Satie por Alejandro Villaverde Viayra

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Imagen tomada de Pexels.

—Nos vemos pronto, estoy cerca —dicho eso, se cortó la llamada. Cerró el celular, todavía era uno de esos viejos que se doblaban, principalmente era por nostalgia, pero tampoco había hallado algún momento para cambiarlo. Al menos era resistente

¿Qué tan pronto? ¿Qué tan cerca estaba? No podía esperar, pero no sabía si había hecho todo lo que tenía que hacer.

Estaba en el balcón, a donde tenía que salir para tener recepción, y entró al departamento. Usó el control remoto para accionar la grabadora, adentro había un disco que reunía las gnossiennes y las gimnopédies.

La cama estaba hecha, la alfombra aspirada y la lista de medicamentos del día completa.

«¿Ya había verificado que todo estuviera en orden?»

Corrió a la mesa de noche y la miró más de cerca, luego miró el reloj. Había esperado tanto que la siguiente dosis se acercaba. Sacó una pastilla del frasco y partió otra a la mitad; salió de su habitación hacia la cocina y se sirvió un vaso con agua. Raspaban su garganta al tragarlas, pero era una sensación agradable. Cuando había comenzado a consumirlas, ni eso podía sentir.

La amargura del sabor le recordó su punto más bajo. El tono confuso de la melodía que escuchaba en esos momentos se convirtió en golpeteos irregulares que le arrastraron al recuerdo y, en el recuerdo, a la vigilia.

La migraña era intensa. Todavía llevaba el atuendo de la noche anterior, su celular estaba tirado con la pantalla estrellada. Estaba muerto.

¿Realmente había alguna razón para levantarse de la cama? La persona que estaba en la puerta eventualmente se cansaría y se marcharía, entonces podría volver a dormir y con algo de suerte sería un sueño eterno. Solo algo así habría aliviado su cansancio, o por lo menos eso pensaba en ese entonces.

Los golpes en la puerta se volvieron más insistentes.

«¿Ahora que hiciste mal?» pensó mientras se levantaba.

El pasillo parecía tambalearse de un lado al otro e incluso las paredes escapaban a su intento de apoyarse en ellas. Fue un milagro que lograra llegar hasta la puerta sin caerse.

—¿Estás ahí? —la voz al otro lado de la puerta se quebró.

No necesitaba preguntar de quién de trataba, sabía bien quien era esa única persona que la buscaría a pesar de todo; quien era esa persona a la que le había fallado esta vez, que no era la primera y tampoco sería la última.

—Voy —intentó gritar, pero su voz llevaba mucho tiempo ahogada.

Abrió y ahí estaba, la luz del pasillo le cegaba los ojos y solo podía vislumbrar una silueta, pero sabía lo suficiente como para imaginar cada detalle de su cara en su perfecto lugar.  Las motas de polvo que salieron flotando de su departamento con la brisa que entraba y que ahora se arremolinaban a su alrededor le daban un aspecto casi angelical.

Cuando su vista se aclaró, la mirada que imaginó como de escultura griega estaba distorsionada en un semblante de preocupación e incluso parecía que un par de lágrimas luchaban por escapar de sus ojos.

—Realmente lo siento, mi teléfono se murió y luego yo… lo lamento, la verdad es que no tengo excusa. Además, te recibo de esta forma, probablemente apeste.

Y la respuesta era esa sonrisa comprensiva que había imaginado.

Incluso ahora, en el presente, podía vislumbrar esa cualidad divina. Aunque su departamento parecía menos un infierno, sus movimientos perfectamente calculados y su paciencia aparentemente infinita harían suficiente contraste con la realidad mundana.

Todavía recordaba ese día que pasaron en el sillón que con el tiempo se había desarmado. Su cabeza en sus piernas trazando remolinos en su cabello con una mano mientras que con la otra leía un libro delgado.

—¿Qué tal está tu libro? —preguntó entonces, incapaz de tolerar el silencio.

Primero asintió guturalmente y lo cerró, contemplándolo mientras organizaba sus ideas. Luego de unos segundos que parecieron eternos respondió:

—Lento y triste.

—Triste —repitió.

—Si, todavía triste. Empieza así y continua así, aunque me esfuerce me cuesta pensar que tendrá algún final feliz, ¿sabes? Me pregunto a veces si es como el autor se sentía acerca de su propia vida; si esa tristeza la era tan familiar que podía escribir tanto y tan minuciosamente sobre ella.

