Haruki Murakami por Ángel de León

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Imagen por Elia Bonetti

En el limbo que siguió a mi cumpleaños veintinueve, sólo pensaba en morir.

Aquella noche había cerrado las puertas de mi bar de jazz para siempre. Las cerré tras de mí y, mientras me alejaba, el solo de My Melancholy Baby de Charlie Parker casi me jala de vuelta. Sabía bien que la música no provenía del interior, era un sonido que sólo existía en mi mente.

Encendí un cigarrillo Seven Stars y me eché a andar sin mirar atrás, ni siquiera de reojo. En verdad no tenía a donde ir; claro que tenía una casa, aunque no por mucho más tiempo si ya no podía sustentar la renta, pero no tenía un lugar al cuál llegar. Dejé que la noche me llevara hasta un campo de baseball fuera de una escuela y decidí quedarme a ver el partido para salir de mí mismo. Jugaban Los Tigres del colegio S contra Los Bagres de la preparatoria K.

El porte del bateador evocaba la sombra de Sadaharu Oh. Pero sólo la sombra, pues el bat apenas sí mordió la bola que salió disparada en mi dirección.

La atrapé.

El cátcher se disculpó con una reverencia y la lancé de vuelta, indicándole con un gesto que no había ningún problema.

—Tienes buen brazo —llamó una mujer tras de mí—. Me recuerda al del legendario Mariano Rivera.

—¿Eres fan de los Yankees de Nueva York? —respondí sin girarme. La escuché acercarse hasta quedar apenas a un metro de distancia de mí.

—No, de hecho, los odio.

Solté una risa sardónica y por reflejo me llevé otro Seven Stars a los labios.

—Los odias, pero hablas como si fueras una fanática. ¿Tiene sentido eso?

—Solo podría odiarlos si los conociera lo suficiente. ¿Puedes odiar algo que no conoces?

No supe qué responder ni tampoco me interesaba hacerlo. A veces estas cosas había que dejarlas pasar.

—¡Oye! —me tocó el hombro y sólo entonces me digné a ver su rostro—. No me digas que tú si eres fan. Me llamo Midoriko Minatozaki, pero puedes llamarme Mimi.

Dicho esto, se recogió el corto cabello estilo bob detrás de la oreja antes de extender su mano. Me quedé pasmado.

Su oreja izquierda era la oreja más maravillosa de todo el mundo. Una oreja encantadora y tersa, formada perfectamente lo largo de unos veintitantos años de desarrollo de tejido, cartílago y piel. El lóbulo era redondo y, de no ser por un diminuto lunar, estaría completamente límpido. Esa imagen que a primer vistazo se podría calificar de imperfecta, acentuaba la perfección como producto de una paradoja, pues recordaba que la belleza de esa oreja venía de una inequívoca condición humana. Si tuviera que representar una profesión con la imagen de una sola persona, Mimi sería una modelo de orejas.

—Minatozaki… san. Ese apellido no es común. ¿Con qué ideogramas se escribe?

Negó con la cabeza. La moción reveló un poco de su oreja derecha, igual de maravillosa.

—Mimi. Te dije que me llames Mimi.

—Mimi, que conoce y odia a los Yankees.

—Es que son de Nueva York y a mí me parece una ciudad demasiado hipócrita. La gente vive esperando la ilusión de un sueño que, de ante mano, saben que no puede realizarse, y sin embargo actúan de forma contraria.

—¿No es algo que todos hacemos?

La mirada de Mimi me advirtió de la posibilidad de que dije algo que no debía.

—¿Así es como vives tú…? Ah, no me has dicho tu nombre.

Le dije mi nombre. Ella asintió y no hizo comentario. A diferencia de Minatozaki, mi apellido era el más común y corriente.

—Si así es como vives, valdría la pena despertar, ¿no crees?

—¿Qué sigue después de despertar?

De repente el viento ondeó su cabello y ambas orejas quedaron ocultas a mi vista.

—Eso sólo tú puedes saberlo. No hay una respuesta correcta, sólo hay respuestas, y cada una te libera o te ciega de algo.

