Parvada II: La visión de Aguilar por Ángel de León

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Imagen tomada de Unsplash

—Tenemos los planos del edificio, lo que no tenemos es tiempo —espetó Quetzal mientras terminaba de vendarse la herida del brazo. A juzgar por la marca, Aguilar infería que una bala calibre 5.57 le pasó rozando—. Demasiado cerca de irse a la mierda.

Garza asintió solemne. Iban a bordo de una SUV acorazada al punto de extracción, el mayor conducía y Paloma iba sentada como copilota. Aguilar ayudaba a Quetzal con sus heridas, ahora que la adrenalina había disminuido, se notaba un poco cansada. Terrible, si lo que decía era cierto, debía reponerse lo más pronto posible.

—Ese “demasiado cerca” nos deja alguna posibilidad, supongo —intervino Paloma desde adelante.

—No nos pagan por hacer cosas fáciles.

No dijo nada por un momento, luego, girándose en su asiento, miró a sus compañeros.

—Una cosa es difícil… otra cosa es que estén de la chingada.

—¿A ti no te dan bonos por misiones de la chingada? Te descuentan un 35% para pagar la terapia psicológica, pero, pues es un extra —dijo Garza—. Esa terapia es lo que mantiene a flote mi matrimonio.

La francotiradora le enseñó el dedo de en medio a su jefe de escuadrón y dijo: —Pensé que era el Kola Loka lo que impedía que se rompiera.

—Mamá decía que, si las cosas que realmente valen la pena en esta vida fueran fáciles, cualquier idiota las haría —Aguilar se encontró a sí mismo sonriendo al recordarlo.

—Tu mamá era una chingona. Ojalá le hubieras salido la mitad.

—Con la mitad me bastó para llegar a PARVADA.

—Las mentes débiles se conforman con poco —concluyó Quetzal a la vez que se amarraba el rizado cabello en un chongo. Una de los beneficios que incluía ser operador especial de PARVADA era que no tenían que limitarse a las apariencias militares, si querían pintarse el cabello de azul y hacerse rastas, era asunto de cada quien, aunque tuviera nula practicidad en combate. Lo hacían así porque, al ser elementos secretos, debían camuflarse entre civiles lo mejor que pudieran. Por eso, esa noche se sentía reconfortante volver a vestir su uniforme de infiltración táctica para variar.

Aguilar, sin embargo, no pensaba mucho en esas cosas. Un corte de futbolista de la década pasada, como el de Cristiano Ronaldo, valían para sentirse limpio y listo. No entendía como Garza podía andar por ahí con la barba tan larga que le llegaba hasta el pecho. ¿Qué no el punto era pasar desapercibido?

      Y Paloma… bueno, Paloma era Paloma. Los rumores contaban que su supuesto padre, un Yanqui apestoso del sur de Luisiana, le había adoctrinado en la cacería de caimanes con un arpón a la edad de seis años. También había quienes decían que era hija de un poderoso general que, decepcionado de que sus cinco retoños habian sido mujeres, decidió educar a la quinta como si fuera varón. Otros decían que su madre mexicana había sido una santera que hizo un pacto con la muerte y que, a cambio de darle una hija blanca, esta nacería sin corazón.

Nadie sabía con certeza cuál era su origen, pero cada una de estas historias parecía tener sentido y añadía un poco al mito de Paloma en general. Ni siquiera podía asegurar que ese fuera su verdadero nombre o uno en clave que había escogido para encajar con el resto del equipo.

—Las cosas han cambiado, Quetzal —dijo Garza—, esta mañana el Líder Naranja anunció que, a partir de las 0030 ejecutarán un miembro de la familia presidencial por cada hora que transcurra y sus demandas no sean cumplidas. Por favor, dime que encontraste una forma de infiltrarnos que no incluya… bueno, hacer lo que tú haces.

—Nadie puede hacer las cosas que yo hago, eso está claro. Y sí, encontré una vía alterna —sacó una memoria microSD de su bolsillo y la señaló.

