Tomato Ramen (トマト麺) por Ángel de León

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Imagen tomada de la red

 

 

Queríamos comer ramen tan pronto arribáramos a Japón.

Aterrizamos en Osaka por nuestras vacaciones de pareja y nos hospedamos en un guesthouse que estaba cerca de la estación Dobutsuen-mae. Conocía un poco la zona por las incontables veces que había visitado esta ciudad a lo largo de mi vida, pero no podía asegurar que hubiera un restaurante de ramen cerca que me resultara familiar. Michi, sin embargo, que visitaba Japón por primera vez, aseguraba que cualquier restaurante de ramen que eligiéramos —incluso el primero que nos apareciera al caminar por la calle— sería maravilloso.

No obstante, creí que lo más sensato sería preguntar a la recepcionista en turno si tenía alguna recomendación por aquí cerca.

Ella, una joven mujer alemana, me sonrió con tanto propósito que pensé experimentaba una verdadera epifanía.

—¡Por supuesto! —dejó caer un pesado libro sobre el mostrador y empezó a hojearlo a toda velocidad—. Este es mi libro de restaurantes japoneses que he visitado. Tengo una sección dedicada al ramen osaqueño.

Michi se puso a revisar las páginas mientras yo la miraba por detrás del hombro. La verdad el libro estaba tan grueso que yo pensaba si acaso no había vivido toda su vida en Japón.

—¡Son demasiados! —dijo más emocionada que abrumada—. ¿Conoces alguno?

Le dije que no, luego me dirigí a la alemana y argumenté que su colección era admirable a más no poder, pero que teníamos mucha hambre y si nos poníamos a apreciar su ardua labor de antropóloga del ramen osaqueño no acabaríamos nunca.

—De los restaurantes de ramen cercanos al hotel. ¿Cuál es tu favorito?

La miró con fijeza y luego a mí, sacó otro libro, si bien era más pequeño, hizo mayor ceremonia del asunto. Con una moción tan intensa que hacía pensar que el destino del mundo dependía de ello, la recepcionista colocó el dedo sobre una página.

—¿Tomato Ramen? —respondimos al unísono.

La alemana parecía al borde del llanto.

—¿¡Pueden creer la existencia de algo tan genial!? ¿Ramen?… —le faltaba el aire—. ¿T-tomate? Uffff. Una combinación tan obvia y a la vez tan poco experimentada por el ser humano. Creo que pronto esta receta tomará el mundo entero —dijo mientras se secaba un par de lagrimitas que se le habían escapado.

Su reacción me sorprendió bastante.

—Definitivamente lo probaremos —dijo Michi.

—Así podrán decir que ustedes fueron de los primeros en probarlo. Si el orden social se rigiera por el conocimiento de los sabores, cuando vuelvan a su país serán reconocidos como heraldos de un nuevo día.

Pensé que aquello era una forma muy elegante de llamar a alguien hípster.

Nos explicó cómo llegar y hasta nos dibujó un mapa en una nota de remisión membretada del hotel. Michi me miró con complicidad, a lo mejor pensaba lo mismo que yo: esta mujer alemana tenía claras sus metas en la vida.

Admirable.

(…)

El restaurante estaba a menos de diez minutos caminando. En el entretanto dejé que mis ojos se acostumbraran de nuevo a la urbe osaqueña en la que había aprendido a amar la vida; al mismo tiempo, ella la experimentaba por primera vez.

Una ventisca matutina acarreaba el olor a miso, el graznido de los cuervos se mezclaba con el ring ring de las bicicletas que invitaban amablemente al transeúnte a quitarse del maldito camino. El tren corría paralelo a la avenida y un señor japonés le explicaba a su bebé japonés —de quizá unos 10 meses japoneses— la maravilla que eran los trenes japoneses. No cabía duda de que estaba de nuevo en Japón.

Entonces se abrazó de mí al andar, ahora su suave peso se añadía a mi imagen del país del sol naciente. Supuse que de eso se trataba el amor: todo cuanto es valioso para mí se iba integrando en una sola imagen.

Llegamos al restaurante de ramen 太陽のトマト麺, cuya foto aparece en el encabezado de esta entrada de blog.

En el menú sólo había ramen de tomate, las únicas variaciones eran “si queríamos agregar queso parmesano o salchichas”. Ambos pedimos al mesero que nos trajera “lo habitual”.

—¿Por qué la recepcionista del hotel era alemana? —preguntó mientras esperaba sentada en la barra. Era tan bajita que, pese lo pequeños que eran los banquitos japoneses, sus pies no alcanzaban a tocar completamente el suelo.

—Hay personas que viajan por el mundo sin tener que pagar hospedaje, al menos no con dinero. Pagan trabajando media jornada diaria en el hotel a cambio de quedarse a vivir ahí por largas temporadas.

Hizo un puchero.

—Esa chica debe llevar mucho tiempo fuera de su casa sin mucho dinero. Aunque yo también me atrevería a hacerlo. —parecía ir agarrando vuelo para una conversación larga y personal, como de esas que tienen lugar en las novelas, pero la velocidad del servicio japonés sepultó sus intenciones

—¡Guau! ¿En serio sólo les tomó un minuto?

