El fiel Valdemar (‘Poe no ha muerto’, 42) by Félix Molina

Por toda la noche del sur de Baltimore los arrastró Valdemar con su carromato. Su rostro recortaba con pasión y osadía la brisa ardorosa que llegaba del valle. Y con una entrega que no podía ser mentira, pensaban Poe y Marie, devorando detrás suya lascas curtidas de pescado que les parecían un manjar exclusivo, comparadas con la habitual cecina. Varias veces cruzaron la mirada con el criado leal, tantas que les respondió antes de que le formularan pregunta alguna:

—Retuve a London todo lo que pude en la ciudad. Su mundo amaneció hecho un caos y eso le desconcertó. La mitad de los personajes de Poe, exalcohólicos como vosotros —dijo en un tono más confidente—, vagan desde hace unos días en la libertad más absoluta, sin obedecerle. Él permanece, posiblemente, recluido en su buhardilla, desoyendo invitaciones y cualquier tipo de vida social. Desanimado. Por deciros que el pájaro negro que hace las veces del famoso cuervo aletea por su habitación, mientras él recita en su pecho: Nevermore —insinuó, queriendo hacer un chiste que no entendían sus azorados pasajeros.

—¿Y la otra mitad? —inquirió Poe, el falso pero vivo Poe.

—La otra mitad nos ayudará a dejar todo esto sin que London se inquiete demasiado. O eso espero…

Pararon en un llano donde Valdemar tenía puestas todas sus esperanzas. Pero llegó de lo oscuro al carromato con la cara desencajada.

—No están. Pensé que al menos tendrían ahí amarrada nuestra salvación. Pero no. Llegamos tarde. Y necesitamos cruzar todo el Patapsco hasta el puerto exterior, y de allí al barco que nos espera, antes de que el ingeniero se alarme demasiado. Pronto reaccionará. Lo conozco.

En medio de esa desolación, Marie parecía consultar las estrellas, pero su observación no era tan inocente. De algún modo que ni ella sabía concretar recordaba con nitidez ese paraje. Una lengua de zarzas ondulante que llegaba de la umbría. Los arbustos coronando el vado del río. Un improvisado embarcadero que le trajo la memoria de su crimen, esa pieza cuya contemplación tanto entretenía, casi emocionaba a London: el marinero en la barcaza, deshaciéndose del cuerpo ya vencido de Marie (qué trabajo le costaba a ella afinar esa parte de su papel), sumiéndola en una negritud fría y legamosa de donde la rescataban de su falsa muerte los brazos del mismo hombre, una vez que el ingeniero se alejaba con su carroza.

—¡Por ahí! —gritó Marie, con una voz que era tan fuerte como su deseo de desamarrarse de toda esa farsa— ¡Seguidme! Conozco el lugar.

Solo tuvieron que recorrer un trecho mínimo. Oscilante, como un trozo plateado de luna en medio del gris simulacro de embarcadero, la barcaza resplandecía, ignorante de ser el engranaje de una tramoya que se había convertido, también, en el mejor regalo de esa noche. 

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s