Parvada IV: El canto de Paloma

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Imagen tomada de Pinterest

Fue un tiro directo en el pecho. El mercenario al servicio del gobierno fosfolense no tuvo tiempo de saber siquiera que estaba bajo ataque.

«Tienes que estar segura de que el animal morirá desde antes de jalar el gatillo» había dicho su padre hacía décadas. «Una vez tu objetivo esté en la mira, lo único que divide la vida de la muerte es tu decisión de disparar, no hay margen de error.»

—Objetivo abatido, jefe —informó Paloma desde el comunicador.

—¿La habitación está limpia?

Para volver a asegurarse, hizo zoom en la visión térmica de sus goggles y barrió el lugar. Ninguno de los bultos rojos en el piso parecía moverse, en cuestión de unos minutos pronto se volverían invisibles a la visión térmica.

—Todos los hostiles están listos para meterlos en una bolsa de plástico.

—Entendido. PARVADA 1-1, avancemos.

Desde su posición de centinela, Paloma observó a sus compañeros de escuadrón mientras se desplegaban dentro de la Torre Naranja. Descendían las escaleras en una sola línea de tres elementos. En una operación de limpieza domiciliar típica, normalmente se contaba con un equipo de al menos seis elementos dentro y cuatro afuera; pero si las circunstancias fueran así, entonces PARVADA ni siquiera existiría.

Operar en las sombras acarreaba una serie de complicaciones y limitantes; no podían pedir apoyo externo ni refuerzos, mucho menos estaban en condiciones de actuar en nombre de su gobierno. Una vez entraban en territorio enemigo estaban solos, sólo el UAV les daba una idea de lo que pasaba alrededor. Por eso Paloma quería cumplir con su rol tanto como sus limitantes condiciones se lo permitieran. Ella sería los ojos en la espalda de sus compañeros, debía ver donde sus miradas no llegaban, a esos rincones ocultos, incluso para el UAV.

—Tengo cuatro lecturas de calor en el siguiente piso —informó una vez sus compañeros descendieron a la siguiente planta.

—¿Armados?

Inspeccionó cada una de las figuras rojas con detenimiento.

—Negativo.

Garza comandó a seguir avanzando. En sus uniformes, los operadores especiales de PARVADA contaban con un parche que bloqueaba los visores térmicos, haciendo que sus figuras se vieran más como una silueta cuyos contornos estaban entrecortados. Entraron a lo que parecía ser una oficina llena de escritorios y anaqueles.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó el jefe.

—Tenemos tres minutos antes de que vuelvan a encender las luces —dijo Aguilar.

Tres minutos no era mucho tiempo, pero estaban a una planta de llegar a su objetivo.

—Jefe, cuento diecisiete hostiles en la habitación a la que nos dirigimos.

—Nos hemos enfrentado a peores números —dijo Quetzal.

—Es verdad, pero nunca habíamos tenido un VIP tan importante. ¿Tienes visión en el objetivo?

—Hay una puerta de seguridad al final del pasillo.

—Sí, es esa —dijo Quetzal.

Paloma asintió. Diecisiete objetivos era lo que ella podía ver. ¿A cuántos podría matar antes de que brechearan la puerta?

«Respira hondo mientras apuntas, contén el aire en tus pulmones, así no se va a mover el rifle» le había enseñado su padre. «Dispara y, una vez el objetivo toque el suelo, exhalas, como si sintieras que su último aliento escapara de ti y no de ellos. Todo lo que fueron hasta el momento en que se cruzaron en tu mira te pertenece, es hora de tomarlo».

—Paloma, estamos en posición,

—Copiado. Comenzando el estadio final de la operación Pichón.

Colocó la mira sobre un sujeto al fondo de la habitación. Por lo que notaba en su forma roja, parecía cargar un subfusil MP7.

Quizá lo único que sabía hacer era replicar las enseñanzas de su padre como un robot. Era mejor no pensar, dejar que el entrenamiento se apoderase de su voluntad. No había nada más que eso.

Contuvo la respiración y jaló el gatillo.