—Pero es mejor cegarse por la verdad que por la mentira, ¿no?

—Así es.

—¿Y qué pasa si no terminas cegado?

—Terminas odiando a los Yankees.

Le dije que no lo entendía bien, pero que por favor me lo explicara un poco mejor.

—Es que si no puedes entender algo sin una explicación, entonces no podrás hacerlo con una.

Me limité a asentir. No imaginaba una vida en que yo odiara a un equipo de baseball.

Los jugadores vitorearon después de que, en la entrada anterior, el bateador con el porte de Sudahara Oh bateara home run con las bases llenas. Los Bagres vencerían.

—Oye, Mimi —estuve a punto de invitarla al bar, pero el eco de un solo de Toots Thielemans invadió mi mente. Ya encontraría otro lugar cerca—. ¿Quieres ir por un trago?

Mimi volvió a recogerse el cabello detrás de las orejas.

—De hecho, vivo muy cerca de aquí.

Tan cerca que solo nos tomó una caminata de diez minutos si no contamos los cinco que pasamos en la tienda de conveniencia comprando whiskey.

Lo primero que llamó mi atención fue que la casa era antigua; tenía un patio con un pozo de agua y, como si este me hipnotizara, me acerqué a escuchar la canción del viento que provenía de su interior.

—Cuidado —dijo Mimi—. Ese pozo es demasiado profundo. Nadie sabe qué tanto. Parece que está seco, pero es posible que haya agua en lo más hondo, no sabemos qué tanto tendríamos que descender para averiguarlo.

—Podríamos lanzar una piedra y averiguarlo— me quedé unos segundos inspeccionando aquella negrura.

—Si no puedes entender algo sin una explicación, entonces nunca podrás entenderlo con una, ¿recuerdas?

Le pregunté si no le daba curiosidad.

—Es porque soy una mujer sumamente curiosa que lo sé bien.

Estaba a punto de debatir, pero no tenía caso.

—Al menos deberían taparlo. Es posible que alguien caiga dentro y nunca más sepamos nada de esa persona; sobre todo, si dices que es tan profundo.

—Sí, tal vez alguien debería taparlo. Aunque también valdría la pena pensar si acaso no está abierto por una razón específica.

Entramos a la casa y lo primero que salió a recibirnos fue un gato negro que tenía una mancha blanca en el lomo.

—Se llama Sr. Kawamura, o al menos así le dicen todos por aquí. El veterinario dice que tiene amnesia, así que, aunque Kawamura no pudiera parecerse mucho a su nombre real, no podría molestarse porque es probable que no lo recuerde.

—¿Los gatos tienen memoria de identidad?

Mimi cargó al Sr. Kawamura entre sus brazos como si fuera un bebé y éste no se incómodo en lo más mínimo.

—¿Por qué no? Sabes, el veterinario de la zona es tan bueno con los gatos, que a veces me da la impresión de que él mismo puede comunicarse con ellos.

Si había personas que podían odiar a los Yankees por que los conocían, era posible que también hubiera quienes entendían la identidad de los gatos.

Nos sentamos sobre el piso de madera noruega de su habitación; el Johnny Walker yacía sobre la mesa y, como aún hacía fresco, metimos los pies debajo del kotatsu. Sentí al Sr. Kawamura en mis pies, quizá también buscaba calor.

Le conté a Mimi el asunto del bar. No quería hablar de fracasos, pero no todos los días se pierde algo tan valioso. Además, Johnnie Walker me traicionaba.

Había perdido bastantes cosas a lo largo de mis veintinueve años, no sé si más o menos que el resto del mundo al llegar a esta edad, pero esto fue lo que yo perdí, y por eso solo podía dolerme a mí.

—Cuando era niño crecí con un grupo de amigos y todos tenían nombres de aves. Éramos conocidos como «La Parvada». Como podrás inferir, yo no tengo nombre de ave, de hecho, más bien evoca a un pingüino si cambias algunos caracteres y alargas la pronunciación de esta vocal. Los pingüinos no pueden definirse como aves del todo, incluso si los expertos lo dicen, pues es innegable que también son familiares de los peces.