«Ni pienses que eres así, ¿qué es lo que has terminado? ¿Hace cuánto que no dibujas, escribes o programas algo? Lo abandonaste porque eres mediocre» atacó su cabeza.

—¿Cómo está todo? —pregunta, dejando el libro a un lado—, me dijeron que ayer te veías mal y decidí marcarte, cuando no respondiste temí lo peor.

«Varias veces le han dicho que no es responsable de lo que te pase, todos pueden ver que eres una espina clavada en su costado. ¿No sería mejor si pudiera abandonarte también?».

Se esforzó por buscar algo, lo que fuera, que no estuviera retorcido. No quería hablar de como cada día sentía como si el mundo fuera acabarse o más bien, como si estuviera siguiendo y dejándole atrás. Lenta y dolorosamente se separaba de la gravedad y se perdía en la negrura de la nada.

—Últimamente he soñado contigo —mintió.

—¿Y de qué han sido esos sueños?

La verdad, ni si quiera recordaba qué se sentía soñar. Sin embargo, si podía justificar la irrealidad en la que vivía cada día como si fuera un sueño, bajo esas condiciones lo que había dicho era verdad.

Pensaba constantemente en cómo estaría mejor si no tuviera que preocuparse, ¿por qué lo hacía en primer lugar? Terminaran como terminaran las cosas no era su asunto.

Quizá fue ese el momento en el que construyó el sueño en el que vivía en estos momentos. El sueño de un rencuentro en diferentes condiciones, uno en el que diría: «Has cambiado y eso es más que suficiente». Que fuera como conocer a alguien nuevo o quizá como un crecimiento.

«Incluso si eres idiota por ser cómo eres, o es idiota por tolerarte como eres».

—Una vez soñé que te ibas lejos y eras más feliz, soy tan terrible que me llené de celos, aunque la verdad es que debería haberme sentido feliz —respondió, tanteando el terreno—, haz hecho todo esto por mí y ni si quiera puedo pensar en tu propia felicidad. Bueno, no podía esperar eso si no puedo pensar ni en la mía.

Reía llorando. Su chiste había vuelto a desbaratar su frágil corazón, lo mismo que había sucedido la noche anterior y que muchas veces se había repetido. A pesar de eso, aunque recibió caricias para calmarse, no respondió.

—Voy a cambiar, quiero cambiar ¡esto no puede seguir así! —continuó.

Y así, tomo la decisión de comenzar un tratamiento. Desde entonces habían pasado casi dos años y vaya que fue un momento fortuito, la situación del mundo convirtió esa clase de visitas de soporte (o de cualquier tipo) en algo imposible.

Era sorprendente lo independiente que podía ser uno cuando existía el deseo de sobrevivir y no tenía otra opción.

Ahora las condiciones se habían vuelto más laxas y volverían a verse por primera vez. Quería mostrarle lo mucho que había cambiado.

Tenía una memoria prodigiosa que muchas veces había servido para atormentarle porque podía recordar cada cosa mala que le había pasado, cada error y cada fracaso.  Era quizá ese arrepentimiento lo que en un inicio había mantenido viva la llama del cambio.

Otra vez los golpes en la puerta le arrancaban el ensueño, esta vez de una manera mucho más amigable que en ese entonces. Recorrió la habitación sin problemas y abrió la puerta.

—Ha pasado mucho tiempo.

Ahí estaba como si no hubiera pasado ni un solo día, o tal vez como si hubieran pasado siglos. Una calidez extraña creció en su interior mientras que su cariño y remordimientos desbordaban sus ojos en llanto.

—¿Te sientes bien?

Le detuvo con una señal mientras se sostenía de la pared para controlar sus piernas temblorosas. No iba a arruinarlo, diría lo que tenía que decir.

—Sé que tardé mucho, pero ahora que estamos de vuelta no quiero disculparme porque sigo siendo terrible. En su lugar quiero decirte que te lo agradezco mucho.

Le miró con la gravedad que ameritaba el momento, tomándose su tiempo, haciéndolo lento con la finalidad de no olvidar ese momento como un primer reencuentro de, lo que esperaba, serían muchos más.

No era ninguna divinidad quien le había ayudado, era una persona como cualquier otra, con sueños e ilusiones y un corazón probablemente roto. Ahora podía verlo.

Era una persona a la que le gustaría conocer.

Blog de Alejandro Villaverde: Querido fantasma.

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