Poe y Marie: la huida (‘Poe no ha muerto’, 41) by Félix Molina

Se quedaron sin noche, Poe y Marie, mientras huían hacia el sur. Siempre atrapados en sus borracheras del puerto, y luego en los simulacros de London, apenas conocían cómo orientar sus pasos en un paraje así. Sin saberlo, avanzaron algunas millas y desanduvieron  otras. Reposaron en un palmo, el uno sobre el otro, mientras deglutían los trozos de cecina que llevaban consigo, y al amanecer otearon sobre una loma, como las antiguas tribus indias del lugar, algo que tenía que ser agua. Es el Patapsco, dijo Poe, más como un vaticinio que como un hallazgo. Marie mostró el primer alborozo de muchos días.

Pero no lo era. Si acaso algún tributario que los llevó, muchas horas de aburrido brezo después, a los bancales del río mayor, el que buscaban como puerta de una nueva vida. Allá quedaron, tumbados boca arriba, como los primitivos conestoga que se secaban al sol después de un baño de horas (como los jóvenes que inundaron cientos de años después esa parte de la bahía, nublados de marihuana y de cerveza, tengo que decir, nublado yo –a esta altura del relato—por la emoción). Permanecieron en un silencio que les permitía, doloroso, el recuerdo de la pequeña y gran esclavitud de sus vidas, sin que ya supieran cuál era la mayor, si el alcohol o la humillación de ser meros intérpretes en el escenario de un loco. Se explicaron muchas cosas. Cómo ya se fijaron el uno en la otra –y se supone que viceversa– en sus catres compartidos bajo el techo de las dos plantas del asilo del ingeniero. Cómo sus vidas transcurrían según la liturgia que imponía London, con casi un centenar de almas (y cada vez más, todas las que iba reclutando) representando un pequeño papel que alimentaba el delirio de su benefactor. Cómo varias veces intentaron aproximarse, pero tal o cual escena los separaba –Poe en su sótano, como el gran padre que pariese en el estómago mismo de todo lo creado a las figurillas que pululaban por el Baltimore exterior; Marie primero como asesinada en su propio crimen, luego como lectora y centinela–.

Mientras Marie se remojaba los pies destrozados por la caminata en las orillas de no sabían cuál río, Poe le asestó el último de sus miedos: que les diesen caza, que el protector de sus días se encaprichase con su verdadera muerte  –como lo hizo con las de los personajes de la Casa Usher, se sospechaba que con las de los de la villa de la Muerte Roja o, acaso, con las del matrimonio arruinado de El gato negro–, después de que, inopinadamente, se inventara aquella maniobra del cementerio para resucitar al verdadero Poe, cuyos huesos yacerían tranquilos a la sombra de su desastrada lápida. De aquella tarde del 8 de octubre de hace ¿dos años? recordaba solo el relámpago de las horas: la oferta alucinada del ingeniero (que llevaba días rondándole, reparando en su parecido y su aspecto); la noche densa y cerrada de Baltimore que siguió, atravesando con candiles, por donde nadie les viera, las calles blanqueadas de tumbas; el instante de la ‘resurrección’, que él mismo creyó, hasta considerarlo el primero de los días de su vida.

De todo ello les rescataron dos sucesos: el frío que ya helaba los pies de Marie  –inconsciente de sí misma hasta donde la narración de Poe le llevaba por recovecos espeluznantes– y la luz precisa de un espejo en la pequeña loma que coronaba el lugar, donde un viejo agitaba al aire la mano, primero con cierto ritmo, y luego casi con violencia.

Era Valdemar, que no los abandonaba. 

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