La estrella en la cajuela II (segunda edición) por Diego A. Moreno

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Imagen tomada de Pinterest

IV

La siguiente escena, aunque no dramática, es petulantemente extraordinaria: no es común abrir una cajuela y encontrarte a una estrella de Hollywood viéndote con ojos encolerizados mientras una cinta cubre su boca y, esa celebridad, aparte de su claustro, se encuentra amarrada con sogas bien apretadas que sujetan todas sus extremidades.

El olor al alcohol asedió las fosas nasales de Mauricio. También había otro detalle, algo que olía familiarmente muy mal.

El hombre aprisionado entre sogas y cintas adhesivas empezó a convulsionar contra la cajuela del automóvil; de igual manera quiso dar infructuosos brincos que lo lastimaban aún más; se escuchaban unos feroces «HUM… HUM» entretanto trataba de desamarrarse con jirones de sus barrotes de nailon. Incluso, creyó ver que algo de espuma salía por alrededor de su boca.

“Mel Gibson”; después enlistó en su mente: “Arma mortal, Mad Max, Apocalypto, y no-sé-qué-chingados- más…”.

Cerró la cajuela. Fumó un cigarro, el típico que se necesitaba para desvanecer las emociones de alta intensidad; el efecto de la droga —la otra, la del polvo blanco— había disminuido todavía más. Entreabrió el maletero y escuchó sonidos guturales que sonaban a anatemas, se le pusieron los pelos de punta; con unos breves golpes sobre el metal los calmó por un momento.

Se frotó la barba con su mano derecha por un tiempo indeterminado. Puso sus manos sobre la cajuela y expulsó un pestilente metano humanoide desde sus glúteos.

Desesperación.

Lloró un poco.

“Es una estrella de Hollywood… ¡Es como haber raptado al presidente de algún país del primer mundo! Y yo aquí de pendejo interviniendo en esta chingada blasfemia”. Siguió desarrollando la misma tenebrosa hipótesis dentro de su cabeza, así como sobre qué pasaría si Gibson desapareciera del estrellato: ya no habrían más películas épicas como El patriota, o un hagiográfico filme de La pasión de Cristo, o la ya mencionada Apocalypto, con esa exquisita trama que contó la historia precolombina de la madre patria de Mauricio, o sea, lo que pasó justito antes del trágico destino que le deparó a su antigua raza cósmica. Además, sabía que Gibson era católico, y Mauricio también lo era. Afortunada coincidencia.

El silencioso aire nocturno cobijó a sus pensamientos por una eternidad.

Hasta que…

“¡Suputa madre! Voy a sacarlo de aquí”, y giró para verse contra la tirana cajuela.

[Desarrollemos con este breve modus theatrum el siguiente y muy breve capítulo:]

V. EXT. ESTACIONAMIENTO DEL HOTEL SEIS – MADRUGADA

MAURICIO abre la cajuela; la luz de algún faro ilumina los ojos de GIBSON y lo aturden; Mauricio se toma diez segundos para dar un poco de drama, estilo, al pronto rescate; alarga una mano hacia la cinta que impide hablar a MEL GIBSON y lo primero que se escucha de sus labios endemoniadamente bermejos es:

                                                 MEL GIBSON

¡MALDITOS JUDÍOS, ELLOS TIENEN LA CULPA DE TODO…!

MAURICIO se queda callado con una interrogativa que posa arriba de su coronilla.

VI

Por lo que podrán suponer, queridos lectores, lo que sigue es que Mauricio tuvo gran dificultad para mantener en calma al astro de la cinematografía universal, ya que este no paró en farfullar palabras obscenas. Pero, viendo el lado optimista, Mel Gibson dejó de tirar dentelladas y comenzó a mirarlo solamente con ojos desafiantes, como avisando que, cualquier indicio que avisara peligro, su conocimientos de artes marciales los pondría en acción.

Y ya, sin problemas ni decoro, lo pudo desamarrar.

Los dos respiraban en el cuarto del hotel, uno viendo la hora del reloj de la radio y el otro, Gibson, se arreglaba sus imperfectos en la bañera.

