La estrella en la cajuela I (segunda edición) por Diego A. Moreno

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Dibujo tomado de Pinterest

 

 

FADE IN:

I

 

En una noche de estrellas estrelladas, Mauricio recargaba sus posaderas en un viejo Cadillac.

Desde aquel nocturno panorama, él y su automóvil parecen dos pequeños puntos debajo de la pintura de un cielo púrpura e inmenso. Se podría decir que el amanecer estaba avisando su llegada, pero la verdad es que este narrador no se comprende bien con la astronomía, así que, digamos, solamente estaba muy entrada la noche.

A Mauricio le encantaba contemplar la nada porque en verdad nada veía, parecía que contemplaba aquel cielo tan sublime con aquella mirada de bizarro jinete solitario. Él, inconvenientemente, tenía puestas las gafas de sol porque pensaba que le proporcionaban algún tipo de defensa o, incluso, estatus social.

Esperó minutos y fue a orinar a un feliz cactus, luego volvió al Cadillac y se recostó sobre el cofre. Duró, tal vez, una hora, hora y media.

Cerró sus ojos.

El sonido de un motor encendido lo despertó.

Fijó su mirada en la penumbra llena de fantasmas criminales.

Al percatarse de que eran dos camionetas blindadas y un auto de mediano tamaño los que rondaban por el área, las piernas de Mauricio comenzaron a temblar e hizo una mueca que lo hizo ver como un fiero protagonista de una western, aunque en verdad moría de nervios. Los hombres que salieron de los autos, aproximadamente unos quince, lo hicieron de manera instantánea; después vio al que parecía ser su líder, el único de los sombrerudos que tenía un puro en su boca; en dirección a Mauricio tiró una bolsa negra  que esparció moléculas del polvoriento suelo desértico.

—Aquí está el dinero pa’l sustento. Mañana, a esta misma hora, deberás haber pasado la línea… Y después esperarás a que la transacción se haga en el hotel seis.

Mauricio quiso hablar, pero el pavor ilícito le escondió la lengua y le tapó con duro concreto  la garganta; sin embargo, de nuevo, su cara decía todo lo contrario, como si él hubiera nacido para este trabajo.

El supuesto vaquero se le queda viendo.

—¿No hay alguna pinchi pregunta?  —Mauricio responde con un silencioso «no»— Luego no me vayas a hablar al celular porque se te olvidó algo, que si lo haces te destapo la cabeza, la orino, la cago y te cojo por los oídos junto con mis compas —los demás sombrerudos asienten. Abrió un poco la boca y asintió ligeramente—. Órale. Calladito. Hasta te ves chingón. Pues nos llevaremos tu carro, porque ya sabes que es muy importante que nadie te identifique con tu nombre o procedencia, así que usarás este que trajimos… —un Tsuru bien cuidado, pero de menor calidad que su auto original— Muy chulo, como podrás ver… Pero no te preocupes, todo está apalabrado; las placas están más chuecas que mi ver… —se refirió a su genital.

Quiso tirarse al suelo, defecar, llorar y darles un enrabietado escarmiento al grupo de hombres con sombreros, metralletas y botas de piel de avestruz. Posiblemente su Cadillac desaparecería de su dispensable vida.

Pobre Mauricio.

 

II

 

Casi amaneciendo, la carretera parecía contarle historias tenebrosas por las fibras de asfalto duro y agrietado. “No quiero llegar a la aduana, paniquearme, y gritar en vez de responder las preguntas del oficial gringo”, pensó.

Para esto, con sus honorables gafas de sol, que las sostenía a duras penas su pequeña nariz, extrajo de la guantera dos discos compactos que pudo rescatar: uno de música folclórica —es decir, para unos norteña, para otros banda—, y el segundo una crestomatía del rock de los noventas. Tiró uno de los discos al suelo, con el que se quedó en su mano derecha lo insertó en el estéreo.

Acordes simples, pero estimulantes para el cerebro se escuchaban en su provisional coche. Se preguntó, o eso parecía expresar su cara, qué habría en la cajuela y por qué demonios parecía escuchar ciertos golpeteos en dicha parte trasera. “Tal vez un animal; puede que un montonal de cajas con coca; o alguien que se lo va a cargar la v…”, elucubró.

Mauricio podía apreciar las luces de la aduana; “Demasiado altas para dejarte cegatón”, las criticó con los ojos entrecerrados. Sus manos temblorosas sudaban, mientras su mente le decía que mantuviera la calma, que todo saldría en beneplácito de su billetera y futura casa, o futuro coche, y, claro, posible futura mujer.