Garza asintió solemne.

—Ya casi llegamos al punto de reunión.

A través de las ventanillas del SUV podían verse las calles de la nueva Confederación Regia: la noche serena, tanto que Aguilar se preguntaba si acaso esta gente, los fosfolenses, no estarían haciendo un mejor trabajo manteniendo las calles seguras que cuando formaban parte de México.

Por supuesto que, al pensarlo un poco, mirando más allá de la endeble superficie, la respuesta era una negativa, porque mantenían a la gente en sus casas a través del miedo que infligían las patrullas de mercenarios que habían contratado para la seguridad del nuevo pseudo-Estado. Además, la serenidad eran puras apariencias, las trece balas faltantes del cargador de su MP5 constataban que, si hubo algo que calló la noche, fue el aliento de su arma.

¿De qué sirvió todo esto? Los regios afirmaron que eran quienes mantenían la economía del país, que prosperarían sin el lastre de pertenecer a la República Mexicana. La plebe creyó en esas historias, convencidas de que vendría una nueva era para el entonces Nuevo León.

Si bien lo de una “nueva era” no era mentira, pocos imaginaron que sería casi opuesta a la retórica del Líder Naranja.

—¿Aguilar? ¿Qué haces? —preguntó Garza poco después de que Aguilar sacará la cabeza por la ventanilla.

—Sólo quería echarle otro vistazo.

La Torre Naranja se erigía en medio de la noche, tan enorme como el llamado Edificio más alto de Latinoamérica podía serlo. Ese chillón color tan brillante refulgía en medio de la oscuridad como una herida profunda sobre una piel tersa.

Tan radiante como la torre parecía, su luz no alcanzaba a bañar las oscuras calles del antiguo Monterrey.

(…)

La improvisada base de operaciones en el —ahora— suelo extranjero de Monterrey era un taller mecánico abandonado. El Coronel Condori se fumaba un puro cubano tan potente que el solo olor hizo que Aguilar se sintiera nervioso, recordando un viejo hábito que casi le cuesta todo.

La improvisada habitación de juntas no era más que una enorme mesa plegable de plástico para picnic como también lo eran las sillas. Un externo que presenciara la escena podría pensar que la situación de los operadores especiales en México era un tanto precaria, pero el proyector holográfico al centro de la mesa, que con luz creaba una réplica exacta de la Torre Naranja gracias a los planos que Quetzal robó en la tarjeta microSD, lo habría disuadido de su mala onda hacia el ejército de su país.

—Tal como lo temía —dijo Condori con voz severa—. No hay puntos ciegos.

Quetzal asintió mientras se rascaba la barbilla. La venda en su antebrazo estaba medianamente teñida de rojo, pero parecía que esa era toda la sangre que la herida demandó.

—No obstante —dijo Quetzal señalando un cuadrado en la cima del edificio—, podríamos desenchufar la electricidad; no sería mucho, pero tendríamos unos cuantos minutos para infiltrarnos en la oscuridad cuando estén distraídos y confundidos por el apagón… —colocó su mano justo en uno de los pisos intermedios, luego empuñó ese fragmento de luz y lo sacó del edificio, expandió sus manos como si hiciera con la pantalla de un celular y el cuadro se hizo grande. —El problema es que están en el piso 57, la torre tiene en total 80 pisos.

Paloma suspiró hondo, un gesto poco característico en ella. El humo del puro de Condori descomponía la luz de la imagen. Era una representación precisa de cómo Aguilar también sentía su propia cabeza.

—Si tuviéramos vigilancia del edificio en tiempo real podría intentar dispararle a los custodios de los rehenes desde otra posición.

—Pero las ventanas están completamente polarizadas —dijo Quetzal.

—¿Podrías usar visión térmica? —sugirió Condori.

Paloma sacudió la cabeza, dejando de lado la sugerencia. Luego Quetzal intervino.

