Poe, Marie, el Berenice (‘Poe no ha muerto’, 43) by Félix Molina

Quedan, amigos solo 4 capítulos…

Llegaron, entre el racimo brumoso y acalorado del Patapsco y la primera luz de las estrellas, a la desembocadura del Outer Harbor. No fue una travesía larga, no podía serlo porque la chalupa que los llevó por el río apenas podía mantenerlos a los tres a bordo. Había veces que Marie rozaba con los volantes de su vestido la humedad caldosa del cauce, y otras era Poe el que se mojaba la levita gastada, mientras Valdemar intentaba enderezar el rumbo de la precaria embarcación y aceleraba todo lo posible el trayecto. El miedo de los tres desapareció cuando avistaron el bergantín que London utilizaba en su remedo de Un descenso al Maelström. El eficiente criado se las arregló para que los cuatro ex-dipsómanos que permanecían en el barco y en el puerto como un retén hicieran las veces de contramaestres. Poco a poco, desde el mismo momento en que vio determinada su decisión de desprenderse del delirio del ingeniero, pudo recabar lo necesario para un viaje oceánico: cartas de navegación, víveres al menos para dos meses –porque el motor que había aparejado London para ese simulacro estaba poco menos que para el desguace–, alguna medicina y suficientes barriles de agua.

Se embarcaron con la noche ya plena entre las velas del Berenice (así había llamado en su locura London al barco desguazado). Hasta el último momento vivieron –o más bien murieron– en la emoción de que el ingeniero llegase al embarcadero con su carruaje y los llevase de vuelta hacia su asilo y mansión. Pero, ceremonioso, Valdemar ordenó soltar amarras a la hora pactada con sus contramaestres y el bergantín dejó de ver en su línea del horizonte a Baltimore, la ciudad que fue testigo de aquella esclavitud de un loco, poco antes de la madrugada.

Poco he podido saber de aquella aventurada pero venturosa singladura, y ahora lo confieso a quienes han llegado hasta aquí con su lectura. No encontré (o no supe buscar) fuentes más certeras que me hablaran de aquellos dos meses y pico –el primitivo motor de vapor se mostró aún más tosco de lo imaginado por su exigua tripulación– de trasiego por un Atlántico Norte que se reveló embravecido, indócil, como si el propio piélago quisiera también deshacerse con su violencia azulosa y oscura del yugo de London. Apenas se dispensó espacio para el esparcimiento de la media docena de hombres y la mujer que ocuparon el Berenice entre junio y agosto de 1852, de modo que los huecos entre los mamparos sirvieron de improvisados camarotes para invocar al sueño o a la calma.

Pero, acaso por esa brizna de fortuna que me deparó mi parentesco, pude saber de esta imagen que ahora acaricio, en medio de tanta búsqueda, de este mínimo botón de Marie y de Poe durante su travesía que guardo en otro lugar más digno que mi bolsillo. En la primera noche, en una de sus primeras noches a bordo, dispusieron su equipaje en torno a un ojo de buey desde donde divisaban un trozo de luna agitado por la espuma más brava del barlovento. Poe, amaestrado por la antigua rutina del ingeniero, hizo de una caja de conservas un escritorio. Marie lo miraba al pie de la ventanita. Pero él destrozó el antiguo manuscrito al que daba vueltas y esa noche, esa primera noche, contó al oído de Marie, y solo para ella, la más nueva de sus historias. La de sus propias vidas.

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