“Muy buenota tiene que estar la condenada”, a propósito.

Extrajo un sobre lleno de polvo blanco de su camisa, uno que le proporcionó su primo Salvador, que es tirador, dealer. Narcomenudista, pues. Recordó que se lo regaló para que tuviera nervios de acero en su empresa ilícita. Nunca, pero nunca había utilizado tal producto. “Recuerdo haber visto una película de un cabrón que se tragó kilos de esto y mató a un chinguero de mafiosos, pero terminó flotando muertito en la fuente de su propia casa”, recordó. Miró cómo temblaba su mano y acercó la pequeña bolsa de plástico a su nariz.

Inhaló.

Por primera vez en su vida aquel químico pasó por su cerebro.

La violenta acción lo dejó un poco aturdido y con la nariz blanca. Pronto sintió algo diferente, algo “rico”, según dictaba su voz interior, pero más que esa dulce euforia, no podía sentir el miedo de antaño. Ahora estaba preparado para la acción, aunque acción no debería de haber, no para este tipo negocio; bueno, fue lo que pensó y lo mantuvo heterodoxamente tranquilo.

Cayendo en un mundo de luces, focos rojos y oficiales imperativamente uniformados de azul prusiano, Mauricio ensayaba lo que iba a decir, algo como “Voy de compras; voy a visitar familiares; voy a donde me dé mi chingada gana”, sin embargo, nada de hablar de trabajo, eso nomas haría reír a su entrevistador y lo mandaría de vuelta a su patria con un cómico “adious, amigou”. Todo tendría que salir bien, porque de lo contrario, lo malo sería terrible, y lo que le sigue. “Me quitaré las gafas, sí… Pero qué ganas de salir del carro y luego echarme a correr. Creo que me sudan las patas”.

Probablemente en otro momento lo hubiera hecho.

Sí.

Todo salió tan bien al cruzar la frontera que el oficial hasta le deseó un buen viaje y, antes de su farewell, le contó un chiste nulamente gracioso y se despidieron con una cálida sonrisa.

 

III

 

Algunas direccionales a la derecha, otras a la izquierda, su trayectoria brillaba con intermitencia en el tablero. El efecto de la droga había disminuido.

Llegó al hotel que le había sido indicado. Vio su reloj, era temprano, más de lo que había planeado.

El morbo entró en su cerebro y quiso saber qué era lo que resguardaba dentro de la cajuela. “No, la curiosidad mató al gato, pendejo”, pensó en esa frase cliché, la que escuchaba cuando un personaje de alguna película regular, o esas de serie B, presagiaba el quid del conflicto, del cual harían posiblemente más interesante a la mediocre trama del primer acto.

En este caso tardó en pasar un poco más lo que no debía de pasar.

Subió a su cuarto; tiró el agua; cayó entre las sábanas como en un espacio sideral, pero, lo que menos tenía en esos momentos era sueño. No. Su mente pensaba de más. “Pinche perico culero; hasta me dan hartas ganas de coger”, y por eso mismo se masturbó; luego se comió unas papas fritas que había guardado para el viaje; prendió el televisor; hizo sentadillas; no obstante… Su cabeza sólo pensaba:


RE-VI-SA LA CA-JUE-LA

 

Salió de su cuarto a la media hora.

Bajó los escalones, se dirigió al automóvil, lo abrió y se quedó sentado un momento. “Me va a costar los huevos, si es que me va bien”. Apretó un botón y un clic sonó porque se abría algo en la parte trasera del humilde Tsuru. “A la chingada, voy a fijarme si está en buenas condiciones, sea lo que sea que tengan atrás… Capaz y hay un encabronado cochinero y me vaya peor si no lo hubiera arreglado antes”. Cuando salió, escuchó unos murmullos. “¡Chin!, es alguien, un culero… puta madre”. Cuando estuvo frente a la cajuela dudó un momento en abrirla por completo.

Dentro, una silueta comenzó a acongojarse.

Pensó, irónicamente, en lo que se le sentenció con anterioridad, en perder su virilidad orgánica por cometer tal riesgo.

De todos modos… Abrió la cajuela.

Sus ojos se abrieron como dos lámparas de estudio y su boca se quedó bien abierta, esto pasó por lo menos, durante cinco minutos.

[…].

Mel Gibson.

 

Continuará…

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

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