El simulacro (‘Poe no ha muerto’, 45) by Félix Molina

Entre los papeles de George, a quien solo vacacionalmente puedo llamar mi padre, encontré poca cosa de su pareja y madre mía, Mary Wilkins. Pero una carpeta con olores frutales y guardas con caligrafía inglesa antigua se había sucedido en las mudanzas familiares –el  puerto, la campiña, la City–,  con una inscripción inequívoca: ‘Papeles de Poe ‘ (‘Poe’s Papers’). En una nota tan escueta como caótica, mi abuelo Lewis Wilkins venía a decir que esa carpeta contenía escritos que su madre Mary le había confiado sobre el simulacro de su padre, John. Me llamó la atención el latinismo (‘simulacrum’, mientras uno podría esperar un ‘drill’), que tan ajeno resultaba a la naturaleza de mi abuelo, un señor que a sus noventa años bien pasados había sobrevivido a dos guerras mundiales e insistía en mantener con vida a una planta de geranios españoles.

Como Bourton-on-the-Water no me resultaba con el Morris muy lejano, y me apetecían el rodeo por el valle de Oxford, la verdina del puente y el chiste con el bourbon con dos dedos de agua de mi abuelo, me planté en dos horas y pico en su casa con terrazo rojo y yedra. La secuencia fue la siguiente: mi abuelo habló de moluscos y crustáceos, tipos de margarina, la exterminación de las lagartijas de jardín, el inevitable chiste –mientras compartíamos el trago– y, por supuesto, las matas de geranios españoles. Solo hacia el final del día, con el ascua del sol asomando por la pérgola de lilas, me cedió una libreta vieja y manoseada, con la misma letra que la carpeta que encontré entre los papeles de mi padre. La había llevado consigo toda la mañana, desde el mismo momento en que le pregunté sobre el simulacro, pero se valió de su táctica habitual para que nuestra conversación no derivará a temas distantes de su huertecillo. Luego, cuando me cargó media docena de botellines de su propia sidra en el Morris y me vio aposentado junto al volante, ya se sintió a salvo para entregarme la libreta y casi musitarme:

—Es de tu bisabuelo. Se vio obligado a disfrazarse de poeta, junto con veinte o treinta personas más, todos borrachos y pobres. Tu bisabuela también. Hacían una comedia para un ingeniero, el constructor de media flota comercial de Baltimore, un tal London. No solo se disfrazaban, también interpretaban cuentos de Poe para él: El gato negro, La carta robada, El escarabajo de oro…—y bajó todavía más la voz, hasta hacerla más bien inaudible. Como para no darle importancia a este parlamento (preocupado como siempre por la noche y el camino), añadió: Aquí está todo.

Con la excusa —llegué a pensar— de franquear la verja y volver a cerrarla me siguió por el pequeño trecho (no más de cincuenta metros de los famosos geranios) hasta donde terminaban sus posesiones y allí sí subió, extrañamente, el tono de su voz para casi gritarme con su mano ondeante:

— ¡Él hacía de Poe!

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