Instrucciones para pelear por Alejandro Villaverde Viayra

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Imagen tomada de Pinterest

 

 

Están más allá de la posibilidad del diálogo.

¿Había forma de escapar? ¿Se podía evitar el conflicto?

No había tiempo de preguntárselo, el enemigo se acercaba amenazadoramente y el miedo se apodera de ti.

El motivo por el que inició, la razón por la que peleas, todos esos ideales quedaron relegados a un rincón de tu mente que apagaste. Toda tu energía se empeña en sobrevivir, en dar ese primer golpe antes de que el otro tenga oportunidad.

No te das cuenta, pero el otro ya no es una persona; es una abominación, una afronta contra tu existencia, un obstáculo a ser aplastado, y todos los que se encuentran junto a ti piensan lo mismo mientras cargan con un frenético grito de guerra.

No se trata de unión o de sincronía.

Los gritos suenan como un sutil acompañamiento al estrépito de los cuerpos chocando. Acaban de derribar a uno de tu bando. ¿Un amigo o una amante? Quizá solo se trata de un desconocido que coincidentemente terminó junto a ti. No tienes tiempo de ver su cara.

No hay ningún entrenamiento que te preparara para esto, las peleas no son como las que practicaste en el gimnasio o dojo. No hay ningún árbitro para decirle al otro que pare cuando ya te ha derribado y te tiene en el suelo.

Harías lo mismo si las posiciones estuvieran invertidas. Sabes que lo harías.

La ausencia de reglas, si ellos son capaces de tergiversarlas, ¿por qué no harías tú lo mismo?

Pensar en todas las formas en que podrías hacerle daño al enemigo te protege de sentir el dolor que sus puños te están causando. Incluso con toda la adrenalina, tus brazos te duelen de tanto bloquear, tu vista se torna borrosa y te sientes mareado. ¿Vas a morir? ¿El otro irá a la cárcel? Podría ir a la cárcel incluso si no murieras. Si, esa también podría ser una victoria.

Sin darte cuenta gritas en busca de ayuda, y ésta de pronto llega.

Eres cegado cuando algo salta a tus ojos y tu enemigo cae con todo tu peso sobre ti. Aliados y enemigos se fijan en el cuerpo que descansa encima de ti. Te frotas con el antebrazo (nunca podrás limpiar tu ropa) y lo primero que ves es a uno de los de tu lado con un arma sangrante.

Es demasiada sangre, ¿puede alguien vivir habiendo perdido tanta?

Lentamente se contagia la realización. La furia escala y la lucha reanuda con nueva intensidad mientras que tú sigues atrapado.

La sangre fluye con mayor celeridad. No se trata solamente de la persona a quien enfrentabas, más y más cuerpos se unen a su descanso sobre el concreto y sientes como si tu vida fuera a acabar en ese momento.

Muchos piensan que es la furia, pero realmente es el miedo el que te permite escapar y ponerte de pie. Bloqueas con tu antebrazo un palo que apuntaba a tu cabeza y pegas una carrera. Es como si una jauría te persiguiera, incluso las sombras pueden ser un enemigo, y las personas que pelean en tu bando se convierten también en obstáculos para tu escape.

¿Siempre habías sido tan sensible a la luz? Tu cabeza amenaza con estallar.

Entre el caos y gritos de dolor logras, milagrosamente, identificar la voz de una persona conocida.

—¡Vámonos! —dice.

Escapamos.

Cargas hacia la salida tacleando a todo a quel que se interponga en tu paso; las luces rojas y azules crean un juego de sombras que te engaña con ataques que no vienen de ninguna parte.

Como puedes logras escabullirte de la pelea zigzagueando entre calles, pero tu corazón no para de latir con tanta fuerza que te hace sentir estallar la cabeza. Las personas a tu alrededor te juzgan, no miran a los ojos sino las manchas en tu ropa en tu cara y en tus manos.

El tabaco parece no tener el efecto deseado, el calor del humo escuece en tu garganta y amenaza con atragantarte. Tiras el cigarro en el primer cenicero y sigues tu camino temeroso de quien podría venir detrás.

Conforme la adrenalina desciende llega el dolor; pero no de golpe, es más bien como el veneno de una serpiente que se apodera lentamente de ti, revelando heridas y golpes que no sabías que habías recibido. Duele incluso hasta donde las manchas rojas no son tuyas.

Tú y la otra persona conversan de nada en particular, quizá solo sea una estrategia para mantenerse conscientes, quizá como una excusa para seguir sin pensar. Conforme su aliento se acompasa la conversación adquiere más ritmo. Pero cuando llegas a tu casa no puedes recordarlo. ¿De qué estuvieron hablando?

Te lavas lo mejor que puedes y tiras la ropa a la basura, piensas en quemarla y te ríes de tu propia paranoia. Ni si quiera sabían tu nombre, es imposible que te persigan una vez que has salido de la pelea, ¿o no?

Te recuestas, te sientes hecho pedazos e intentas dormir.

Tienes el sueño ligero, cualquier murmullo o sonido distante te parece un posible atacante y te sobresaltas. Es peor todavía cuando las patrullas comienzan a rondar cerca de tu casa.

Siempre lo hacen, ¿no? Buscan borrachos o malhechores a mitad de la noche, quizá a algún despistado que puedan reportar bajo cualquier excusa a cambio de mérito.

No te vienen a buscar. No te vienen a buscar.

Repites el mantra y cierras los ojos, pero el sueño no llega. En su lugar, vienen pensamientos conforme vas recuperando la humanidad.

No estaba muerto ese hombre, no debía de estarlo, no lo habían golpeado tan duro. Y si lo estaba sabrían que no eres tú el que lo había hecho, ¿o sí? Encontrarían tus huellas, rastros de tus puños y tu sangre, pero el arma estará en otro sitio, en otras manos y tú nunca la tocaste.

Solo querías darle una lección, no querías que eso pasara.

¿Habrá regresado a casa? ¿Cómo se sentirá su familia, su pareja o sus amigos?

Una vez que comienzan las preguntas no puedes parar, una se encadena a otra y la culpa crece y crece conforme aquello que te defendía de tu propia consciencia comienza a ceder.

Al día siguiente sientes el cuerpo molido y la consciencia intranquila.

Luego de pelear por primera vez, no sabes cuándo tendrás que volver a hacerlo.

Blog de Alejandro Villaverde: Querido fantasma.

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