—Eso te hace más especial, ¿no? —dijo tras beberse medio vaso de Johnny Walker de un trago—. Eras el que representaba el grupo al exterior.

—Pensaba lo mismo. Era una forma de consolarme creyendo que, si existiera otro grupo de amigos cuyos nombres evocaban a criaturas marinas, yo podría servir de intermediario— suspiré—. Al final eso significó que, si había alguien que debía ser cortado del grupo, ese alguien podía ser yo.

Metí la mano debajo del kotatsu para acariciar al Sr. Kawamura. Ahora lo entendía un poco mejor.

—Un día, todos mis amigos dejaron de hablarme, y como yo había crecido a la par de ellos, de repente mi identidad se fracturó de forma irremediable.

—¿Sabes por qué te abandonaron?

Negué con la cabeza.

—Sé que debería saberlo, la respuesta está al alcance de mí, pero no puedo encontrarla. Si estirara la mano hacia lo más profundo de esa oscuridad, ¿podría encontrarla? Lo que sí puedo asegurar, es que entrar en ella es doloroso. Nadie podría salir ileso de ahí.

—Entonces te hace ponderar si acaso vale la pena, ¿no? Es posible que lo que encuentres sea doloroso en sí mismo. ¿Podrías soportar ambos?

No respondí a su pregunta porque no era algo que podía hacerse con facilidad, así que volví al tema anterior.

—El bar que cerré hoy se llamaba Bob Penguin. A los clientes les gustaba escuchar el jazz que yo tanto amo.

Íbamos por el sexto trago cuando Mimi se levantó del kotatsu para sentarse a mi lado y recargar la cabeza sobre mi hombro.

—Oye, hay algo en lo que te mentí— su voz desnudada por Johnnie Walker—. Esta casa no es mía. Sólo vengo aquí de vez en cuando, a veces me gusta quedarme a dormir.

—¿Sabes a quién perteneció?

—Era de un oficial japonés que luchó en la segunda guerra mundial y cuya familia vivió aquí generación tras generación hasta que llegó su turno. Cuando volvió de la guerra no quedaba nadie con vida, pero por alguna razón, la casa seguía en pie— acarició mi rodilla—. Dicen que, por más que intentó instalarse aquí, se le aparecían visiones de sus familiares muriendo a manos de los hombres que él había matado en la guerra.

—¿Cómo puedes saber lo que él soñaba?

Se encogió de hombros.

—Son cosas que los vecinos saben. Nadie dice lo contrario. El caso es que al final terminó yéndose a vivir a Uruguay. Decían que allá tenía amistades entre los nazis que consiguieron vivir en paz y sin culpas en Sudamérica.

Me pregunté si acaso no era un poco temible dormir en esta casa con los fantasmas que podían aparecer.

—¿Y a ti te gusta venir aquí? —pregunté.

—Es bueno dormir en otros lugares para variar.

Para variar… ¿Hacía cuanto que no dormía fuera del bar?

Aquella noche Mimi y yo tuvimos sexo por horas sobre el piso de madera noruega. A pesar del alcohol, pude reponerme varias veces después de eyacular. Ella no se cansaba, aunque tampoco parecía completamente satisfecha. Cuando al fin nos venció el sueño, la canción del viento, la misma que venía desde el interior del pozo, resonó en mi cabeza, sin embargo, esta vez acarreaba un solo de Chet Baker.

Desperté cerca del alba. Mimi descansaba su oreja izquierda sobre mi pecho, roncando suavemente. La moví con delicadeza para que su cabeza quedara sobre una almohada y, aún desnudo, me encaminé a la ventana.

Desde la altura del segundo piso el pozo parecía brillar con la luz de la luna. Quizá seguía abierto por alguna razón.

Alguien había muerto en La Parvada. Hace casi trece años, el gorrión de «la parvada» dejó este mundo, y no había forma de que volviera.