—Con todo respeto, Coronel, pero ¿ha visto cómo brilla esa chingadera? Es luz incandescente. Si usa visión térmica se nos va a quedar ciega.

A juzgar por la reacción de Paloma, Aguilar infería que no le gustaba nada que alguien decidiera sobre si era capaz o no de algo, pero su silencio concedía que aquello era humanamente imposible.

—¿En verdad no hay posibilidad de pedir más tropas? —Garza estaba desesperado.

El Coronel Condori se volvió a tallar las sienes.

—Ya conoce la respuesta, Garza. No podemos arriesgar un incidente internacional.

El Mayor reaccionó dando un golpe contra la mesa, haciendo que la imagen del holograma se distorsionara por unos instantes.

—¿Incidente internacional? ¿Qué no fue exactamente eso lo que ellos hicieron? Señor, con todo respeto, pero esos hijos de la chingada iniciaron una guerra. —Garza apretó los puños, pero no se movió.

—Si lanzamos un ataque a mayor escala la prensa internacional saldrá a decir que el tirano mexicano oprime la independencia del incipiente estado regio. Lo último que queremos es justificar la intervención extranjera en nuestros asuntos.

El recio bigote del Coronel parecía vibrar del coraje, pero tenía toda la razón. Luego suspiró, recargándose en su silla de picnic.

—Escucha, Garza, a mí también me está llevando la chingada, pero esto es lo que tenemos. Por desgracia el gobierno mexicano ya no tiene jurisdicción aquí; estamos en territorio extranjero. Si pudiéramos operar a la luz del día en otros países, no existiría PARVADA en primer lugar.

—Somos fantasmas —remarcó Paloma—. Entramos sin que nadie nos vea.

Hubo un silencio que parecía espesarse con cada segundo. Aguilar podía sentirlo casi asfixiando el ambiente, difuminando la vista del holograma del tan alto edificio. La pura escala hacia pensar que, para sostener una fortificación tan alta, debía ser también sumamente amplia a lo ancho.

—No. No somos fantasmas, Paloma —intervino Aguilar al fin y dio un paso hacia el frente—. Nunca he entendido si el que todos nos llamemos como aves es una coincidencia o si es un requisito para ser reclutados a PARVADA del que nadie nos contó, con todo lo secreto del asunto. —Levantó un dedo—. Y no, Paloma, no tienes que decirnos la verdad de tu nombre.

—¿Tienes un plan? —demandó Garza—. Porque yo ya estoy al tope de tanta retórica y sus amarres.

Si algo había aprendido Aguilar durante sus años en la escuela de ingeniería militar, era a ser disidente. Los principios físicos y matemáticos que rigen el universo no existen en el vacío. Todo como se almacena en la mente del humano ya contiene una intención.

—Es que las ideas no existen en el vacío. Todo discurso, toda retórica está estructurada en algo. —Sacó de su mochila uno de sus drones de combate; era un prototipo que él mismo había fabricado, capaz de producir un pulso electromagnético. Lo llevó entre sus manos, volando como si fuera un helicóptero, sobrevolando el rascacielos naranja, justo encima del cuadro del generador de electricidad.

—No podemos entrar en helicóptero, soldado —dijo Condori—. Hay torretas antiaéreas aquí y acá —señaló dos puntos del holograma—. Sabrían que están bajo ataque tan pronto suene el primer misil.

—Por eso me enviaron a mí —añadió Quetzal.

—Pero eso no nos impide volar —respondió Aguilar.

Condori dio una larga calada a su habano y el humo llenó la habitación. Aguilar se lamió los labios, respiró hondo y cerró los ojos.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Garza.

—El rango de las torretas antiaéreas es de un kilómetro, señor; pero la última vez que escuché, las aves volaban mucho más alto.

Paloma echó una inusual carcajada.

—No sé si el bono por misiones de la chingada cubra aterrizar sobre un pequeño edificio desde más de dos kilómetros de altura.

—Oh, no, Paloma. A ti te necesitamos en otro lugar.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

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