Londres, no London (‘Poe no ha muerto’, 44) by Félix Molina

El 27 de agosto de 1852, John Wilkins y Mary Wilson –ya nunca más Poe y Marie—arribaron a los Docklands del puerto de Londres, tras un agradable paseo fluvial por el Támesis después de tanto y tan duro océano. Los acompañaba una tripulación de cuatro marineros que se desgajaron a su llegada a Europa –como si fueran libertos malavenidos– y Ernest Kingston, ya nunca más Valdemar.

Los primeros meses de John, Mary y Ernest en el viejo Londres fueron acaso más inhóspitos que el océano, donde conocieron la fiebre y hasta el hambre, apaciguada con una reserva de la odiada cecina. Pero el eficiente Valdemar supo servirse de su británico apellido (tampoco le fue mal con el de Poe) y se enrolaron en una compañía de estibas que, junto con las pocas libras que les deparó el desguace del Berenice, les valió para alojarse en una solo digna pensión de la dársena de St. Katharine. Ninguno de los tres volvió a beber y Ernest, después de prestar el último servicio del empleo de John –y hasta el de Mary, como costurera de sacos–, supo distanciarse de ellos, como hundiéndose discretamente en la niebla de la ciudad.

Ni John ni Mary tenían la edad para embarcarse en un nacimiento. Fue quizá el deseo de desprenderse aún más con su nueva historia personal de la fantasía perversa de London –con quien seguían soñando, alternativamente, cada una de sus noches– lo que les hizo engendrar años después, en el silencio oscuro de una alcoba portuaria, a Lewis, quien después conoció a Rose –ya lejos del puerto y de la estiba–, quienes en un solsticio de la campiña londinense, aquel verano inusualmente caluroso, engendraron a otra Mary, aquella que conoció a un George –mitómano y excéntrico lector– a quien le debo el conocimiento de Poe Wilkins–, aquella que fue y es mi madre.

Jamás1  volvió a descender mi inopinado bisabuelo –él siempre lo consideró un descenso– a la escritura. No le dejaron ni la carga y descarga de mercantes, con sus pesadas bovinas y su prisa, ni Lewis, que lloraba intempestivamente, a horas que le recordaban las más creativas del sótano…

  1. Miento, y ni siquiera deliberadamente, porque todo lo escrito es también un borrar de detalles y circunstancias para que lo que resplandezca sea nuestra idea. Entre la grúa y el llanto, Poe Wilkins se las arregló para pergeñar una especie de confesión que hizo llegar a un periódico local de Baltimore, donde apareció publicada –junto los ecos de una verbena y las mortuorias– un 15 de septiembre de 1862.

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