De sueños y recuerdos por Ángel de León

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Imagen tomada de Pinteres

No imaginaba que un recital de piano podía producir tanta ansiedad a alguien que sólo estaría en el público.

—Es que nada me aterra tanto como un piano —comenzó Hikari mientras deslizaba el dedo por el labio de la taza en una moción circular tan precisa que cabía pensar si otra moción era siquiera posible.

—¿Un piano? ¿Era por ese videojuego donde había un piano que te comía?

—Nunca he jugado videojuegos, Marianne —dijo como si fuera algo que ya debería saber. No me molesté, sabía que Hikari solía expresarse así—. Ojalá los fantasmas que atormentan mi vida hubieran salido de algo tan inofensivo como pixeles. Pero no es el caso.

Lo sabía bien. Siendo mestiza japonesa, la cantidad de miradas que recibía en mi vida cotidiana en el país del sol naciente bastaba para las pesadillas. Pero en el caso de Hikari, cuya madre era coreana, era más complicado.

—Mamá es una pianista de eventos. Ya sabes, de esas que se limitan a tocar para animar una boda o alguna cena de gente importante, aunque no lo suficientemente importante como para contratar un pianista, si sabes a lo que me refiero.

Le dije que lo entendía un poco.

—No podía quejarse, de hecho, el sólo reproducir una partitura le simplificaba la vida bastante. En esos momentos podía olvidarse de cualquier cosa que significara su andar por el mundo y entregarse a la simpleza de una pieza proscrita.

—No sé mucho sobre música, pero creo que entiendo a lo que te refieres. Una ejecución nota por nota tal cual lo indicaba la partitura. Mecánico, vaya.

—Sí, algo así. Unas pocas veces me llevó a esos eventos. Yo aprovechaba para comer muchos sándwiches y pasteles de la mesa de bufé. Cuando una es niña se convierte en una especie de agujero negro de los sabores dulces. Nunca es demasiado.

Asentí. Crecer con mi mamá en México me daba más opciones de las que suponía tuvo Hikari creciendo en Japón, pues aquí no había piñatas ni aguinaldos.

—Cuando mamá tocaba el piano en esas noches, yo sentía una ansiedad tremenda. Ahora puedo llamarlo así porque he crecido, pero de pequeña era como si algo en mi pecho amenazara con dejarme en un lugar muy frío del que nunca podría salir porque yo sería ese lugar. —Hizo una pausa y al fin dejó de dar vueltas al labio de la taza. Luego bebió—. En esos eventos, los ojos de mamá se ponían en blanco y un aura prístina se cernía sobre ella. Esa aura parecía haber atravesado toda la historia de la humanidad hasta llegar a ese momento, llena de propósito.

»Sentía que iba a vomitar nada más verla, porque aquella persona ya no era mi madre. La solución más sencilla era cerrar los ojos o mirar en otra dirección. Pero la música de su piano, aunque no me produjera una incomodidad tan intensa, me recordaba a cada momento que aquello en el escenario no estaba bien. —Se mordió el labio—. Tapar los oídos no servía de mucho.

Me sorprendí bastante. No imaginaba a alguien como Hikari superada por sus emociones, ni siquiera de niña.

—Debió haber sido muy difícil. Lo siento.

—Cuando tocaba el piano en casa era diferente, brillaba con luz propia. Me bastaba con escucharla para sentir que ella existía, que no estaba sufriendo el cobijo de aquella aura prístina. Aunque fueran las mismas partituras, la música no se parecía nada a las que emanaba de los pianos de los salones de fiestas en los que tocaba.

Volvió a guardar silencio. Bebí el resto de mi café y, antes de decidirme a llevar la conversación por otros derroteros, me interrumpió:

—Marianne, ¿alguna vez has escuchado sobre los recuerdos que no son recuerdos?

—¿Un recuerdo que no es recuerdo? ¿No es eso una ensoñación?

