Los señores de la verdad (segunda edición) por Diego A. Moreno

B56B97BA-0082-411B-8209-32C4AE10AB53
GIF tomado de Pinterest

Despierte, Señor de la Verdad…

Chispas y estrellas terrenales.

Rojo.

Luz.

Las pupilas se dilatan, después se contraen.

El Señor de la Verdad se da cuenta que sigue vivo, nada en su mundo desapareció. Un duro pesimismo entra en su ser; y ese mismo día quiso decir la verdad, acción cáustica que rompería con todo esquema de su labor periodístico.

Oculto, detrás de su escritorio ovalado, se abraza a sí mismo. Congela los minutos de falacias encontradas en un sólo sentimiento: el escozor de esos discursos, espejismos de significados, palabras diáfanas que se diluyen con un poco de criterio o razonamiento crítico.

Abre su boca, apenas dos centímetros, o tres. La vuelve a cerrar. Su compañera intenta motivarlo; ella es Luisa «Algo», de quién no recuerda su apellido, que a final de cuentas es innecesario, prescindible; mejor ponerle un número, muchos números, sí, de los tantos mercenarios de la información que hay; qué importaría saber sus apellidos, procedencias, sólo son relevantes por sus atractivas voces, resplandecientes sonrisas y que hagan bien su trabajo como Señores de la Verdad.

Mentir.

Ese día no se aseó, ni usó su fragancia de sándalos.

Cierra los ojos cuando comienza el aparato introductorio a su programa.

Recuerda las amenazas.

Ve las fotos de sus hijas en un paquete furtivo que llegó a su casa.

La llamada. Esa voz, ajena a lo lítico.

Tiembla.

Lentamente soterra  a sus sentimientos más humanos; abre de nuevo los ojos; mira a su colega y ésta dice su nombre, el de Luisa y «su número de serie», luego él, por algunos segundos incómodos, se paraliza en su asiento. El helado mandato de no ser lo que se quiere ser; no hacer lo que se quiere hacer; morirse por dentro para renacer como una quimera de las redes informáticas, una leyenda innecesaria que cuenta mitos necesariamente digeridos por la sociedad, así para propósitos ulteriores al bienestar social.

Sonríe para el público; las cámaras apuntan a él.

Violines violentos; allegros extraños; muchas cuerdas afilándose en ritmos espasmódicos; y un sinfín de pentagramas llenos de notas agresivas, yuxtapuestas, que no acaban, que no descansan.

Ya el trabajo está casi hecho.

Sentimiento de frustración, equívoco de sus propios ideales, él tiene que fluir con lo dictado, seguirle la corriente a su compañera, que ahora se ha vuelto un enjambre de números que caen en cascada…, hasta llegar al interludio.

Mira sus manos, ellas también son números; todo es números suicidas, cayendo al precipicio de un ser vacuo, sin funciones de autodeterminación; parecen moscas, el del script y cámara son los peores; Alicia está comiendo mierda, un material apestoso que aúlla del placer–

Oscuro.

Toma aire.

Respira profundamente en un método emergente de relajación.

Escucha sus propias respiraciones, poco a poco renovando sus sentidos, aquellos que intentan mantener la cordura. La fragancia del tiempo y sus estaciones; mosquetas, tierra mojada, un niño quejándose porque se cortó el dedo…; un túnel brilloso se abre a su vista interior, viajando por lo más recóndito de su subconsciente…; cayendo, cayendo como cascada…

 Y recomienza su vida ilusoria, donde cheques grandes se añaden a su cuenta de bancos, y su alma despaciosamente se vacía de tanta verdad ficcional.

Blog de Diego Moreno: Kentucky Fried Lit.

Un comentario sobre "Los señores de la verdad (segunda edición) por Diego A. Moreno"

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s