Amnesia por Ana Laura Piera

el
METRO
Imagen tomada de internet

Tenía algunas semanas que sospechábamos que algo andaba mal pues cada vez que el tren pasaba sobre el puente como una bestia furiosa, la estructura se cimbraba y emitía unos ruidos agónicos mientras un aguacero de pequeños pedazos de concreto y polvo caía sobre nuestras cabezas.

El puente era nuestro hogar, nuestro refugio en las crueles noches de la capital. Abajo de él dormíamos: el Tilingas, bajito y preocupón; el Elvis, le pusimos así por su copete al estilo del Rey del Rock; Sebas, ése no tenía nada de especial pero era buen amigo; el Huevo, lo habíamos “bautizado” así porque estaba bien pelón; y yo. Entre todos nos cuidábamos y nos hacíamos compañía.

Una noche, después de que pasara el tren, el Huevo decidió irse a dormir a otro lado. —Esta madre se va a caer, ya verán —farfullaba mientras recogía sus escasas pertenencias: una cobija, unos cartones para protegerse del frío y una mochila pequeña y muy sucia con quién sabe qué adentro. El Elvis dijo en voz alta. —No manches, Huevo, ni aguantas nada, seguramente ya te jodió que te llueva el polvo en la pelona pero nosotros sí tenemos amortiguador en la cabeza. Todos reímos, él se nos quedó viendo sin enojo, su mirada suplicante, pero nadie le hizo caso, ni siquiera el Tilingas que sí era bien aprensivo.

El día que ocurrió el desastre yo iba algo retrasado después de pasar el día recolectando latas de aluminio que luego vendo para poder comer. A lo lejos apareció el puente, para mí su vista significaba el descanso bajo la sombra y la plática sabrosa con mis amigos. En ese momento iba pasando el tren y se escuchó un estruendo pavoroso; vi con espanto cómo se venía abajo al faltarle el sostén de la estructura que se desmoronaba en ese momento. El griterío de la gente que iba en los vagones me heló la sangre. Una nube de polvo lo cubrió todo cerrando gargantas y ojos. Con dificultad avancé hacia allá, me preocupaban mis compañeros, pues a esa hora de la tarde ya estarían todos ahí. “¡En la madre! ¡En la madre!” iba yo repitiendo dentro de mí.

Para cuando el polvo se disipó y llegaron los polis y las ambulancias, era evidente que habría muchos muertos: dos carros del tren quedaron colgados en el aire y un tercero se había impactado en el suelo. El lugar donde dormíamos no era visible y sobre él había una montaña de escombros. Me encontré al Huevo, frenético, retirando trozos de concreto con las manos y dando voces llamando a los nuestros. Me uní a sus esfuerzos, pero un policía nos ordenó evacuar la zona.

Las autoridades marcaron un perímetro infranqueable, fuera de él permanecíamos los que queríamos noticias de nuestros amigos o familiares. Mucha gente vino a dejar flores por las víctimas, otros llegaron con cartelones exigiendo justicia. Los que esperábamos expectantes sobrevivimos gracias a que las señoras de la colonia y de los puestos aledaños nos regalaban comida, ropa y cobijas. Pero conforme se fue despejando el lugar, la generosidad se fue haciendo más escasa, todos querían borrar de su memoria lo sucedido, les urgía regresar a la normalidad y supongo que nosotros esperando un milagro les recordábamos la tragedia.

Los equipos de rescate sacaron los cuerpos, las máquinas movieron escombros, los de limpieza retiraron los cartelones descoloridos por el sol. No hubo rastro de nuestros amigos y empezamos a tener la certeza de que se habían ido en medio de esa pena arenosa que era el cascajo transportado por los camiones.

Un buen día nos quedamos viendo la calle: el tráfico reanudado, las personas yendo y viniendo como si nada, amnésicas. Sin la presión de la gente, las autoridades ya no hablaban de castigar culpables. El Huevo y yo tuvimos que seguir con nuestra vida, sabíamos que la amnesia también nos iba a pegar pronto. Ahora andamos buscando un nuevo sitio para dormir.

Blog de Ana Piera: Píldoras para soñar.

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Qué buen relato sobre la tragedia, desde la historia hasta la perspectiva. Gracias por tu voz, Ana. Abrazote

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