Una nueva vida por Ángel de León

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Imagen tomada de Pinterest

 

 

—Camino a la tortillería que estaba cerca de mi casa había una caseta telefónica, de esas a las que tenías que meterle una tarjeta de prepago para poder hablar. ¿Las recuerdas?

—Sí, las recuerdo. Solía recortar esas tarjetas en triángulos para usarlas como plumillas de guitarra.

—Te voy a decir algo, pero ¿prometes no reírte?

Entré a las ruinas de un supermercado con el rifle por delante. Si bien los sombríos no existían de día, era mejor no tomar riesgos innecesarios.

Apreté el botón del radio comunicador.

—Sí, te lo prometo.

Adriana suspiró desde la distancia.

—Siempre que pasaba por ahí, fuera de ida o de regreso, descolgaba el teléfono con la esperanza de escuchar algo del otro lado.

      Le pregunté si tenía idea de lo qué esperaba escuchar. Mientras la escuchaba, seguí llenando mi mochila de provisiones.

—Algún chisme— soltó una risita—. No es cierto, pensaba que me iba a llamar una especie de bruja o mago, que me iban a decir que sabían todo sobre mí y que había llegado el momento de llevarme a mi tierra de origen; un mundo fantástico donde yo era alguien especial: una heroína, una princesa o algo así como la elegida. No importaba qué fuera, aceptaría cualquier cosa. Verás… no me gustaba mucho mi casa.

Con el rifle por delante me dirigí a la salida del supermercado, llevaba suficientes provisiones para un viaje de dos días.

—Ahora también hago lo mismo. Cuando me quedo sin suministros y debo salir de mi pequeña fortaleza, a veces me encuentro una caseta entre los escombros, descuelgo el teléfono y digo «bueno».

Aseguré mi maleta en el compartimiento de la motocicleta, me colgué el rifle M16 en la espalda y encendí el motor.

—Ya no espero que haya alguien que me invite a su mundo de fantasía— suspiró—. Aunque si lo ves de cierta forma, pareciera que ahora vivimos en una de esas historias… sólo que esperaba que hubiera magia y no sólo sombras.

—Aún no conocemos con certeza el origen de los sombríos. A lo mejor son producto de la magia.

Arranqué en dirección a lo que solía ser Jalisco. Partiendo desde la antigua Yucatán me tomaría dos días en moto si no encontraba contratiempos en el camino. Comprobé de manera instintiva los dos cargadores de balas que llevaba colgados de la chamarra.

—No deja de ser mala suerte —dijo Adriana al cabo de un rato—. Ahora levanto el teléfono con la esperanza de que al otro lado exista alguien más, alguien que necesite ayuda o alguien que pueda ayudarme. No podemos ser las únicas que sobrevivimos, debe haber más.

—De eso no hay duda, pero tan sólo dar contigo me tomó mucho tiempo.

—Algún día los contactaremos. Hay que empezar de cero, aprender a vivir con esta calamidad.

Como ya me estaba alejando de los escombros de mi ciudad y entraba al campo abierto, la señal del radio empezaba a cortarse.

—Empezar de cero… —dije—. Adriana, eso es, empezar de cero, pero ahora ya sabemos cómo sobrevivir; tú y yo lo hemos hecho hasta ahora. Sólo espera un poco más. Te llamo en cuanto entre a la siguiente ciudad.

—Cuídate mucho, Pau. Te quiero mucho.

Le dije que yo también la quería mucho, que me moría de ganas de conocerla, pero no estoy segura si la radio me alcanzó para ello.

Levanté el rostro hacia el sol de medio día; quería bañarme en su luz, que durara mucho tiempo brillando y que me protegiera en mi camino.

¿Qué clase de vida nos esperaba?

(…)

Corrí con suerte al encontrar que la quinta gasolinería en la que me detuve aún tenía combustible. Si bien llevaba el tanque a la mitad, era mejor mantenerlo lleno siempre que se pudiera. Cuando los sombríos atacaron por primera vez todos entraron en pánico y buscaron huir hacia el norte o el sur, quizá pensando que allá no existían; en esos días agotaron muchos de los recursos y el país quedó desabastecido.

Día con día veíamos en las noticias cómo las criaturas diezmaban a la población mundial a un ritmo exponencial. Parecía que había comenzado parejo en todo el mundo, como si el planeta hubiera sido envuelto por una suerte de masa oscura.

Los gobiernos movilizaron a sus militares para tratar de resguardar a la población y así sobrevivimos por muchos meses. Pero algo siempre salía mal, la avaricia del hombre siempre generaba conflictos internos en los refugios y un error bastaba para que los sombríos se colaran en la noche.

