La tortilla de Mariam por Mayté Guzmán Mariscal

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Imagen tomada de Pinterest

Desde que Mariam se había instalado a vivir con su hijo Adar en aquel vetusto edificio ubicado entre la iglesia y el mercado del barrio, la despertaba el penetrante olor a tortilla de patata que cocinaba, cada tercer día, como el que va a misa con puntual asiduidad, su vecino Iñaki.

Sin embargo, esa particular obsesión de Iñaki nada tenía que ver con la fe o la devoción. Mariam no terminaba de comprender por qué al vecino le obsesionaba cocinar tortilla a las 7.30 de la mañana, pero suponía que su horario laboral no era la causa, porque era un hombre jubilado y solo en contadas ocasiones abandonaba su piso, casi siempre entre refunfuños.

Eso lo sabía porque el vecino recibía la prensa a diario y el repartidor, a fuerza de mucho insistir, terminaba por llamar al piso de al lado, es decir, el de ella. Sólo entonces, cuando decidía abrir el portal, su vecino se dignaba a bajar por sus diarios, sin siquiera disculparse o agradecer su cortesía. Lo escuchaba subir y cerrar con llave; no volvía a dar señales de vida aún cuando ella se marchaba a trabajar.

Las vecinas del principal, que lo saben todo sobre todos, decían que Iñaki siempre ha sido un poco especial, sin entrar en más detalles. Creyó que se referían a que socializaba poco con los demás vecinos de la finca y a su evidente desconfianza, que podía ser una de esas manías que adquieren las personas solitarias.

Los días en que se veía obligada a despertar dos horas y media antes de ir a trabajar preparaba una buena jarra de café especiado para diluir el olor a cebolla frita mezclada con huevo. Y no es que le disgustara la tortilla de patata. Es más, ella cocinaba unas deliciosas y además le añadía espinacas y queso. El problema era que tenía una particular sensibilidad a los olores, sobre todo cuando acababa de despertar.

El joven Adar parecía adivinar los movimientos de su madre, pero prefería permanecer en cama un rato más antes de dirigirse a la universidad.

Cuando volvía de trabajar, Adar ya había preparado la cena. A veces le pedía que comprara los ingredientes y cocinaba el arroz con pollo y ciruelas que tanto les gustaba. Charlaban y después el muchacho se ocupaba de sus asuntos y ella se ponía a leer mientras descansaba; era en ese oportuno momento de relajación cuando Iñaki volvía a manifestarse; encendía el televisor con el volumen tan alto que Mariam tenía que encerrarse en su habitación para no escucharlo demasiado.

Además de tener un carácter muy afable, su madre la educó en el respeto hacia la gente mayor, por esa razón, en los últimos cinco meses que llevaba viviendo en aquel edificio, no había osado encararse con Iñaki, dando muestras de una paciencia sin precedentes.

Aún así, empezaba a sospechar que la actitud del vecino tenía que ver con su llegada al edificio, pues un día tuvo que volver a casa antes de lo habitual y escuchó como ponía cerrojo a la puerta justo en el momento en que ella entraba a su piso. Ese gesto se repitió en otra ocasión en que la puerta de él se encontraba entreabierta, pero al verla salir cerró de golpe y corrió el cerrojo sin siquiera dar los buenos días.

Un día de otoño, la nariz hipersensible de Mariam no reaccionó al olor de su tortilla recién hecha porque por primera vez, no la había cocinado. Al tercer día tampoco. Este hecho la preocupó y cuando llegó de trabajar en lugar de cocinar arroz con pollo y ciruelas para agasajar a su hijo, optó por cocinar su famosa tortilla con espinacas y queso.

Tocó el timbre del vecino y tras cuatro intentos, dio media vuelta. Entonces escuchó crujir la cerradura y apareció él con un semblante sepulcral.

—Buenas tardes vecino, ¿se siente usted bien?

—¿Qué quiere?

—Le traigo un poco de tortilla que he cocinado yo.

—¡Odio la tortilla de patata!

—Pero… yo creía que… como la cocina usted tan a menudo.

—Ya

—Entonces, ¿no le apetece un pintxito? Le he puesto espinacas y queso. Está buenísima, ande, cójala, ya me devolverá el plato otro día.

Iñaki acercó el plato a su nariz para olfatear la tortilla.

—No huele mal, me refiero a la tortilla.

El semblante de Mariam se endureció con su último comentario. Él por su parte se percató de su torpeza.

—Disculpe, a veces me sale lo bruto sin querer. Parece usted buena gente.

—No le quito más su tiempo, sólo quería saber si necesitaba algo. Por un momento pensé que estaba enfermo, pues ya no cocina usted de madrugada.

Ambos cruzaron las miradas y guardaron silencio.

—Bueno, tengo que volver. Si necesita algo, no dude en llamarme, ya sabe que vivo al lado.

—Sí, se lo agradezco señora…

—Mariam, mi nombre es Mariam.

Blog de Mayté Guzmán: Cualquier parecido con la coincidencia… es pura realidad.

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