[ADDENDUM: hemos tenido que traducir lo sucesivo, sea porque Mel Gibson tenía un conocimiento muy básico del español, el cual aprendió en sus múltiples visitas a países de habla hispana; la mayoría eran malas palabras bastante elaboradas, así, como si se tratase de un guion. De ahora en adelante lo que esté encerrado entre corchetes será el resultado de la humilde traducción que les proporcionamos.]

[—Te debo de dar las gracias, señor mexicano, por haberme salvado de un terrible final.]

Mauricio hablaba bastante bien el inglés, digamos que tenía un nivel intermedio, no obstante, con acento fuerte, así que no hubo problemas en la comunicación entre los dos personajes principales de este relato.

[—No hay problema.]

El delivery man —o en otras palabras, el hombre que hace los mandados—, así Mel llamó a Mauricio, no sabía qué sentir, sus palabras, hipótesis y teorías lo abrumaban, dejándolo beodo, vacío de sentimientos.

Los pensamientos de Mauricio rondaban entre qué debería de hacer, o qué pasaría si los descubren. Por supuesto que también generaba escenas trágicas dentro de su cabeza, que eran los dos desollados o castrados con tijeras preescolares, o repetidamente mutilados en sus más delicados bordes con cortaúñas oxidados. Pero el delivery man no era cualquier escuálido, no se trataba de un ser austero de valentía: afortunada, e infortunadamente, él había pasado por conflictos que lo habían obligado a exiliarse a los Estados Unidos por un considerable tiempo, lo que lo convirtió en un hombre más sabio, relativamente maduro, y le aportó el suficiente coraje en tiempos de crisis. Asimismo, sin ufanarse de ninguna manera, él ya había experimentado la acción de matar, específicamente a un hombre, pero por defensa propia, aunque este cometido lo dejó con los habituales estragos. Ese trauma lo hizo perjurar que nunca más utilizaría armas de fuego. No, no.

Así que, sin más rodeos, supo que era menester volver a enrollar fuertemente con cinta aislante al astro hollywoodense, o por lo menos formular alguna fabulosa escapatoria en la que ambos salieran librados de las huestes del mal del narcomayoreo.

[—Esos malditos bastardos me tomaron por sorpresa en medio de una bebida… ¡Cómo me cabrea que hagan eso! Ni a mi última pareja le daba permiso que me molestara cuando me tomaba un trago… —Gibson se quedó dubitativo— Pobre mujer, la hice sufrir años inconsolables. A veces la extraño.]

Mauricio siguió buscando respuestas a la escabrosa circunstancia en que se encontraban. “¡Cierto! Mel Gibson es un hombre internacionalmente famoso, él de seguro tiene contactos para llevarnos al otro lado del continente o escondernos en algún lugar especial, uno lleno de mercenarios o soldados de la armada gringa; o en fin, ¡chingada madre! ¡Podría salvarnos de que nos corten los huevos y ya!”.

[—Señor Gibson, ¿de casualidad usted no tiene a alguien que nos pueda sacar de ésta…?]

El hombre, que alguna vez fue un héroe ficticio de un espacio-tiempo post-apocalíptico, o también un policía bravo, gracioso y aventurero, sonrió, pero fue una sonrisa torcida, para nada un buen indicio.

[—Mi estimado amigo de negocios ilegales: no creo que alguna amistad mía pueda darnos una mano en estos momentos.]

[—Pero, usted es muy famoso, debe de conocer a gente importante que lo ayude hasta en este caso.]

[—No, no es tan así, sólo es dado por coyunturas fuera de mis alcances diplomáticos, porque da la casualidad que la mayoría de mis amigos están ocupados en fiestas privadas de alta importancia alrededor del mundo. Algunas igual o mayormente ilegales que su oficio, muchacho. O, bueno, ya muchos no son mis amigos; esos son unos imbéciles sensibles a noticias sensacionalistas que siempre apuntan en mi contra. Como si la libertad de expresión dependiera de mi culo —pausa—. Y mi ex esposa no creo que quiera escuchar mi voz otra vez en su penosa vida.]