Era más fácil sobrevivir sola, sin voluntades humanas que te pusieran en peligro. Incluso en una situación de vida o muerte, las personas seguían imponiendo sus deseos y eso sólo devenía en desgracias. No obstante, ahora que no quedamos muchas, la soledad también se ha vuelto una amenaza, sólo resta creer que hemos aprendido de nuestros errores, que las supervivientes que llegamos hasta este punto tenemos suficiente experiencia evitando la muerte.

El tanque se llenó y reanudé la marcha. El sol estaba justo encima de mí, unas cuantas horas más antes de tener que buscar refugio para pasar la noche.

¿Cómo sará Adriana? ¿Qué aspecto tendrá la persona detrás de la voz?

Antes de escucharla vagaba sola. Sobrevivir se había vuelto un fin sinsentido, ¿por qué aferrarse a vivir si cada vez pierdo más y más de mí misma? Si nada iba a cambiar, ¿para qué hacer tantos esfuerzos con tal de respirar otro día? No hay futuro, la humanidad casi esta extinta y yo estoy aislada de cualquier otro sobreviviente.

Las cosas que he tenido que hacer para seguir viviendo esta pesadilla.

Lo más sensato habría sido matarme. Muchos lo hicieron, conscientes de que el precio a pagar sólo por seguir respirando era demasiado alto.

Por mi parte, quizá fuera algo así como el instinto de mantenerme viva o el temor a lo que siga o no siga después, no podía hacerlo. Me justificaba a mí misma diciendo que, a final de cuentas, me daba mucha curiosidad ver qué tanto aguantaba. Después de todo, alguien debía vivir el fin del mundo, ¿no? Alguien debía contemplar la sombra de lo que alguna vez fue.

Luego apareció Adriana. Bueno, su voz, y con ella, su existencia.

—Ya voy por Veracruz. Espero llegar a Puebla y pasar la noche ahí.

—Con cuidado, Pau.

—¿Tú cómo estás?

—Estoy muy nerviosa. Nervios de los buenos y de los malos: Me muero por conocerte, al fin poder abrazarte, pero me aterra que tengas que exponerte así; son dos noches en los que tendrás que improvisar algún refugio. Te dije que era mejor si nos encontrábamos en el centro del país.

—No tiene caso poner a las dos en riesgo. Además, ya me cansé del calor de esta ciudad.

—Sólo ten cuidado, por favor.

No sobreviví hasta este punto en vano.

(…)

Aparqué cerca del centro de Puebla y decidí instalarme en la Catedral.

Durante los primeros días, las iglesias se mantuvieron como bastión de defensa contra los sombríos; no tanto porque la arquitectura fuera sólida y a veces asemejara la de un castillo, sino porque, una vez el mundo fue cubierto por las sombras, el primer lugar en el que la humanidad buscó respuestas fue a la religión.

Las personas se congregaron alrededor de estos espacios creando comunidades. Tampoco duró mucho. Después de todo, sólo pueden caber un número determinado de personas en un lugar.

Por un momento llegué a pensar que la fe al fin iba a servir de algo bueno. Luego me pregunté que si Dios existía y era omnipotente, ¿cuál es su relación con los sombríos? Porque alguna debía de haber, ¿no?

Tras pasar el atardecer revisando cada entrada, grieta y ventana del interior de la Catedral de Puebla, reforzando una de las entradas traseras, me senté en el primer escalón del altar a fumarme un cigarrillo, luego recargué mi cabeza contra el último escalón; justo encima de mí, el doliente Cristo miraba compasivo desde la cruz. Daba la impresión de que el humo distorsionaba su imagen, casi se parecía a uno de ellos.

Cuando la luz del crepúsculo comenzó a tornarse gris, me levanté y atravesé el pasillo hasta la puerta. Las bancas a mi alrededor, que antes albergaban los cuerpos de los fieles, ahora recolectaban polvo. Quizá lo único bueno de la manera en como te mataban los sombríos, es que no quedaba nada; ni huesos ni cenizas. Te envolvían las sombras y después era como si nunca hubieras existido.

—Adriana, estoy a punto de cerrar las puertas, espero que esta sea la noche más aburrida de toda mi vida— solté el botón del radio.

—Aquí estaré, pendiente por si dices algo.

—No será necesario, no conozco bien este terreno y es mejor guardar silencio… pero si algo pasa…

—No pasará nada.

Asentí.

—Esta noche cenaré unos burritos congelados que tomé de un súper. ¿Sabes?, cuando era estudiante tuve que dejar mi casa para irme a la gran ciudad y nadie me dijo que adaptarse a vivir en un lugar tan distinto sería la mitad del trabajo. Apenas sí hay tiempo de estudiar— barrí el exterior de la catedral con la vista—. Es mejor acostumbrarse a comer algo que no requiera mucho tiempo cuando una está apretada. Cuando se acercaba la temporada de exámenes solía comprar de estos burritos en el supermercado o el Oxxo. La verdad es que saben horribles, nadie debería de comer de estas cosas a menos que sea su última opción… ahora siguen siendo igual de espantosos, pero al menos me recuerdan a un tiempo de mi vida en que lo peor que podía pasarme era reprobar cálculo.