Me quedé mirando con fijeza el ramen de tomate; en efecto era ramen, pero con tomate. El caldo estaba tan rojo como el de una sopita Knorr, y habían cambiado las habituales algas por hojas de lechuga.

Nunca habría imaginado que el nuevo orden social sería un producto del sincretismo cultural entre Italia y Japón, mucho menos que sería recomendado por una alemana.

Aquello tenía un extraño eco al cual decidí no darle importancia. Mejor posé para un par de fotos que Michi me tomaba, luego procedió a tomarle mil más a su tazón de ramen de tomate. Asintió para sí misma, satisfecha.

Agarró los palillos, junto las palmas de la mano como si fuera a rezar y dijo: “いただきます”. Una de esas palabras en japonés que todo mundo se sabe y que, con toda seguridad, aspiran a decir en su primera comida en Japón.

Llegó el momento de la revelación. El frío invierno soplaba afuera de este pequeño rincón del mundo. Mi mano derecha sostenía con firmeza los palillos, sin duda, con la seguridad que todo evento que augura una transformación supone; la izquierda sostenía, diestra, la cuchara.

Sin prisas ni dudas llevé los fideos a mi boca, luego una cucharada de la sopa. No podía creer lo que pasaba en mi lengua, en mi paladar.

Quería corroborar si aquello también tuvo el mismo efecto en ella, así que busqué su rostro; estaba masticando en silencio, con la expresión de alguien que espera a que le digan que se ha ganado la lotería.

Sus ojos me buscaron en una moción frenética.

—No me digas… —alcancé a balbucear.

Respondió con un movimiento de cabeza apenas perceptible.

—¡Sopita de fideos! —exclamamos al mismo tiempo.

Se tapó la boca en señal de incredulidad. Sus ojos, que de por sí eran enormes, se abrieron como platos.

—¡Como la de las fonditas! —dijo.

—Igual que la que hacía mi abuelita.

—¡Es que sabe igual! —exclamó mientras apretaba las manos contra sus sienes y negaba con la cabeza, incrédula—. ¿Pues a qué otra cosa nos iba a saber? ¡Literalmente son fideos con sopa de tomate!

Aunque los fideos eran de un grosor diferente, con más huevo que harina, el sabor no cambiaba en lo más mínimo.

—¿Puedes creer que pagamos casi doscientos pesos cada uno por una sopita de fideos?

—Te hace apreciar más México —dije—. El tomate no existe en la cocina tradicional japonesa, y supongo que en Alemania tampoco hay mucho de eso. A la alemana esto le supuso una experiencia tal que, en un mundo donde el orden social fuera el culinario, este platillo sería rey.

—La sopita de fideos de una fondita reinará el mundo —dijo con parsimonia, como si con cada palabra se dibujara ante sus ojos un nuevo futuro.

—¿Crees que deberíamos decirle?

—¿Qué cosa?

—Que quizá debería ser un poco más mesurada en recomendarle esto a otros huéspedes mexicanos. No es que no sepa rico, creo que en su contexto tiene sentido, pero quizá algunos viajeros mexicanos se sientan timados por la relación precio-sabor.

—¿Podrías hacerle algo tan cruel? ¿No recuerdas el entusiasmo con el que nos lo recomendó? Hasta a mí me conmovió.

Tenía razón. Preferí pensar que si alguna vez ella viajara a México, se llevaría la sorpresa de su vida.

(…)

Han pasado dos años desde aquella vez del ramen de tomate. Me pasaron mil cosas de por medio, entre ellas la cuarentena y mi triste separación con Michi (léase Katsuhi Cattuna, también disponible en este blog). Todo lo que era valioso para mí en aquel entonces se ha ido.

Sólo me quedan recuerdos, colecciones casi infinitas de historias como esta. Recorro en bucle las calles de Osaka en mi mente y pienso: «Ojalá pueda volver a Japón pronto».

Después de todo ya conocía toda una serie de imágenes sobre Osaka en las cuales no estaba su peso contra mi hombro. Aunque de vez en cuando me gusta permitirme uno de esos latigazos que uno se da con la nostalgia. Dejo que mis sentidos, ya sea a través de la música de Yerin o nuestro flipbook por Busan, me hagan sentir tristemente bonito.

Levanto la mano para llamar a la mesera.

—¿Ya va a ordenar?

Asentí y le pedí unas enchiladas verdes.

—¿De primer tiempo le traigo sopa de fideo o lentejas?

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

2 comentarios sobre “Tomato Ramen (トマト麺) por Ángel de León

  1. Reblogueó esto en Tanuki de Cerámicay comentado:
    Un cuentitonécdota sobre aquella vez que comí Ramen de Tomate en Osaka.

    En lo personal, creo que este texto es de lo más cercano a mí persona que he escrito, pues soy yo hablando directamente en vez de hacerlo a través de algún personaje.
    El estilo es reminiscente a Dasul y La Flor del Cactus. Creo que Dasul es ese duendecito que vive dentro de mi cabeza y a veces escribe por mí.

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