Carta al Baltimore Saturday Visiter (‘Poe no ha muerto’, 46) by félix Molina

La próxima semana acaba (después de 47 semanas) esta formidable historia. Si quieren comprar el libro está a la venta (en, link ) y posee en su interior las magníficas imágenes hechas por el autor.

Gracias Félix Molina por tu creatividad y esfuerzo. –j re crivello

El simulacro, esa farsa –al menos para cualquiera que no tuviese el cerebro enfermo de Alexander London– que permaneció oculta a los ojos de Baltimore durante casi una década, extendió su secreto imperio de filantropía mitómana desde 1845 hasta la huida de mis bisabuelos y su Valdemar por la boca portuaria del Patapsco.

En el cuadernito que desatendidamente me entregó mi abuelo, mi bisabuelo John Wilkins ‘Poe’ explicaba con detalles casi notariales el advenimiento de su oficio de poeta en el sótano de London. Eran los párrafos de un hombre que intuía algo oscuro, un rito iniciático de devoción insana, de locura, que, como el imprevisto fogonazo de una fotografía, había marcado la visión del ingeniero sobre las cosas, sobre los seres, sobre el mundo: Me dijo que no sufriría hambre ni adicción, que se había acabado mi desventura y se avecinaba el pálpito de la creación, de un universo que se expandía más allá de lo escrito por Poe.

Lo reclutó mientras John daba vueltas a un tacho de basura inquietado en el fondo por las botellas de bourbon, casi vacías, de un pub del puerto. Para London, Wilkins, el vagabundo borracho de Baltimore que más se asemejaba a Edgar Allan (no sería otro su mérito), era la puerta a una invocación, a un íntimo acto de magia que el ingeniero quería ejecutar sobre el mapa de su querida Baltimore. Contaba ya con los desafueros de Poe –gatos diabólicos, cuervos proféticos, almas sin paz que se precipitaban a la muerte o regresaban de ella–; ahora quería contar también con el poeta mismo de todo, con el creador de su querido paraíso de lecturas, lo único en toda la existencia que había conseguido arrebatarle de la pesadilla de mamparos que se quebraban y tuercas que no apretaban suficientemente un volumen.

Y la maniobra era la correcta. En 1849 John Wilkins sucedió en su trono de impostura a un Poe muerto en muy extrañas circunstancias. Era el sucedáneo perfecto para la criatura de London: un cerebro asfixiado por el alcohol en un cuerpo sano para solapar al admirado, al inabarcable, al dios único de sus simulacros por toda la ciudad (fue una curiosidad cuando se conoció que el propio y verdadero Poe, en su vida dipsómana, había sabido de los desvaríos del ingeniero filántropo, sin darles crédito…). A la escritura de un Poe caduco y agonizante sucedería también la de su renovadoPoe: había previsto todo un calendario de difusión para los nuevos cuentos entre los periódicos del país, hasta hacerlos tan célebres como los otros. Con algo de aprendizaje y la destreza que daba la extraña droga adquirida en un crucero indio –esa que incluso a él, hombre de cálculo, le había provocado efusiones poéticas– su nuevo Poe llenaría cada rincón de Baltimore de una escena, de un prodigio, de un acontecimiento inexplicables.

Pero el juego inadvertido de varios pistones se escapó a su lógica de ingeniero: no pensó en una Marie Rogêt compasiva. No imaginó un Valdemar distraído en su lealtad por lo humano. No calculó un ejército de dipsómanos proclives a entregarlo todo para que sus compañeros de delirio pudieran vivir una vida auténtica, no un esbozo, no un capítulo, no un párrafo.

En la primavera borrosa de la estiba londinense, entre el olvido de la carga y del cielo plomizo que lo atenazaba, John Wilkins agarró acaso por última vez la pluma –esa que había cargado junto a su pecho durante años– y escribió para el Baltimore Saturday Visiter unas palabras que ya entonces hubo de sentir como póstumas: Querido editor de este diario: bien pudiera parecerles que Alexander London es un hombre digno…

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