La imperiosa necesidad I: Una farsa con marionetas por Alejandro Villaverde Viayra

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Imagen tomada de Pexels

Adrastea.

Era un rumor muy conocido, pero solo los más desesperados le apostaban a su veracidad.

Toda persona que conversara con otra en kilómetros a la redonda sabría de lo que estabas hablando cuando la mencionabas. Hablaban de ella en fingidos susurros, el sonido de una conversación prohibida, demasiado jugosa para mantenerse en secreto.

La historia iba de una casa perdida entre los árboles del bosque (siempre el bosque más cercano de entre todos los bosques del mundo) y del peculiar ser que lo habitaba.

El sueño de la mayoría estaba centrado en algo que querían que se convirtiera en realidad, por lo que no era de extrañar que conjuraran seres fantásticos con exactamente esa capacidad.

Sin embargo, lo más peculiar era que se trataba de un ser terrible y despiadado, un encuentro que sin duda alguna significaba que la historia terminaría en tragedia; pero, a pesar de eso, no paraban de buscarlo con la esperanza de ser los primeros en superar sus trampas y hacerse con el premio mayor.

¡Qué absurda era esa convicción!

No podías dialogar con ella, que observaba todo lo que estaba a la vista, que capturaba las almas de sus visitantes y las clasificaba pieza por pieza sin reparo por lo que fueron alguna vez. No conocía el amor si no era hacia un objeto de su preciada colección.

Lo efímero le aburría, las cosas no existían en su mundo a menos que se trataran de algo infinito y, aun sabiéndolo, los mortales humanos entraban en su mansión.

¿Cómo podías esperar tener lo que se necesitaba para derrotarla? La eternidad era completamente ajena a tu existencia, ¿qué significado podrías tener si no podías convencerla de tu existencia en primer lugar?

Y, a pesar de eso, sigues caminando a lo que sin duda será tu fin.

Sabes que estás cerca cuando el viento enrarecido comienza a soplar en tu contra, no con violencia como sugiriendo que te vayas, sino con la solemne cadencia que llevan consigo las voces de lo que ha sido. El viento acarrea el aroma de los puentes que quemaste llegando hasta ese sitio y la ceniza del futuro al que renuncias en tu imprudente encomienda.

¿Será que saber eso te alivia? ¿Tan terribles tus crímenes y tan desoladas tus expectativas que la nada es preferible a lo que sea que te esperaba en otro sitio?

Sean cuales sean tus respuestas, perseveras más allá de la valla de entrada en dirección a la mansión de cinco ventanas distribuidas entre dos pisos. La cerca no tiene ni un metro de alto y apenas unos centímetros de grosor, pero te da la sensación de que has cruzado a otro mundo, como si hubieras atravesado una frontera sagrada.

Las puertas dobles se alzan frente a ti, coges la bisagra de lo que se siente como cobre, pero es difícil saberlo cuando los colores han abandonado el paisaje. O tal vez solo es tu vista que está fallando.

Las puertas se abren para recibirte. Justo frente a la entrada hay un letrero escrito con impecable caligrafía sobre un papel tan gastado que se había tornado amarillo; y junto a él encuentras un trapo tan limpio que parecía recién colocado:

«Limpia tus zapatos».

¿Qué pasa? ¿Ya escuchaste esa historia? De igual manera sigues las instrucciones y te adentras.

Atraviesas el recibidor con tus zapatos relucientes; todo en esa mansión es demasiado extraño. Las paredes están cubiertas de la piel de algún animal que no logras identificar, patrones que asemejan plantas trepadoras recorren toda la extensión de la pared y solo las ventanas a sitios incongruentes presentan una interrupción a la demencia del lugar.

El pasillo continúa más de lo que quisieras, terminas encontrando los muebles de madera negra mucho menos desconcertantes que el resto del lugar y es en lo que decides enfocar tu atención; en las lisas mesas decoradas con carpetas sobre las cuales descansan floreros con flores tan marchitas que no puedes distinguir lo que fueron alguna vez, más allá de las prominentes espinas en sus tallos secos.

Tirados por toda la casa están dispersas muñecas de madera vestidas con ropajes muy finos; están talladas con tanta maestría que, de no ser por sus inexpresivos ojos de vidrio y las poses distorsionadas que ningún cuerpo humano podría hacer, podrías confundirlas con humanos.

