La gota por Mayté Guzmán Mariscal

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Imagen tomada de Unsplash

Comía la naranja así, a hurtadillas, para que nadie interrumpiera esos momentos de delicioso placer. Al morderla no podía evitar que el dulcísimo jugo escurriera por su piel hasta desvanecerse en algún obstáculo de su ropa. Eso le generaba un ligero cosquilleo que a su vez desencadenaba una serie de reacciones físicas, de modo que ese instante se convertía en uno de los más sensuales del día.

Aquella ocasión lo hizo frente al espejo, quería saber exactamente que le provocaba tanto éxtasis, así que preparó un ensayo frente a si misma.

Experimentó con otras frutas como la sandia y las nectarinas más dulces y jugosas que pudo encontrar. No le quedó duda alguna sobre cuál era la causa.

Tanta fascinación provenía de la gotita, cada gota de jugo rozando su piel; el néctar como una extensión de la fruta. No el tacto, ni la dulzura, sino la delicadeza con la que, siendo tan pequeña, estimulaba sus sentidos. Allí, frente al espejo, descubría agradecida cómo algo tan elemental era tan generoso con su cuerpo. Con el torso desnudo dejó que el jugo corriera libremente por la piel. Sus sentidos estaban más receptivos de lo habitual, por lo que el roce del líquido fue estremeciendo todo su cuerpo hasta descargar toda esa energía en la humedad de su sexo.

Desde su niñez había contemplado cientos de fotografías en las que finas gotas de rocío se aferraban a los pétalos de las flores, a los frutos y a las hojas. Había en esas imágenes mucho de complicidad y sensualidad. A veces pensaba en ello como una de las tantas alevosías de la naturaleza para seducir a los extraños; como ella.

Esa podría ser la causa remota en ese acto de dejar que el néctar de las frutas la estimularan. Sus labios parecían estar de acuerdo en ser catalizadores del ritual dejando escapar el liquido de su boca; aunque a veces, por temor a dejar huellas en su ropa, apagaba su éxtasis intempestivamente y capturaba a la gotita con sus dedos para derretirla en sus labios.

Aquel gesto, al que recurría como una especie de provocación, multiplicaba su deseo exponencialmente. Sus mejillas se sonrojaban y sus senos quedaban erectos durante unos instantes, y tras una especie de espasmo orgásmico sonrió maliciosamente por su picardía.

Sólo le quedaba intentar algo: descubrir si tenia la misma reacción al observar a alguien más en la misma actitud cuando se le escapaba el liquido de los labios. En distintas ocasiones pudo observar oportunamente cómo la famosa gotita quedaba en los labios de su interlocutor tímida y temblorosa, pero siempre era engullida con otro movimiento ligero y preciso de la lengua. Otro detalle que descubrió con la experiencia fue que no cualquier líquido la incitaba, y por supuesto, no todas las actitudes de otros le parecían sensuales. El día de la fiesta en la terraza de su apartamento, ninguno de los invitados había llamado su atención tanto como para ser objeto de su experimento. Intentó dejar el asunto de la gotita para otra ocasión y disfrutar la charla con sus amigos mientras se deleitaban con el vino.

Un chico de gafas y cabellera había permanecido callado y contemplativo durante la reunión. Tan pronto como se llevó la copa a la boca, de manera casi imperceptible un hilo de vino resbaló por sus labios; de improviso, se abalanzó sobre él, y con un toque suavísimo de su lengua lamió la gota que había alcanzado la barbilla de su victima.

Se apartó inmediatamente y tras un breve espasmo sintió cómo su sexo respondía a su deseo. Conmocionada y un poco avergonzada por el efecto que causó su atrevimiento en aquel desconocido, huyó de la vista de sus amigos, que incrédulos, observaban estupefactos la escena.

En tanto él, en un intento por cubrirse la entrepierna hinchada por semejante embestida de la dama, cometió la torpeza de vaciar el resto de la copa sobre el pantalón, así que no le quedó más remedio que ir al baño y arreglar el desperfecto. Todos en la terraza comenzaron a reír a sus espaldas.

