Parvada III: El vuelo de Quetzal por Ángel de León

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Imagen tomada de Pinterest

Quetzal tenía ocho años cuando decidió que algún día iba a volar.

Caminaba de regreso de ayudar a su mamá en su puesto de comida desde la provincia de los Cinco Lagos en Chiapas, en la frontera entre México y Guatemala. hasta el poblado de Las Margaritas, cerca de Comitán.

Su familia vendía antojitos mexicanos en el cruce fronterizo, y tanto turistas como otros vendedores guatemaltecos terminaban comiendo en su puesto. No era que sus garnachitas fueran excepcionales, al menos Quetzal se cansaba de comer sopes y quesadillas casi a diario, sino que, durante el inicio de la década del 2010, cuando ella aun era una niña, hubo un auge turístico del cual los locales no se daban abasto.

—Si nos va tan bien en el negocio, ¿por qué no podemos comprar un auto? —preguntó a su mamá mientras caminaban de regreso a Las Margaritas.

—Mi niña, es que a mí manejar esas cosas me da miedo.

—Yo podría manejar, ami.

Su ami echaba unas carcajadas y le revolvía el cabello.

—Cuando estés grande.

—¿No podríamos irnos en colectivo?

—Es que el dinero no alcanza. Ya ves que vienen los del cartel a cobrarnos —su rostro se ensombreció bastante—. Además, te vas a poner fuerte. Si eres fuerte será difícil que te lastimen.

La niña que era Quetzal no tenía problema en expresar sus pensamientos, sombríos como eran.

—¿Papá no era fuerte?

Se detuvieron por un segundo y la madre la miró a los ojos.

—Era el más fuerte, mi niña. Si no lo hubiera sido, nos habría ido mucho peor. Como dije, ser fuerte hace que sea más difícil lastimarte, pero no lo evita. Es imposible vivir sin dolor —suspiró—. Ojalá la vida fuera diferente, pero no. Por eso debes aprender bien esta lección.

Quetzal no dijo nada, solo se quedó pensando en silencio. ¿Qué tan fuerte debía ser una persona para nunca salir lastimada? Si papá había sido el más fuerte, pero eso no era suficiente, entonces se podía ser más fuerte haciendo algo más que caminar.

Una parvada de zanates se dirigía hacia el sur rasgando el crepúsculo, sus graznidos rompían el silencio. Volaban en compañía de otros, flotamdo en el viento como si este les perteneciera, casi parecía que eran una sola criatura: el viento y las decenas de aves.

Si los zanates apenas caminaban, ¿entonces ellos no eran fuertes? ¿Acaso volar era el siguiente nivel de fortaleza que a los humanos se les escapaba?

Era verdad que algún malhechor podía derribarlos con un tiro, sin mebargo, aquello requería de mucho esfuerzo. De seguro el que había matado a su api no tuvo que poner mucho de su parte.

Pero si podía volar, si podía rasgar el cielo como los zanates, entonces, quizá, nunca nadie podría lastimarla; si ese era el caso, entonces su mamá estaría muy feliz de que aprendiera a volar.

Los años transcurrieron a la par de que Quetzal aprendió a surcar los cielos. Ahora, a sus treinta años, volaba sobre un mundo diferente. No era el crepúsculo el que rompía con su elegancia, sino la noche misma la envolvía; el viento nocturno se arropaba a su alrededor, helándole las mejillas.

No había aprendido a volar para que alguien la lastimara. Aprendió a volar para matar.

—Quetzal, ¿tiempo de aterrizaje? —dijo Garza en el comunicador. El líder volaba unas cuantas decenas de metros detrás de ella con la misma lealtad y camaradería que lo hacen los zanates.

—Veinte segundos —respondió.

—Hora de lanzarme —dijo Aguilar, quien haría de tercero en aterrizar.

Vista desde las alturas, La Torre Naranja seguía siendo enorme. Daba la impresión de que toda la antigua Monterrey había sido consumida por el edificio.

