la carne de mi mamá mientras me empuja hacia la vida, y luego…

—¿Y luego? —pregunté escéptico pero dispuesto a ceder.

Una ventisca envió a ondear su cabello. Pese a que las playas griegas eran frías, la brisa sí que correspondía al verano y, como estábamos mojados por haber nadado desnudos, pronto la humedad invitó al bochorno.

—Y luego… bueno, ya conoces el resto de la historia —dijo con un pequeño aire de optimismo—. Tú eres la mejor parte de esa historia. Me devolviste la vida cuando yo pensaba que no podía tener una.

«¿Lo seguiré siendo cuando me vaya?» No me atreví a preguntar.

—¿Y qué tal las cosas con tu mamá?

—Desde que somos novios las cosas han mejorado en casa. Creo que le agradas más de lo que yo le agrado a ella. Me sorprende que haya accedido a que tenga un novio extranjero.

—Todavía puede ser mejor.

Ella asintió y me dio un beso en la frente.

—Te amo, Diego

—Y yo te amo a ti, Athina.

Recogí una de esas flores blancas que por alguna razón crecen en la arena y la acomodé en su cabello.

—¿Qué tal me veo?

—Hermosa.

—Entonces debes tener serios problemas de la vista. ¿Has considerado ir con un oftalmólogo?

—Sí, sé que debo usar lentes. Pero es mi visión de lejos la que falla, de cerca sí que veo bien. Así que tu argumento es inválido.

Puff, entonces debe ser un problema mental o una distorsión cognitiva.

Me reí para mis adentros.

—Sí, eso también. Pero no creo que mi ansiedad distorsione mis sentidos cuando estoy contigo. ¿Tan difícil es aceptar que eres hermosa?

—Bueno, pues sí, porque no lo soy. Más bien creo que tú sólo estás siendo mexicano —soltó una risita petulante—. He visto cómo los machos mexicanos mienten en esas telenovelas. ¿Cómo se supone que puedo confiar en ti si eres mexicano? A Thalía siempre le mienten.

—Es posible que sea el menos mexicano de los mexicanos —dije encogiéndome de hombros.

—Apuesto que le dices eso a todas tus novias extranjeras.

Le dije que ella era mi única novia en todo el mundo.

Hubo un espeso silencio que, de no ser por el vaivén de las olas, hubiera dado la impresión de que se había detenido el tiempo.

La larga caminata tiró la flor de su cabello un par de veces. Cada vez que se caía yo me detenía a levantarla para pronto devolverla a su cabello. Cuando se cayó por tercera vez, Athina se me adelantó y la recogió para acomodarla en mi cabello.

—Te ves hermoso —dijo, sonrojándose.

—¿Y dices que los mexicanos somos hiperdramáticos? ¿Qué hay de los griegos entonces?

Athina sacudió la cabeza.

—Te voy a extrañar muchísimo. Aún faltan cuatro meses para diciembre.

—La próxima vez nos veremos en México. Estoy muy emocionado por mostrarte la ciudad, para que veas que no todo son cactus ni calor como en esas películas estadounidenses.

—Pues a mí sí que me gustan las películas estadounidenses.

Le respondí diciéndole que todas eran mentira.

Se detuvo un momento. La firmeza de su brazo me indicó que debía detenerme con ella. Ahora la luna brillaba por completo sobre su rostro, ninguna sombra reclamaba su cara y, sin embargo, una bruma que no provenía del exterior se anidó en sus ojos. Apenas iba a preguntarle si pasaba algo, cuando perforó mi alma con el ofuscamiento en su mirada. Pese a ser la primera vez que veía esa sombra parecía tan parte de ella que por un momento me pregunté si no la acompañó siempre.

—Diego, prométeme; prométeme que siempre vas a amarme de la misma forma, que tu amor por mí no menguará. No importa lo que pase, pero si no puedes mantener tu promesa tienes que decírmelo, ¿vale? Si algo así pasara y yo no pudiera hacer nada al respecto… me sentiría irremediablemente triste. Me rompería.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué habría de amarte menos? No puedo imaginarme una vida así, ni siquiera intentándolo.

—Sólo prométemelo.

—Lo prometo, Athina.