Entró a la casa agobiado, se leía en el rostro sus ganas de salir corriendo, cuando escuchó que lo llamó desde el salón. Estaba terminando un cigarrillo y se acercó para excusarse nuevamente.

—No te vayas. Lo siento mucho, de verdad.

Dijo esto y desvió la vista hacia su pantalón húmedo con un gesto de sorpresa.

—Nada, no te preocupes, fue un accidente.

—Te has mojado, ¿también ha sido culpa mía?

De nuevo se sonrojó y ella sonrió porque pudo observar su miembro erecto una vez más, aunque intentó disimularlo metiendo ambas manos en los bolsillos de su pantalón.

—¡Desnúdate!

—¿…?

—Venga, confía en mi, yo limpiaré tu pantalón; es lo mínimo que puedo hacer.

—Pero… ¿Tus amigos? ¿Y la fiesta?

—Olvídate de ellos, entra.

El chico pareció complacido, aunque, a decir verdad, no tenia más remedio que acceder si quería saciar la curiosidad que en tan pocos minutos había causado en él esa mujer; así que entró en la habitación y se sentó en la cama a esperar.

Minutos después llegó con su prenda y la extendió en la ventana del balcón para que se secará más pronto. Le ofreció unos pantaloncillos de manta que usaba para dormir que aceptó con una mueca de desconcierto. La observaba sin preguntar nada, aunque se percibía que estaba conteniendo mil y una frases.

—Me conmovió tu gesto —dijo después de un silencio largo.

—Nunca lo había hecho con alguien.

—¿El que?

—Lamer a alguien en publico, como si fuera un cachorro. Fue algo instintivo, porque me gustó verte en esa actitud tan contemplativa; si no, seguramente no habría estado atenta a tus movimientos.

—Parecías tan abstraída en la conversación que…

—¿También me observabas?

—¿Por que dices que fue algo instintivo?

—Siento un impulso incontenible ante las gotas de algo sobre la piel, sobre todo de la fruta; me causa un placer particular, pero es la primera vez que al observar en alguien… resbalando… no me pude contener.

—¡Ah!

—¿Y que harás cuándo salgas de aquí? Vas a ser la comidilla de mis amigos.

—Ya lo había pensado, creo que me marchare sin despedirme.

Lo miró durante un largo tiempo, aunque ya su semblante se iba turbando. De pronto, se echó a llorar sin razón aparente.

—¿Fue algo que dije? ¿Qué te ocurre? ¿No me tortures más?

—Tienes razón, lo lamento, lo lamento.

La tomó de los hombros y le alzó suavemente la barbilla con una mano. Ella cerró los ojos para seguir exprimiendo su llanto y él comenzó a lamer muy suavemente las lágrimas. Primero por el cuello, después por la barbilla, después por las mejillas y finalmente por los labios.

No había palabras para tan dulce gesto. Aquel pequeño instante de nostalgia, melancolía o tristeza, se había convertido en una explosión de lujuria para ambos. No esperaba que tuviera esa iniciativa después del mal rato que le había hecho pasar delante de sus amigos. Y ahora, el llanto inexplicable. Sin embargo, parecía no importarle porque ya había aprendido el ritual casi a la perfección.

Segundo lugar en el I Concurso de Narrativa Erótica organizado por el FONCA y la asociación MexCat de Barcelona en 2012.

Blog de Mayté Guzmán: Cualquier parecido con la coincidencia… es pura realidad.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. elcieloyelinfierno dice:

    Solo puede expresar BRILLANTE!! desde el principio hasta el final; por la estructura del lenguaje y su expresivo contenido erótico. Un cordial saludo.

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  2. ahuanda dice:

    ¡Muchas gracias por el comentario! Un gran abrazo.

    Le gusta a 2 personas

    1. elcieloyelinfierno dice:

      No hay porqué. Bien merecido lo tienes. Un cálido saludo y muy buena semana!

      Le gusta a 2 personas

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