No obstante, aunque fuera un edificio muy alto, aterrizar sobre la cima no era un asunto sencillo; un error de cálculo y podías aterrizar en otro lado o, lo que era peor, caer lentamente en paracaídas a lo largo de todo el edificio para que los guardias en cada piso te vieran desde las ventanas. Si ese era el caso, no habría tiempo para recorrer cada piso desde el exterior. A medio camino ya te habrían matado.

Por eso volar debía parecerse más a fundirse con el viento. Quetzal dejó que la velocidad se volviera una con ella, no la resistió. Abrió bien los ojos y puso su atención en el centro de la cima de la torre, imaginando un punto rojo donde no había uno.

Era verdad que ni aprendiendo a volar, los narcos habrían dejado a su papá con vida. Desde el momento en que vivieron en un territorio dominado por un cártel ya estaba condenado a morir.

Por eso la única forma de asegurar la supervivencia era matando.

Abrió el paracaídas sintiendo el familiar jalón que amortiguaba su caída en círculos sobre aquel punto imaginario en la cima. Flotando en esa moción, le parecía un tanto irónico que su nombre no evocara a un buitre o a un zopilote, pero al aterrizar con elegancia concluyó que nada podía ser más adecuado que Quetzal.

—Aterrizaje exitoso —dijo a través del comunicador—. En espera a reunirme con escuadrón, 2-1, cambio.

—Entendido, Quetzal. Mi tiempo de aterrizaje es de quince segundos, cambio —dijo Garza. El líder también descendía hacia el lugar donde ella se encontraba, aunque su vuelo asemejaba más al de un ángel de la muerte que al de cualquier otra ave. Tal vez Paloma había tenido razón y algunos parecían más bien fantasmas.

Garza aterrizó a unos metros con menos gracia, pero la misma determinación. El líder también vestía el uniforme azabache casi invisible en la noche.

A los pocos segundos llegó Aguilar, apenas evitando caerse por el borde. El hombretón era bastante inteligente y útil, pero no era el mejor cuando se trataba de proezas físicas; quizá por eso compensaba con un cuerpo tan musculoso.

—Casi lo arruino. Casi. 3-1 en posición —dijo Aguilar y cortó cartucho en su MP5.

El líder asintió colocando el silenciador en su AK-12

—¿Reglas de combate? —preguntó Quetzal.

—Tripulación prescindible.

—Preferiría no tener que matarlos a todos —dijo Aguilar.

Una cosa es querer y otra poder. Quetzal también habría preferido no tener que matar a nadie, pero si de asesinar se trataba, era bueno que ella estuviera del lado correcto.

—Paloma, estamos en posición.

—Aquí Paloma, 4-1. Acabo de llegar a mi posición. Cambio.

Quetzal llevó su vista hacia un edificio aledaño, el cual, antes de la construcción de la enorme Torre Naranja, era considerado el más alto de Monterrey. Ahora parecía un enano en comparación. No obstante, era el mejor lugar posible desde donde hacer reconocimiento de la Torre Naranja si tan sólo tal cosa fuera posible.

De nuevo, Aguilar no podía ser el más apto en cuestiones físicas, pero el hombre sabía resolver otra clase de problemas.

—Entendido. Aguilar, haz lo tuyo.

El hombretón sacó uno de sus drones de la mochila y lo controló con esa interfaz que asemejaba a un control de videojuego. El diminuto aparato salió volando en dirección del generador de electricidad del edificio.

—El dron está en posición; Aguilar, puedes detonarlo —era la voz de Condori que llegaba desde la base. Haciendo honor a su nombre mantenía ojos por encima de PARVADA.

—Hazlo —dijo Garza.

Hubo una leve detonación, más parecida a una gran liberación de aire que a una explosión en el sentido vulgar de la palabra. Luego todo se puso oscuro; el naranja había cedido al negro de la noche.

—Tenemos cinco minutos antes de que lo arreglen, Garza. Quetzal, hay que darnos prisa.

—Paloma, ¿tienes visión?