—Sí, creo que esa es la palabra. Conforme fui creciendo me iba acostumbrando a aquella dualidad. El confort de su piano en casa y el terror del piano de sus eventos. Aquello estaba superado, porque yo era capaz de trazar una línea muy clara entre cada uno de esos espectros. El piano en casa siempre representaba un lugar seguro. —Suspiró largo, de una forma poco característica a su temple—. Hasta que un día una ejecución perfecta y a la vez estéril de Pathétique de Beethoven me despertó con el mismo estruendo que un relámpago fuera de mi habitación.

Tragué saliva. Sabía que todo esto era lejano, pero no pude evitar ponerme alerta.

—La mayoría de las personas piensa que La Quinta Sinfonía es el epítome del terror. Pocos han reparado en la desesperación y angustia del primer movimiento de Pathétique.

—Aquella música…

—Sonaba exactamente igual que el piano en los eventos en los que tocaba de noche. La sombra prístina había llegado hasta mi casa.

»Ojalá pudiera decir que, aunque hubiera terminado por envolver a mi madre, al menos un dejo de ella quedaría presente, pero cuando mis pies terminaron de descender por la escalera, encontré una figura diferente. Llevaba un puntiagudo sombrero negro tan imposible que quise echarme a correr, sin embargo, Pathétique aceleró sobremanera y se apoderó de mi voluntad, llevándome hasta sentarme al piano; junto a ella.

—¿Ella?

Asintió con un movimiento de cabeza apenas perceptible.

—Decir que me miró a los ojos sería inservible. Lo correcto sería decir que sus ojos perforaron los míos hasta lo más profundo de mi cerebro, congelándome por completo.

Se encorvó en su asiento y comenzó a imitar una voz gangosa, lejana, primordial.

—«Me he comido a tu madre. Y ahora te voy a comer a ti». —Me erizó la piel. Hikari bufó y volvió a ser la misma imagen de la compostura, pero no del todo—. Quise creer que era una especie de broma, quizá era mi única defensa ante la locura.

—Pero tu mamá está bien, ¿no? —sabía que sí. No hacía mucho habíamos cenado las tres.

Ignoró mi pregunta y en lugar de eso dijo:

—Una podría pensar que una criatura de piel tan verde y dientes podridos apestaría a pura fetidez. Pero su aliento olía al perfume de azáleas que mamá usaba cada noche antes de ir a tocar.

»Tres veces a la semana soñaba esto. A veces cuatro. Eso es casi la mitad de los días que una niña vive en su vida. Sé que eran sueños porque esta otra realidad lo afirma, pero sucedió tantas veces que terminó configurándose como un recuerdo de algo que nunca pasó. Aún hoy en día me cuesta mucho tener que acercarme a un piano. Soy incapaz de asegurar si aquello fue sueño o recuerdo. Si la bruja en realidad vive en los pianos, entonces nada de esto sería real.

Esta vez el silencio de Hikari era diferente, la sombra en su expresión parecía uniforme. Me quedé pensando un rato en cómo hacerla sentir menos sola.

—Lo entiendo —dije al fin—. Entiendo la idea de los recuerdos que no son recuerdos, aunque mis experiencias con ellos son menos horribles.

—¿En serio? Me alegra saber que estos pueden existir de otra forma.

Trate de evocar una expresión de añoranza, inocente de las auras prístinas.

—Cuando era niña mi postre favorito era el Gansito. No es que me gustara mucho, digo, era rico, pero nada más. Era mi favorito porque la mascota, ese gansito tan blanco, me parecía tierno. ¿Alguna vez los llegaste a ver en México?

Negó con la cabeza. Así que busqué en mi celular la imagen para mostrárselo.

—No se ve muy especial.

—A mí me gustaba mucho, tanto que los comía a escondidas en la noche y no me quedaba más remedio que guardar los envoltorios bajo mi cama; acumulaba tantos que pensaba que, por tener muchos, el Gansito eventualmente nacería de ellos y tendría su casita bajo mi cama. Soñaba mucho con ello, o quizá solo lo imaginaba demasiadas veces, pero cuando veo mi infancia, el recuerdo de mirar bajo mi cama y ver al Gansito viviendo plácidamente, parece verídico.

—Los sueños no pueden ser recuerdos, ¿verdad?

—Para nada. Nadie puede asegurar que así nacen los Gansitos, ni que las brujas viven en los pianos o que toquen tan bien la música de Beethoven.