Exhaló. La bala atravesó los trescientos metros que la separaban del edificio, su zumbido reverberó en la noche aún después de que el hombre hubiera caído.

Inhaló.

El siguiente objetivo se encontraba vigilando el exterior, mirando en dirección a ella, pero por supuesto, no podía verla. Esta vez había equipado un nuevo supresor que ocultaba su fogonazo.

Exhaló. Si el hombre tenía o no visión de ella, era irrelevante. Cualquier palabra que hubiera querido decir se ahogó en la sangre que ahora inundaba su garganta.

Esta vez los hostiles se habían percatado y comenzaron a replegarse con desespero, buscando algún refugio del francotirador.

Paloma inhaló.

Un hombre que tardó unas cuántas décimas de segundo en encontrar refugio, pronto conoció las consecuencias de su torpeza. Cayó tras un disparo que, con toda certeza, le había hecho pedazos un riñón; tendría una muerte lenta y dolorosa. No había tiempo para reparar en él; Paloma exhaló, adelantándose a reclamar el aliento de la vida que ahora le pertenecía.

Entonces, los enemigos abrieron fuego hacia su posición… o mejor dicho, hacia a donde creían que podía estar.

—Estoy recibiendo fuego.

—Excelente —dijo Quetzal.

—Preparando brecheo —dijo Aguilar con exagerado entusiasmo.

El escuadrón colocaba una carga explosiva sobre la puerta.

—Carga lista. —solo tres segundos antes de que el caos se intensificara.

Paloma buscó un último objetivo, y justo un incauto asomó un poco su cabeza desde un escritorio.

Esta vez su trofeo le llegó al momento, y como si la intención hubiera sido la sincronización, la puerta explotó.

Tres siluetas entrecortadas entraron a la habitación disparando sin hesitar a los hostiles, quienes en su gran mayoría estaban concentrados en lo que pasaba en el edificio.

La tiradora de élite se preguntó si ellos, que estaban moviéndose a altas velocidades y matando a distancias cortas, también contenían la respiración, si acaso esos alientos quedarían flotando en el aire.

En cuestión de un segundo sólo quedaban ocho objetivos aún de pie; estos se replegaron detrás de la primera cobertura que encontraran y el tiroteo pronto se convirtió en una suerte de guerra de trincheras.

Por fortuna, el factor sorpresa jugó a favor de PARVADA quienes estaban mejor posicionados y no tuvierom que lidiar con el estrés de descubrir que estaban bajo ataque.

—Paloma —era la voz de Aguilar—, treinta segundos antes de que se vuelva a encender la luz.

—Entendido —dijo tras exhalar. Quedaban siete. ¿Podría aligerar la carga un poco más?

Falló un disparo que pretendía volarle la cabeza a un soldado fosfolense.

Cambió su cargador. Sus compañeros seguían lanzando fuego de supresión, buscando algún objetivo donde lo hubiera.

—Lanzando granada cegadora —era la voz desesperada de Garza. El jefe tenía un hábito poco usual entre los militares, sobre todo considerando que era el de mayor rango. Normalmente la serenidad y la calma es lo que se espera de alguien en su posición, no obstante, con el paso de los años, Paloma comprendió que a él le gustaba cargar con el peso de las tensiones de todos. Una forma muy sentimentalista de decir que era adicto a la adrenalina y no tenía vergüenza de ocultarlo.

Apenas iba a disparar cuando Quetzal flanqueó a ese enemigo de la izquierda

Ese movimiento había resultado en un avance para su escuadrón, pero su compañera se había quedado en una posición vulnerable. No había problema con ello, pues Quetzal sabía bien que podía confiar en que ella la cubriría.

Casi como si estuviera escrito, un soldado asomó la boquilla de su rifle desde la cobertura, apuntando hacia Quetzal.

Paloma inhaló.

Y luego fue completamente cegada.

Se quitó de golpe los goggles de visión térmica; la energía eléctrica había sido restaurada y la Torre Naranja brillaba como un sol en medio de la noche.