—No te sientas mal, Pau, los exámenes de cálculo pueden ser tan terribles como los sombríos —dijo y luego soltó una risita nerviosa, un mero espasmo en la garganta.

—Es posible.

Cerré los enormes portones de uno en uno, la madera crujía y el suelo retumbaba un poco debido al peso. Al menos las criaturas no podrían romperlas con facilidad.

Volví a desacoplar el cargador de la M16 para comprobar que tuviera balas. No había duda, pero una se vuelve paranoica. Quité el seguro y me senté de vuelta en el filo del altar.

—Oye, Pau, antes de que todo esto pasara, a mí me gustaba mucho la noche; ojalá que algún día pueda volver a disfrutarla. Creo que si es contigo, algo de bueno deberá haber en ella.

—Ojalá, ojalá. Después de todo, la noche sólo es parte de un ciclo.

—Pasará en cualquier momento, ya no se ve el sol… Estaré pendiente.

—Cambio y… Adriana, te quiero.

Apagué la radio, el silencio era el mejor aliado para sobrevivir en la oscuridad.

La única luz que se colaba hacía el interior era la de la luna contra los vitrales, sus colores lucían por demás vagos; se requería de una verdadera fuente de luz para que sus formas se proyectaran.

Lo que sí se veía con esa iluminación eran extrañas figuras sobre los cristales. Casi pude notar una sombra en la poca luz que caía sobre mí; fue tan rápida que si hubiera parpadeado quizá no la hubiera visto.

Todo estaba bien, ellos estaban afuera y yo estaba adentro.

Con una mano y en silencio comí del burrito, mientras con la otra sostenía el rifle de la empuñadura. En verdad esperaba que el recuerdo de la escuela de ingeniería fuera lo más amenazador que viviera esta noche.

Cuando no hay ningún sonido los oídos se agudizan, una es capaz de escuchar cosas que hacía unos segundos no podía. Afuera se podía oír el meneo de las hojas de los árboles a merced de la suave brisa; ese viento yo no podía sentirlo, pero sabía que ahí estaba.

Dejé que el dedo de mi mano derecha descansara en el lugar en el que más cómodo se sentía: a una décima de segundo del gatillo. Volví la mirada al Cristo y, traicionando mi historia de vida, pero reafirmando que existía algo similar a un futuro, recé.

Sólo una noche más.

No podía ser en vano.

No debía ser en vano.

Una docena de rugidos, similares al ulular del viento por un resquicio, se escuchaban muy por encima de mí. Estaban en el techo. Y ahí estaban bien, lejos de mí.

Así sonaba la noche. Si algún día todo esto acaba, ¿podrán los bebés arrullarse con aquel murmullo?

Juuuuuush… Juuuuuush…

Mañana llegaré con Adriana y comprobaré si ella también percibé estos sonidos de la misma forma.

Juuuuuush… Juuuuuush…

Comprobaré que he mantenido la cordura.

La oscuridad lentamente se irá cerrando. La Tierra no puede detenerse y yo tampoco tengo por qué hacerlo

Sólo debo esperar un poco. Sólo una noche más.

Las sombras, los árboles, la mirada misericorde de dios y el rugido tan ligero que imita al intruso viento. Pero no suena igual. Se delatan porque no pertenecen a este mundo. Por eso es posible aprender a vivir con la calamidad.

Llegará el alba y comenzará una nueva vida.

Una nueva vida.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ana Piera dice:

    Me super encantó Ángel, está muy bien escrito, se lee agradable a pesar del tema. Será que me fascinan las historias apocalípticas. Que la situaras en México me gustó mucho. Queda la imaginación deseando ese ansiado encuentro. Saludos!

    Le gusta a 2 personas

    1. tanukiwi dice:

      ¡Qué alegría! Creo que las historias apocalípticas son interesantes porque nos desnudan como humanos, tanto a un nivel personal como de especie, creo que son escenarios super interesantes para explorar el horror, desdén y la deshumanización, sí, pero también los anhelos, miedos y esperanzas.

      Le gusta a 2 personas

  2. tanukiwi dice:

    Reblogueó esto en Tanuki de Cerámicay comentado:
    Últimamente he andado de humor postapocalíptico y quise escribir algo así ambientado en México. Acompañamos a Pau en su búsqueda por Adriana, quienes se resisten a la soledad de un mundo donde no quedan muchas personas vivas.

    Creo que será una lectura divertinteresante, sobre todo si son fans de películas como «Un lugar para el silencio» y trabajos como «Guerra Mundial Z».

    Le gusta a 1 persona

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