—La bruja vivía dentro del piano, de eso no me queda duda. Sé que me está esperando en uno de ellos. Lo único que le impide alcanzarme es la barrera que separa los sueños de la realidad —Sonrió para sus adentros y, por primera vez esta noche, se mostró genuinamente divertida; no me quedó más remedio que sonreír también, pero en mi corazón se anegaba la duda.  No podía recordar cuándo fue la última vez que pensé en aquello antes de hoy. ¿Realmente existía una barrera que delimitaba los sueños?

—Entonces —aventuré—, si miro debajo de mi cama podría encontrar al Gansito.

No esperaba que su expresión, que poco a poco revelaba matices de alegría, se ensombreciera de repente.

—Es mejor no averiguarlo, ese es terreno de los sueños. —Negó con la cabeza—. Imagina que yo escuchara Pathétique y me dejara llevar por su llamado. ¿Qué pasaría?

—No habría forma de distinguir sueño de la realidad.

Colocó su mano sobre la mía haciendo que respingara.

—Si no podemos asegurar algo sin una confirmación, entonces nunca podremos asegurarlo con una.

Nos despedimos porque ya casi era hora de que se fuera al concierto de conmemoración de la carrera de su madre. Aquello me parecía muy contradictorio porque, en esencia, se reconocía la trayectoria de alguien que se había distinguido por volverse transparente.

—Nos vemos pronto, Marianne. —Me abrazó con cariño pese a estar en público en Japón. Este tipo de actos de rebeldía poco a poco se iban configurando como una intimidad que sólo existía entre Hikari y yo.

En el camino de vuelta a casa decidí bajar una estación antes para comprar una crepa de fresa con pastel de crema. Como era de noche me apetecía andar junto al río para observar las luciérnagas, quería atiborrar mis sentidos con la esperanza de que me fuera sencillo saber cuándo estaba soñando.

La sombra de la mala hierba en verano caía sobre mis piernas, solo las luciérnagas me alumbraban. El maestro Basho había capturado en un haiku «Perseguida la luciérnaga / se esconde en la luna».

Y aquí estaba yo.

Una vez de vuelta en casa, escribí a Hikari para avisar que había llegado bien.

—Mamá está a punto de subir al escenario. Esta será la última vez, Marianne. La última.

Me duché y me metí en la cama, deseando con todas mis fuerzas no soñar esta noche. Había demasiado en mi mente.

El sueño no llegó pronto. No dejaba de pensar en si mañana volvería a saber de Hikari. Sabía que para estar segura sólo bastaba con echar un vistazo bajo la cama, pero algo me lo impedía. Aún si el Gansito brillaba por su obvia ausencia, habría roto la barrera que separaba los sueños de lo real, resolviendo la duda que no debía ser resuelta.

«Si no podemos asegurar algo sin una confirmación, entonces nunca podremos asegurarlo con una».

Me envolví en las sábanas y miré por la ventana; las luciérnagas volaban en la noche, pintando Tokio con el mismo tono que la verde luna de Venus. Acaso comunicaban cosas que a nosotras se nos escapaban.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

Un comentario sobre "De sueños y recuerdos por Ángel de León"

  1. Reblogueó esto en Tanuki de Cerámicay comentado:
    Booktráiler de mi siguiente novela: Marianne Kishimoto.

    Llevo bastante tiempo queriendo volver a escribir novela, y creo que se nota bastante en mi escritura que, lejos de parecer cuento, parece una escena aislada.

    Estar moviéndome en la publicación de mi novela Kiss the Rain, Dream the sun supone una inversión de tiempo dolorosa. En un mundo ideal un escritor sólo debería dedicarse a escribir.

    Pero como no hay más remedio, toca sufrir de momento.

    Espero que pronto la visión presentada, aunque sea sólo temática, en este texto, pronto se realice en la novela Marianne Kishimoto.

    Si la vida no me azota tan duro, espero tener el primer borrador para mediados de verano. Por ahora sólo puedo decir que será una novela larga (100-120mil palabras) y que se centrará en cuestiones étnicas del mestizaje y nacionalismo homogéneos la sociedad japonesa presentadas desde la surrealidad.

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