—Afirmativo, jefe. Cuento cinco elementos en el piso de infiltración. Un par está sentado en una mesa, a las cuatro en punto de su posición desde el Oeste. Los otros dos están de pie junto a la ventana a las siete en punto, parecen estarse comunicando con el resto del edificio, quizá se estén preguntando qué pasó con la electricidad.

—¿Y el quinto?

Hubo un silencio de esos que a Paloma le gustaban.

—Es mío —dijo al fin.

Los tres sobre la Torre asintieron y se colocaron los visores nocturnos; el mundo se volvió verde, la noche les pertenecía por completo.

Quetzal ajustó su cuerda a un tubo del techo tras comprobar la firmeza del material. Estaba sólido. Se paro de espaldas en el borde, con cientos de metros de vacío mordiéndole la nuca.

—Condori, aquí 1-1. Iniciando descenso.

—Buena suerte, líder de escuadrón.

Y así, descendieron por el exterior del edificio.

La cuerda se mantenía firme, pero la adrenalina que venía con colgar desde lo alto complicaba un poco las cosas. Peo siempre era mejor estar bien calentados para la acción, que el cuerpo supiera que ya era hora de matar.

Rapelearon a lo largo de la torre. Sus pasos sobre el costado eran lentos pero certeros. Decían los SEALs “Slow is smooth, and smooth is fast.”

Esto no era volar ni mucho menos caminar, era una combinación de ambas.

—Diez metros para contacto, cambio —era Paloma.

A veces la vida de un ser humano no se medía en tiempo, sino en distancia. Estos sujetos no tenían idea de que estaban a cinco metros de morir.

Cuatro…

Tres…

Dos…

—Cambiando de posición —comandó Garza mientras se giraba sobre sí mismo hasta ponerse de cabeza, como una araña que cuelga del techo en espera de su presa. Quetzal hizo lo mismo, luego siguió Aguilar. Así podrían apuntar al enemigo sin que siquiera los vieran los pies. Si alcanzaban a ver algo, sería la boquilla del silenciador justo antes de morir.

Sus presas estaban en la mira, tal como Paloma los había descrito, completamente ignorantes que al otro lado del cristal asomaban tres operadores especiales a punto de darles las buenas noches.

—Tomaré a los dos en la mesa —dijo Quetzal.

—De acuerdo, tomaré al que está en el teléfono. Aguilar, tienes al que está fumando.

—Da la palabra, jefe, tengo mi elemento en la mira —completó Paloma en la distancia.

—Fuego.

Quetzal apretó el disparador de su subfusil Scorpion EVO, veloz y silencioso como fue la muerte de su primer objetivo. Los otros tres cayeron al mismo tiempo; habían practicado tiro sincronizado por años.

En ese mismo instante el otro objetivo de Quetzal se levantó de golpe, pero parecía paralizado. Toma un segundo darse cuenta de que uno estaba bajo ataque y por más entrenado que se esté, nunca se puede reaccionar a estas cosas en menos de ese tiempo; es difícil procesar una muerte inminente frente a tus ojos, especialmente cuando un movimiento podría empeorar las cosas. Quizá por eso caminar mucho no le sirvió de nada a su papá. Se requería de algo más para poder volar.

El guardia apenas iba a levantar su rifle cuando Quetzal le dio un tiro justo en el corazón.

—Baja confirmada —confirmó.

—Procediendo al siguiente paso de la operación —dijo Garza.

Los operadores de PARVADA giraron de nuevo, sus cabezas apuntando al cielo.

Quetzal sacó de su mochila un empaque de aluminio, en su interior estaba un dispositivo de ondas de sonido envuelto en gel; lo colocó sobre la ventana y, en cuestión de cinco segundos, ésta se rompió con apenas un chasquido.

Aunque los zanates parezcan aves malvadas, no tienen malas intenciones, quizá por eso siempre gritan en las tardes, para avisar al mundo que ya se acerca la noche y que ellos estarán ahí, que no se asusten.

Estas aves, sin embargo, no hacían ni un solo ruido.

Blog de Ángel de León: Tanuki de Cerámica.

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