Me besó y me envolvió en sus brazos por un largo, muy largo rato. El rumor de las olas rompiendo sobre la arena se mantuvo omnipresente, indetenible, jalando todo de vuelta a la oscuridad desde la que salieron.

Por si fuera posible, las nubes en los ojos de Athina quizá se habían escapado a formar parte de la noche, pues pronto la luna quedó oculta. Era hora de tomar el tren en la siguiente estación. Yo no quería que ese momento terminara. No quería que la oscuridad nos tragara… que nos llevara al mar.

(…)

A la mañana siguiente aguardamos con estoicismo en la sala de espera frente a los torniquetes para cruzar a la zona de abordaje.

Athina y yo hablábamos sobre lo que haríamos cuando fuera su turno de visitarme en mi país. Le conté sobre las playas de Acapulco, y que a pesar de que se había convertido en un lugar un poco peligroso y que los turistas de la Ciudad de México habían arruinado sus playas principales, había algunas que sólo los locales conocíamos. Eran playas vírgenes donde la arena era blanca y fina, casi como tela. Nada que ver con las playas griegas que estaban llenas de piedras.

—Si los europeos creen que esto es el paraíso, espera a que vean las de Acapulco.

Me besaba el rostro con ternura.

—Mientras —dijo—, estudiaré mucho, ya casi es momento de hacer el examen de la universidad. Quiero estudiar lo suficiente ahora para que cuando te visite pueda dedicarme sólo a ti, no quiero tener que preocuparme por nada más. Aún faltan seis meses, pero debo comenzar desde ahora.

—Serás una excelente psicóloga.

Envolvió mis manos con las suyas, a pesar de que sus ojos empezaban a humedecerse, sonreía con ellos; los míos también estaban húmedos. Habría dado todo con tal de que nuestros planes se hicieran realidad.

Ya casi era hora de abordar, estaba en el límite de tiempo; tanto así que en las bocinas empezaron a pronunciar mi nombre, advirtiendo en español con acento griego que era mi última llamada para documentar antes de que se cerrara el abordaje.

Le expliqué a Athina lo que acababan de decir.

Ella asintió, pero cuando intenté levantarme me sostuvo con fuerza, cortando mi avance. Un instante después cedió y la ayudé a ponerse de pie conmigo.

Caminamos abrazados hasta los torniquetes. Apenas sí fueron unos veinte pasos.

—Te amo, Athina.

—Te amo, Diego.

—Nos vemos pronto, mi amor.

Aquel mismo anhelo que ofuscó sus ojos se manifestó en un susurro desgarrador.

—No te vayas… Por favor… Quédate conmigo aquí en Atenas. Mi casa es tu casa, Diego. ¿Qué no los mexicanos dicen eso?

Mi corazón se hizo polvo y la abracé con el deseo de que ese momento durase por siempre. De no tener que irme. De tener más dinero y tiempo para quedarme con ella.

Nada de eso era posible ya, así que sólo la abracé, esperando que con la sola voluntad se cambiara el rumbo del tiempo. Pero claro que eso no era posible, fue el propio sonido de mi nombre reverberando en la sala de abordaje una vez más lo que nos devolvió a la realidad.

Nos besamos entre lágrimas y cuando traté de desprenderme para partir de una vez, me mordió tan fuerte que mis labios sangraron. Aún entre el llanto consiguió invocar todas las fuerzas necesarias para sonreírme con sus ojos una vez más.

Le di un beso en la frente con mis ensangrentados labios y crucé el torniquete.

Debí haber avanzado unos diez pasos antes de girarme, ella lloraba de pie junto al torniquete. Hice un ademán de adiós con mi mano. Entre lágrimas me envió un beso al aire que me ha perseguido a lo largo de diez años.

Pues nunca más la volví a ver.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

3 comentarios sobre “Glyfada por Ángel de León

    1. Qué bonito que te haya recordado a algo. La verdad es que pareciera que hay amores que nacen condenados, pero no hay más remedio que sortear esa certeza. Creo que si fuésemos completamente racionales, nos perderíamos de bastantes tristezas, sí, pero también muchas dichas. Y bueno, le dan a uno cosas para escribir.
      Saludos.

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