—¡Quetzal, abajo! —gritó Paloma por el comunicador.

—Ah, mierda —replicó ella en un alarido, luego se quejó.—. Creo que me dieron en el puto hombro.

«No, sólo un poco más».

—Quédate cubierta. Aguilar, cúbreme —comandó Garza.

—No, no, ve por el objetivo.

Escuchaba los cargadores vaciarse en la oscuridad de la noche.

Paloma debía actuar, estaban tan cerca de completar la misión. Pero no había nada que pudiera hacer, se le habían acabado las opciones, ahora solo le quedaba confiar en sus compañeros.

—Maté a uno —dijo Aguilar.

—Lanzando fragmentación.

El característico sonido seco de la granada mandó a volar algunos vidrios; Paloma seguía sin poder ver.

—Quetzal —llamó a su compañera—. ¿Cuál es tu estado?

—No sé si estoy sangrando. Ese güey me dio en la espalda.

—Estarás bien —le dijo Aguilar—, si te hubiera dado en el pulmón no podrías hablar.

—Sólo dense prisa.

Paloma se puso de pie junto a la ventana del edificio contiguo donde se encontraba, observando aquella luz naranja que nunca debió haber brillado… y no solo esta noche. Este error había costado caro a su país. Una nación dividida, el caos y la muerte, el engreimiento de que, si un mexicano era más adinerado que el otro, entonces lo lógico sería separarse para distinguirse del hermano menos afortunado. Decían que los mexicanos eran como las langostas en una olla, pero ella no lo creía así.

No se trataba de hundir al otro para que ardiera contigo, sino de nunca entrar en la olla y olvidarse de los que estaban dentro argumentando que unos no tenían nada que ver con los otros.

Y ahora soldados morían, fueran secretos, privados o regulares; esto no acabaría bien para nadie. Esta sería apenas la primera provocación de una serie de muchas. ¿En verdad estábamos dispuestos a dividir México? Quizá era muy tarde para buscar una respuesta que no fueran balas y explosiones.

Hasta que se detuvieron.

Por un instante no hubo más que silencio en la noche, hasta que Paloma lo rompió:

—Garza… jefe. ¿Cuál es la situación?

Deseaba que esta vez no se invirtieran los papeles y ahora ellos tardaran en responder.

—¿Jefe?

—La habitación está limpia. Estamos moviéndonos al área de seguridad para rescatar a la familia del presidente.

—¿Quetzal?                                                                                         

—Sigo consciente. Chingado padre, ya empezó a quemarme la herida.

—¿Hay algo que pueda hacer? —preguntó Paloma.

—Deberías evacuar. Nos reencontraremos en la base.

—Entendido, cambio y fuera.

Apenas se disponía a abandonar su posición, cuando escuchó como se rompía la voz del mayor Garza. Esta vez no era la adrenalina, sino algo… distinto.

—Condori, aquí PARVADA 4-1. Tenemos una situación inesperada con el paquete. Repito, tenemos una situación inesperada con el paquete.

—¿Jefe?

—Parece ser que las cosas no son tal como nos las habían contado.

—¿El hijo del presidente está bien?

Hubo otro silencio que poco a poco se fue llenando con el sonido de sirenas llegando al sitio.

—No es algo que se pueda responder con pocas palabras.

Paloma volvió a su posición de disparo, aferrándose a su rifle con fuerza y, aunque no podía ver lo que pasaba en la torre, algo le decía que no debía quitar el ojo de ella.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. baaldemont dice:

    Excelente relato de acción. Esperando secuela. 👍

    Le gusta a 2 personas

    1. e.vil dice:

      Hay tres capítulos anteriores y resta uno más para finalizar la historia, ojalá tengas oportunidad de leerlos todos. Gracias por visitarnos.

      Le gusta a 1 persona

  2. elcieloyelinfierno dice:

    Muy buena narrativa; en lo que debe ser un relato o cuento corto de suspenso. Seguiré tu recomendación y trataré de leer los anteriores. Te o los felicito. Un cordial saludo.

    Le gusta a 2 personas

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