Cacarámba (primera terrorificación) por Diego A. Moreno

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Imagen tomada de Pinterest

Cacarámba, con ojos desorbitados, estaba en el pórtico hablando consigo misma.

—Cuándo llegarás mi amor, vida, del todo consuelo mío, mío…

Cacarámba siguió sin respuesta, así, meses, años; pero de tanto hablar sola, desde su psique se creó una voz divina, sabia, que todo lo sabía, todo lo sientía. Era, de hecho, la citación de las últimas palabras de su amado, antes de partir para nunca jamás verlo de nuevo.

«Sigue mi consejo, y no mires al ufano Océano, si no, morirás de soledad en él, ya que, el temible abismo de Neptuno, es tan profundo, triste e infinito, que te comerá viva; pero antes de morir, suspirarás la más terrible tristeza…».

Así, Cacarámba recordó por un tiempo esas palabras de su dios interior.

(…).

La vida pasó como un rayo entre la sequía: experimentando el mundo llano y estéril, pasaron por su cuerpo hombres de aquí y allá, con romances efímeros; tasqueras, borracheras, y un alma diferente dentro de ella, con el pesar de una ausencia que se ha vuelto eterna.

(…)

No obstante, con tales vicisitudes de la vida, todo cambia, y ella ya había roto aquella promesa que se hicieron los dos.

El mar, infierno del señor de las algas, volvió a sus ojos.

(…).

Adiós Cacarámba, el mundo no fue hecho para ti, aunque puede que en el otro, acuoso y caótico, sí.

(…).

Y Cacarámba cae desde su terraza porteña hasta hundirse fatalmente en el temible panteón de piratas, el cual la devoró sin dejar rastro alguno de ella… el aire salió muerto desde adentro, para que ahora navajas de minerales extraños entraran, convirtiéndola una con el mar, para siempre.

(…).

Ahora, en cada muerte de los acólitos del Amor, la espuma de ese mar se vuelve a ratos oscura; de luto se balancea por las noches, con la luna clara y brillante; después, esperanzadora por las mañanas, con la eterna espera de ser amada por alguien que hace muchos años la dejó por otro.

*

Julián vivía con sus tres hijos y un hombre que le hacía segunda de padre, o, cuando era necesario, de madre.

Ya sus vecinos los empezaban a ver con ojos inquisitivos, porque algo raro pasaba entre ellos, una práctica sumamente anti-natural. Pietro, un hombre bonachón, austero, siempre alegre, juega con los infantes a la Rueda de los Pícaros Santos, con tal algarabía que le hizo recordar su pasado: allá, lejos, muy lejos, del otro lado del charco, sabía que dejó un asunto pendiente, el cual nunca pudo olvidar.

La mujer del pórtico.

No supo cómo contárselo, decírselo. Ella era tersa como una tela fina, sus ojos siempre expresivos, risueña, similar a Pietro, pero sin lo que él pedía, lo que en verdad deseaba en su sexo. Perdido alrededor de recuerdos fatigosos, saboreó las malas decisiones del pasado, aun cuando ahora vivía a plenitud.

Tampoco ignoraba la pronta huida, sin embargo, ahora acompañado con el verdadero amor de su vida, y tres pequeños ángeles que los acompañaban. Mañana, por la noche, en sigilo pasarían por las calles de la ciudad portuaria, para irse lejos, muy lejos de nuevo, en algún lugar en que su praxis no sea vituperada por las extemporáneas tradiciones que les acongojan. Pasará, pasará, todo esto pasará.

*

Ya de noche, enquistado en un sueño que lo ahogaba, Julián despierta tosiendo un contenido ajeno a su fisiología; era una baba oscura, verdosa si la noche no cubriera su cromática identidad, y se asustó mucho. Se sentía enfermo, pero aún funcional.

Y no había nadie en su cuarto, solo él y un extraño vacío. Bajó de su cama y vio que, de un camino baboso, algo marcaba una marcha hostil de un ente invasor; siguió el trayecto, y este apuntaba también al cuarto de los niños: tampoco se les veía, como si la huida hubiera comenzado sin él. ¿Qué habría pasado?, ¿algo se salió de sus manos? Lo ignoraba… y a la vez no. Escuchó la voz del mar.

Femenino.

Remoto.

Corrió hacia afuera, semidesnudo, despertando a los vecinos que siempre estaban a la vista de sus raras acciones de pareja entre homogéneos. Él no pudo contenerlo, porque algo terrible estaba pasando. Lo presentía.

Desde los albores de su infancia, siempre supo presentir cuando el mal lo acechaba; como allá, en su tierra natal, tuvo que escaparse de los demonios que lo acosaban constantemente. Ahora ha vuelto a renacer aquel pérfido sentir, del cual tenía que resolver pronto, o todo acabaría en el peor de sus temores: quedarse solo ante un mundo lleno de depredadores.

Así, sufriendo dolores por el despiadado suelo, sus pies palpan arbitrios de la naturaleza, dejando a su rastro motitas de sangre. El mar, el mar, allá al Este…

Lo que temía estaba ahí, frente a él: el amorfo reino del inframundo, seres que rehusaron respirar el aire y en vez amar el agua que oxigena sus pequeños cerebros; éste ha vuelto a sus ojos, soslayando un mandato que se tenía como primordial. El camino lo guio hasta ahí, para que la Selene iluminara aquel promontorio de rocas y mar.

Ahí había algo.

No lo veía, pero sí lo sentía.

Todavía temeroso, caminó hacia esa extraña zona, la cual antes no pertenecía a su orgánica geografía, pero sí para esta noche. Ya lo suficientemente cerca, vio a cuatro cuerpos, uno más grande que los otros tres, variando en sus pueriles pequeñeces; eran como seres de alas conformadas de plantas marítimas: sucios ángeles del mar. Sabía quiénes eran y ahora veía sus ojos bien abiertos, bocas igual, algas y crustáceos dominándolos en una mortecina romería que lo dejó sin aliento.

Y de pronto todo fue luz; luz de mañana.

Aquellos diminutos seres se habían detenido. El mar también, junto a gaviotas y pelícanos congelados. Cada animal perdió su cara, y a cambio tuvo una muy peculiar, alienada a su natural estado, antropomórficas, de una mujer perdida en el tiempo.

Cacarámba miraba a su antiguo amante con miles de ojos repletos de las emociones más inmundas del quehacer humano. Julián, atrapado en ese ritual diabólico, de sus ojos solamente expelió sentimientos encontrados en una rendición irrevocable. Un olor fétido, pútrido, marítimo, lo inundó hasta que su visión se perdía, se perdía…

Y las burbujas se llevaron  a su consciencia hasta las indómitas profundidades de Neptuno, donde su alma repasaría una y otra vez aquella escena, de pérdidas y reencuentros, así hasta que el fin de los dioses antiguos pase, y la vida replantee su cosmos y funciones, después de una eternidad llena de divinas frustraciones.

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

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  1. Diego Moreno dice:

    Reblogueó esto en Kentucky Fried Lit.

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