[—Es imposible que con alguien como ustedes no se den solucione extraordinarias… Puede ser, de seguro algún amigo suyo tenga…]

[—No recuerdo el número de celular de ninguno. Tampoco, creo que es obvio, tengo mi celular, ya que se lo quedaron los hijos de perra que me secuestraron. Creo que hasta doy gracias por ello. Hay cosas que quiero olvidar de su contenido: fotos mías, de otras personas; videos…]

Pareciera que Mel Gibson cambiara de personalidad, a una de un ser vulnerable, consciente hasta del menor detalle de la saudade y melancolía. Un dolor antiguo, muy escondido, solapó a la conversación por unos efímeros segundos.

“Debí de haber dejado las cosas como estaban”, pensó Mauricio, “Una persona importante menos en el mundo, ¿qué diferencia haría? Nada, casi nada”. Como si le leyera la mente, Mel Gibson asintió, se limpió un poco del jabón que permanecía en la comisura de su boca.

[—Bien bien, creo saber la solución a nuestras penas y sinfín de problemas de esta terrible contingencia, pero, primero, cómo quisiera un trago de una cerveza fría y unos picantes nachos. ¿Me acompañas, muchacho?]

A Mauricio no le quedó más que hacer, ni qué pensar, aunque tenía miedo que los sombrerudos lo encontraran compartiendo risas y cervezas con su supuesto preso, mientras el supuesto y furtivo carcelero pagaría seriamente las consecuencias, al eliminar dolorosamente su virilidad.

VII

Mauricio no dejaba de ver el suelo y pensar en que cualquier momento los sicarios gritarían un desfile de groserías, exclamando vulgaridades a los cuatro vientos, y dispararían sus pistolas al aire, señal para el comienzo de la caza de brujas, en busca de ellos sin una sola pizca de misericordia. Hasta los entendería. Esta mercancía les costaría muy caro perderla, como a su Cadillac, que de seguro se encoentraba desmantelado en un basurero o al lado de una carretera poco frecuentada.

Por cierto, ya estaba muy entrada la mañana.

“Mel Gibson”, rondaba el nombre del actor entre los pensamientos de Mauricio, aunque no dejaba en claro por qué lo mencionaba, si acaso fuera  que le agradara su nombre o porque algo entre ese conjunto de letras lo atormentaba. Obvio, también él es causa de su presente mal. Y digamos que sí, ese personaje del espectáculo globalizado lo dejaba intranquilo solamente por el hecho de que a Gibson no se le quitaba esa tonta sonrisa de la cara, como si de nada agravante se tratara el asunto que les concernía, como si sus actuales, y supuestos, perseguidores fueran meramente inocuos conejitos de Pascua y unicornios que nomás se pueden encontrar en el delta de Tamaulipas.

Y pues, estaban bebiendo como antiguos camaradas de guerra en un pub irlandés atendido por descendientes de alemanes y polacos. Mauricio nunca había entrado a este tipo de cantinas, aunque no se le hizo muy diferente a otras de su clase, empero, le llamaba la atención que la gente era más gritona, alegre, su inglés era inestable, casi tan críptico y turbio como el de cualquier novato de la lingüística anglosajona.

Por otro lado, el que atendía la barra les echó un ojo y cuando vio a Mel Gibson hizo caso omiso como si se tratara de cualquier truhan. “Tal vez no vio sus películas”, pensó Mauricio al percatarse de los movimientos oculares del barman.

Estaban sentados en la barra. Ya varios borrachines veían a Gibson con estupefacción y él les enviaba un saludo levantando su palma, mostrando su sonrisa de oreja a oreja, esa que acongojaba a Mauricio. Después el saludo consistía en levantar el enorme tarro que escurría de espuma blanca; luego le daba un trago con aire victorioso.

Mel-fucking-Gibson! —dijo alguno del lugar. No faltaron los que querían tomarle fotos, pero los rechazó vehementemente, dando excusas de que podría perder un trabajo importante por estar en ese lugar.

Pero ya, calmada la algarabía, y de nuevo solos, ambos ajustados en la barra del bar, Mel dio un último y largo trago de su tarro.