Nunca supe si mis amigos me cortaron porque, en sus mentes, yo era responsable del suicidio. O quizá, para mantener el equilibrio de algo que ya se había desmoronado, decidieron eliminarme a mí, el que no era del todo ave.

Ella también tenía orejas preciosas y me amaba como nadie nunca lo hizo, como nadie nunca más debería hacerlo. ¿En verdad pude haber hecho algo diferente?

Poco a poco el sol reclama su lugar, la luz de la noche se descompone en un incómodo color lila que va pintando el jardín de aquel soldado cuyo escape de sí mismo lo llevó hasta Uruguay. ¿Habrá podido escapar? Si ese era el caso, quizá existía un lugar en ese país en el que ella pudo haber vivido. Una parte de mí deseo que ese fuera el caso, que no se hubiera suicidado, que viviera vendiendo mate en Montevideo.

El alba se tornó coral y, con ello, el color del mundo. Pero el pozo en el patio contenía la noche misma.

Mimi seguía dormida. Incluso la luz del alba también escapa a su blanca espalda. No había noche. Su brillo soportaba la oscuridad del pozo.

Quizá por eso le gustaba venir a dormir aquí.

Quizá por eso debía venir aquí.

Me puse los vaqueros y la chaqueta encima sin ponerme la camisa. Llevé conmigo la botella casi vacía de Johnnie Walker y bajé hasta el jardín.

Sobre el borde del pozo, el Sr. Kawamura aguardaba sentado con mirada expectante. Era probable que su verdadero nombre no fuera Kawamura, y eso parecía importar. Me acerqué a él, ansioso por escucharlo decir algo, pero los gatos no hablan por más que el veterinario del vecindario presuma de entenderlos.

Esperaba que Mimi me llamara de vuelta a sus brazos, pero dormía.

De pie frente a la inmensa oscuridad, con el corazón en la garganta y los pies temblando, vacié el whisky sobre el borde.

En algún momento llegaría al fondo y el eco de esa oscuridad viajaría hasta mí para sacudirme revelando su profundidad.

Y yo aguardaba en silencio, listo para escuchar.

Blog de Ángel de León: Tanuki de cerámica.

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. baaldemont dice:

    Maravilloso texto. Están en él las simientes de las mejores historias de Murakami. Por un momento pensé que leía al japonés. 💛

    Le gusta a 2 personas

  2. tanukiwi dice:

    Reblogueó esto en Tanuki de Cerámicay comentado:
    Creo que mis otros textos (los que no van de fantasía / disparos) evidencian que el autor que mayor influencia ha ejercido sobre mí, es Murakami. No podría expresar una opinión en particular sobre “qué tan buena” me parece su obra, lo que sí puedo decir es que en el año 2012 leí Tokio Blues y me marcó para siempre. Hacía un par de meses había vivido eventos similares a los de esa novela y me identifiqué a un nivel muy profundo, he leído el primer capítulo tantas veces que casi puedo recitarlo de memoria. Incluso en la novela que yo escribiría sobre esos eventos de mi vida (Polvo de Sakura) era incapaz de plasmar tan bien lo que sentí como Tokio Blues lo hacía.

    A lo largo de 9 años, he leído toda la obra Murakami, siendo “Los años de peregrinación del chico sin color” y “Kafka en la orilla” mis favoritos. “Sputnik mi amor” es probablemente el que menos me gusta, y aún así influyó bastante en mi novela Kiss the Rain.

    Como novelista enseñando el debut, siempre he tenido muy claro que mis lectores en cuestión serán también aquellos que gustan de Murakami. A veces la intertextualidad es divertida.

    El texto aquí presente fue una suerte de juego en el que quise parodiar el infame bingo Murakami, pero cada párrafo mandaba al diablo mi escaleta porque, al conocer tan de cerca sus tropos, se abría un mundo de posibilidades. Pero al final quedé satisfecho.

    Le gusta a 1 persona

  3. Ana Piera dice:

    Tu relato es maravilloso y profundo como ese pozo. Me ha gustado muchísimo Ángel. Saludos.

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