De alguna forma parecían solitarias, había cierto orden en el desorden que traicionaba su artificialidad. No parecía que ningún evento hubiera precipitado sus posiciones o les hubieran robado su motricidad, más bien parecía como si hubieran nacido y muerto ahí, en ese lugar y en esa posición, sin que nada hubiera cambiado.

—Sombras descartadas que sin amor han perdido incluso el derecho a ser. Fallaron en la única tarea que se les encomendó: entregar una historia satisfactoria.

Escuchas las instrucciones y un escalofrío recorre tu espalda; la voz hace eco en toda la casa, pero debes saber que no se encuentra en ningún lugar. No está en ese piso, tampoco en el siguiente por más que te apures en subir las escaleras.

Arriba te recibe una puerta mucho más ostentosa que las demás seguida de un túnel que se extiende más allá de lo que alcanza tu vista. Apenas si cabes él, los ladrillos desnudos rasgan ruidosamente tu ropa y la pintan de marrón.

Llegas con dificultad a la siguiente puerta, es simple que apenas si logra abrirse en lo estrecho del pasillo que más bien te recuerda al callejón de alguna ciudad que visitaste en algún momento de tu vida ¿Eran momentos felices o momentos tristes los que viviste ahí?

No importa. Entras a la habitación siguiente y te encuentras con un tocador y una caja de maquillaje. Al frente hay un taburete y sobre él, una pequeña tarjeta.

«Asegúrate que estarás presentable»

Miras a tu alrededor, las puertas de un armario están abiertas y hay toda suerte de vestuarios al interior. ¿Qué será lo que elijes? ¿Un traje o un vestido para enfrentarte con formalidad a lo que sea que te espere; la ropa de lo que querías ser de niño o quizá prefieras ocultar quién eres en realidad?

Una vez que eliges tu vestuario para el encuentro final, escuchas golpes en la puerta por donde entraste. Te asomas y descubres que puedes ver la luz al final del pasillo, avanzas hacia ella y quedas cegado por unos momentos mientras tus ojos se adaptan, no te habías percatado de lo oscuro que era todo hasta este momento.

Acabas de salir por una pierna del teatro, estas en un escenario vacío y tu público son un número incontable de marionetas vestidas de gala y congeladas en distintas posiciones como para dar la impresión de que son un público de verdad.

Detrás de ti, en papel, está ilustrado el escenario de tus sueños (tal vez de tus pesadillas) y tu sombra parece habitarlo con completa naturalidad independientemente de lo que tú hubieras decidido. Porque ese es un universo que rechazaste, ¿no?

Una respuesta de palabras invisibles que jamás serán escuchadas por nadie. Por idílica o infernal que pareciera la imagen frente a ti, la sensación que te deja es similar a la de un edificio abandonado. Tal vez el dinero no alcanzaba o tal vez algo sucedió a los propietarios; que el edificio no estuviera siendo usado no significaba que hubiera perdido su utilidad, de eso se encargaría el tiempo conforme fuera convirtiéndose en ruinas y, hasta entonces, permanecería como un edificio que nadie quería.

La muñeca más elegante de todas te mira fijamente y sientes como se paraliza todo tu cuerpo. Quisieras salir corriendo, pero no eres capaz ni de eso, porque así no va la obra y sería anticlimático.

¿Puedes verlos? Hay una serie de hilos invisibles atados a cada una de tus extremidades y que te mantienen en tu sitio, haciéndote temblar, controlando incluso tu corazón. Es hora de la verdad.

—Quiero escuchar una historia que me conmueva, una historia para toda la eternidad —anuncio como muchas otras veces—. Si estás aquí, cada paso que te trajo es una historia que ya estaba escrita y que yo ya he visto. ¿Qué te hace pensar que tienes algo nuevo que ofrecerme? Tus decisiones menores no importan, todos los caminos te hubieran llevado aquí.

Tragas saliva, te humedeces los labios; tienes miedo, eres incapaz de sentir una emoción que yo no coloque. Tu curiosidad te trajo hasta aquí, en este mundo construido por el consenso no hay forma de que tu corazón no aparezca reflejado.

—Dime, mi huésped, en este conflicto absurdo que culminará con la frase: «Y nunca jamás se supo su paradero» ¿Cuál será la historia que ofertarás? Sé que ya te he arruinado cómo terminarás, pero seguiremos el libreto por respeto, ¿te parece bien?

Blog de Alejandro Villaverde: Querido fantasma.

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