Poe no ha muerto (47 y final) By Félix Molina

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Hoy termina Poe no ha muerto (sniff, sniff) Ha estado con nosotros 47 semanas acompañándonos. Damos las gracias a Félix Molina quien con su ingenio y constancia le ha dado vida. Ahora en estos días está a la venta en https://www.verkami.com/projects/30057-poe-no-ha-muerto-la-aventura-es-vivir allí 47 personas han aportado dinero para que sea editado.

Agradecemos a los lectores que se han sumado durante este largo festín de lectura.

Félix regresa el próximo miércoles con una serie sorpresa ¡Es que no se quiere ir de MasticadoresMéxico!

Editores de MasticadoresMéxico y Masticadores

Edgardo Villarreal & j re crivello


Le escribo en nombre de la legión de hombres y mujeres, todos con una vida y una muerte, que han sido sus esclavos. Aquel al que esa sociedad que llena sus páginas ha erigido una estatua como el hombre que trajo la riqueza en sus barcos desde Europa a esta ciudad es también –sucio filántropo– el que hizo una estatua de nuestras vidas, llevado solo por su afán desmedido de recrear el mundo y la visión del famoso Edgar Allan Poe, ese que alimentó con su fantasía los primeros días de ese distinguido diario suyo.

Tuve suerte y, después de unos meses en que Alexander London ­­–sí, el egregio, el ilustre London– me tuvo encarcelado en su sótano, por el capricho de su vanidad y la necedad de su sueño, unas manos se apiadaron de mí y me arrastraron a la vida de verdad, la que no se trama en capítulos ni en párrafos. Ahora, esas manos, las manos de esos ojos por los que veo, están cosiendo una estera que las aja y las borra mientras sus ojos –los míos también – siguen el vuelo de una gaviota por el puerto de Londres. Pero esa ya es otra historia. La mía. La nuestra.

Cree con frecuencia el creador que su universo es el mejor posible, pero el pie que avanza y la uña que se aprieta en el zapato del creado solo sabe de la piedra en el camino y las leguas por recorrer. Quédense en la nobleza de sus fiestas con la idea de que Mr. London salvó sus fondos y todo su oro, y el cuerpo de los hombres y mujeres que mantuvo en su asilo conocido. Pero sepan que acabó con unas cuantas vidas de aquellos a quienes ya había desgraciado la bebida –investíguenlo– y que quebró la voluntad, y puede que el alma, de todos por solo imponer la suya.

Si por casualidad o extraño designio recibieran algunos escritos que él engendraba en su oscuro cerebro y quería atribuirme en mis horas de sueño o de abandono, sepan que yo solo emborronaba, para su amargura, cuantas resmas de papel ponía a mi alcance, y que esta única carta que ahora le llega, apreciado Director, es la que me salva de ser uno más de los desdichados monigotes de su locura…

London no quiso seguir leyendo. Rasgó en tres, cuatro pedazos el ejemplar del Saturday, convirtiéndolos en el fuego que le iluminaba, en esa noche turbia de Baltimore, solo ya hasta de sí mismo en su atalaya, confundiendo en su ceguera la luz de los cargueros con las luminarias de los pequeños cenáculos burgueses de la ciudad. De algún modo que su corazón –o lo que fuera– no quería decirle, ya sabía, ya estaba comprendiendo, a la misma velocidad devoradora de la llama frente sus ojos, que él solo era la encanecida historia de su propia mentira.

*** *** ***

La calle era estrecha, desigual. Y la portezuela también era aún más pequeña de lo que había imaginado, casi ridícula. Por allí se entraba al sótano en que mi bisabuelo John Wilkins se vestía cada día y cada noche de Edgar Allan Poe para el excéntrico ingeniero Alexander London. Por allí penetré yo cercana la primavera de 1969, en mi vigésimo noveno mes en Baltimore, después de una búsqueda que todavía no ha acabado…

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