[—¡Aaah…! Nada como una fría cerveza después de un sobrecalentamiento de neuronas… Toma, compañero, que no sabes cuándo hará falta una y no podrás saborearla con tus papilas gustativas… ¡Toma, por el amor de San Patricio!]

Mauricio asintió y dio un sorbo a su botella de Negra Modelo. Pensó en su vida, en la muchacha que deseaba que fuera su novia, en su familia que hace tiempo que no visita y en que si podría vivir una vida lejos de su país, y que fuera una vida lo más cercano a lo normal. Mel Gibson, por su parte, sólo saludaba a los presentes en el bar: rechazó dos autógrafos porque no le daba la gana escribir, sin embargo, les sonreía con la sinceridad de un buen compañero de bebida. Dio otro trago largo, emitió un «Aaah» refrescante y miró a su taciturno compañero.

[—Oye, ¿te dejan ver esas gafas? A ver, préstamelas.]

Mel Gibson, sin más aviso, le quitó las gafas de sol y se las puso. Mauricio lo vio sin mucho ánimo con sus ojos secos que denotaban miedo y cansancio; por otro lado, Gibson sonreía demostrando sus blancos dientes, luego transformó una mano en una pistola mientras recitaba el diálogo de alguna película de acción, que bien pudo haberla usado en una de las que él mismo participó, o no. Mauricio no reconoció el diálogo, pero trató de reír como cómplice de su humor gringo. Vaya que tuvo un ligero buen efecto.

[—Muy bien, muchacho, muy bien.]

Otro trago.

[—No te preocupes, que ya sé qué haremos.]

[—¿Cuál es el plan? —Mauricio pregunta con cierta timidez.]

[—El plan es sencillo, aunque no quiero hacerlo solo… ¡Con un demonio, no lo haría solo!]

Dio otro trago a su tarro, lo dejó vacío y pidió otro dando un golpe en seco sobre la barra. No soltó una palabra más hasta que consiguió más cerveza, pero ahora escarchada. “Se ve deliciosa”, podía apreciar Mauricio. Y Gibson, relamiéndo sus esbeltos labios, dio otro de sus largos tragos.

[—¡Aaah…! Esto con una hamburguesa, mucho tocino y unas papas a la francesa sería el maldito paraíso. La gloria, lo juro, la gloria…. Entonces, dime, ¿quieres añadirte a la empresa Gibson? No será una hazaña fácil, pero será divertida.]

[—No sé qué hacer con mi vida ahora… Ni sé qué quiere hacer usted.]

[—Oh, eso no lo puedo decir hasta que ya estemos echando manos a la obra. La cosa, como te dije, no es sencilla, pero para obtener el producto final se requieren los suficientes cojones para pelear.]

Mauricio bajó sus cejas y frunció su boca.

¿PE-LE-AR?

[—¿… Pelear?]

[—Sí, pelear. Prometo que después de este pequeño negocio tú terminarás libre, aunque primero tendrás que pasar unas excelentes vacaciones por Europa o China. Tu decisión. La cuenta va por mí.]

Mauricio no tenía pensado exactamente irse a vivir allá con los chinos, pero cuando Gibson se lo sugería, no sonaba a un mal plan, incluso hasta se imaginó casándose con una bella mujer asiática y tener hijos igualmente bellos. ¿Por qué no? Suena bien, bastante bien.

[—Bueno, pero necesito saber que esto es seguro.]

Antes de responder, Mel Gibson dio otro de sus tragos y habló:

[—Joven amigo mexicano, no se preocupe, que nada es seguro en esta vida, pero si estás al lado de una estrella de Hollywood, su luz también pasará a ti; brillarás, y como eres mexicano, y supongo que eres católico, igual que yo, entonces Dios siempre estará en los corazones de sus fieles seguidores, el pueblo elegido en su vasto reino aquí en la Tierra.]

Cuando terminaron esta, y la siguiente ronda, y otras más; pasaron los minutos, horas, muchas risas y sonrisas, hasta que Mel Gibson se puso al rojo vivo de la emoción y se sintió listo para iniciar su todavía no mencionado plan.

Mauricio pagó la cuenta.

Continuará…

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

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